🎃 Halloween 2026 | Historia 05/14
A comienzos de diciembre de 1872, unas 400 millas al este de las Azores, la tripulación del bergantín británico Dei Gratia avistó un velero que avanzaba de forma errática, con solo parte de las velas desplegadas y rumbo aproximado hacia el oeste, en dirección contraria a la que cualquier barco con destino al Mediterráneo debía llevar.
El capitán David Morehouse lo reconoció como el Mary Celeste, que había zarpado de Nueva York ocho días antes que él y que, a esas alturas, tendría que haber llegado ya a Génova.
Nadie respondió a las señales. Morehouse envió un bote con su primer oficial, Oliver Deveau, y otro marinero, y lo que encontraron al subir a bordo se convirtió en el punto de partida de más de 150 años de especulación.

Diez personas rumbo a Génova
El Mary Celeste, un bergantín de 282 toneladas, salió de Nueva York el 7 de noviembre de 1872 con 1.701 barriles de alcohol industrial destinados a Italia. Lo mandaba Benjamin Spooner Briggs, un capitán experimentado y respetado en los círculos navieros de Nueva Inglaterra, que viajaba con su esposa, Sarah, y su hija Sophia, de dos años, mientras su hijo de siete se había quedado en Massachusetts para ir a la escuela.
La tripulación la completaban siete hombres, entre ellos un primer y un segundo oficial, un cocinero y cuatro marineros de origen alemán. Según las anotaciones conservadas del cuaderno de bitácora, el barco atravesó dos semanas de mal tiempo hasta llegar a las Azores, y la última entrada, registrada la mañana del 25 de noviembre, situaba la isla de Santa María a unas seis millas y a la vista.
Después de esa línea no hay nada más.
Lo que encontraron a bordo
Deveau recorrió un barco desordenado pero entero. La vela mayor estaba recogida y asegurada, el aparejo aparecía dañado, la bitácora del compás estaba volcada y dos de las tres escotillas tenían las tapas apartadas sobre la cubierta. El camarote y la cocina estaban mojados, en la sentina había alrededor de un metro de agua y una de las dos bombas estaba desmontada.
Faltaban el único bote auxiliar, el cronómetro, el sextante y los documentos del barco, mientras que la ropa y las pertenencias de los tripulantes seguían en sus camarotes, junto a víveres y agua para unos seis meses. El cargamento estaba prácticamente completo, salvo nueve barriles vacíos.
Todo apuntaba a un abandono ordenado y apresurado a la vez, porque alguien se había llevado los instrumentos imprescindibles para navegar en un bote, pero no había tenido tiempo o motivo para recoger nada más. Las fuentes discrepan sobre si el encuentro fue el 4 o el 5 de diciembre, una diferencia que suele atribuirse a la forma en que se registraban las fechas a bordo.
La historia popular añadió después mesas servidas y tazas de té aún calientes, detalles que no aparecen en ningún testimonio de quienes subieron al barco.
Gibraltar y las preguntas sin respuesta
La tripulación del Dei Gratia llevó el Mary Celeste unas 800 millas hasta Gibraltar, donde un tribunal del vicealmirantazgo británico debía decidir cuánto les correspondía por el rescate. El fiscal general, Frederick Solly-Flood, sospechó un delito, examinó unas marcas en la borda y unas manchas en una espada que consideró sospechosas, y llegó a contemplar tanto un motín como una conspiración entre ambas tripulaciones para cobrar el salvamento.
Tras más de tres meses, el tribunal no halló pruebas de ningún crimen. Los rescatadores cobraron, aunque solo una sexta parte de los $46.000 en que estaban asegurados el barco y su carga, una cifra que dejó la sensación de que las autoridades no descartaban del todo la sospecha.
En 1884, un joven Arthur Conan Doyle publicó en la revista Cornhill un relato de ficción sobre un barco llamado «Marie Celeste», con un móvil de venganza inventado y una narración tan verosímil que muchos lectores la tomaron por real. A partir de entonces, el caso empezó a contarse con nombres equivocados y detalles imaginarios.
Las explicaciones serias giran alrededor de una decisión de Briggs. Una hipótesis sostiene que el alcohol desprendió vapores y que el capitán temió una explosión, aunque la escotilla principal apareció cerrada y nadie mencionó olor a gases, y los nueve barriles vacíos eran de roble rojo, una madera más porosa que pudo filtrar el líquido.
La investigación más citada, dirigida en 2007 por la documentalista Anne MacGregor con el oceanógrafo Phil Richardson, propuso que un cronómetro defectuoso situaba al barco unas 120 millas al oeste de donde Briggs creía estar, y que una bomba atascada por restos de un cargamento anterior de carbón le impedía saber cuánta agua entraba. Ante esa incertidumbre, y con Santa María a la vista, el capitán habría ordenado subir al bote, quizá con la intención de esperar a una distancia prudente, mientras el barco seguía su camino sin ellos.
La hipótesis encaja con los datos, pero nada la confirma, porque nunca apareció el bote ni el cuerpo de ninguno de los ocupantes.
El Mary Celeste siguió navegando durante doce años más bajo otros propietarios, hasta que en 1885 su capitán lo hizo encallar deliberadamente frente a Haití para cobrar el seguro. El barco tuvo un final documentado, con fecha, lugar y responsable, mientras que de las diez personas que lo abandonaron frente a las Azores no se ha sabido nada desde aquella última anotación de una mañana de noviembre.
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