🎃 Halloween 2026 | Historia 04/14
En 1912, entre un lote de volúmenes que los jesuitas vendían discretamente en Italia, el librero anticuario Wilfrid Voynich encontró un códice pequeño, de unos 25 por 18 centímetros, encuadernado en pergamino blando y sin título. Al abrirlo aparecían plantas que no lograba reconocer, diagramas circulares de estrellas y una escritura fluida, trazada con soltura, cuyos signos no correspondían a ningún alfabeto que él conociera.
Dentro del libro había una carta. Estaba fechada el 19 de agosto de 1665 y la firmaba Johannes Marcus Marci, médico y rector de la Universidad de Praga, que enviaba el volumen al jesuita Athanasius Kircher, célebre en Roma por su fama de descifrador, con la esperanza de que lograra leerlo.

Un rastro que lleva a Praga
La carta de Marci contaba dos cosas que Voynich tomó al pie de la letra. La primera, que el emperador Rodolfo II, coleccionista obsesivo de rarezas y protector de alquimistas, había pagado por el libro 600 ducados de oro. La segunda, que se atribuía al fraile franciscano inglés Roger Bacon, del siglo XIII, una hipótesis que Voynich defendió con entusiasmo durante años.
Lo documentado es más modesto. La referencia más antigua conocida es una carta de 1639 del alquimista praguense Georg Baresch a Kircher, y en el primer folio, bajo luz ultravioleta, se distingue el nombre de Jacobus Horcicky de Tepenec, químico al servicio de Rodolfo II.
En 2024, un investigador checo halló en las cuentas imperiales una compra de manuscritos de 1599 por una suma equivalente, aunque el vínculo con este libro sigue siendo una hipótesis.
Tras la muerte de Voynich en 1930, el códice pasó por las manos de su viuda y de su secretaria, fue vendido en 1961 al librero Hans Peter Kraus y este lo donó en 1969 a la Biblioteca Beinecke de Libros Raros y Manuscritos de la Universidad de Yale, donde se conserva catalogado como MS 408.
Plantas, estrellas y mujeres en estanques
El volumen tiene unas 234 páginas organizadas en 18 cuadernillos, con varias hojas desplegables, algo inusual en un manuscrito medieval. Sus secciones se han bautizado por lo que muestran, porque nadie sabe qué dicen.
La más extensa reúne dibujos de plantas con raíces, hojas y flores minuciosas, algunas con parecidos parciales a especies conocidas y otras que combinan rasgos de distintas plantas. Le siguen diagramas astronómicos con signos zodiacales, rosetas desplegables de difícil interpretación y unas páginas en las que pequeñas figuras femeninas desnudas aparecen en estanques unidos por conductos, junto a recipientes que recuerdan a los de una botica.
En 2009, la Universidad de Arizona dató por radiocarbono varias muestras del pergamino entre 1404 y 1438, lo que descartó la autoría de Bacon. La prueba fecha la piel sobre la que se escribió, no la tinta, aunque la mayoría de los especialistas considera improbable que alguien guardara durante décadas tanto pergamino en blanco.
La paleógrafa Lisa Fagin Davis identificó en 2020 la mano de cinco escribas distintos, una conclusión que convierte el libro en el producto de un trabajo colectivo y sistemático, más que en la ocurrencia de un solo autor excéntrico.
Un siglo de intentos fallidos
El primer desciframiento anunciado llegó en 1921, cuando el profesor William Newbold aseguró haber encontrado en microscópicos trazos el saber oculto de Bacon, una lectura que el filólogo John Manly desmontó en 1931. William Friedman, uno de los criptógrafos más influyentes del siglo XX, dedicó años al texto con equipos de colaboradores y acabó inclinándose por la idea de una lengua artificial.
Desde entonces se han sucedido los anuncios. En 2018, dos investigadores de la Universidad de Alberta propusieron con métodos computacionales que el texto ocultaba hebreo, y en 2019 un académico británico afirmó haber identificado una lengua protorromance, propuestas que los especialistas rechazaron por falta de pruebas verificables. La Inteligencia Artificial ha aportado análisis estadísticos, no traducciones.
Lo que sí muestran los estudios es que la escritura tiene regularidades propias de un lenguaje, como palabras que se repiten con frecuencias coherentes y signos que ocupan posiciones fijas, junto a rarezas que ninguna lengua conocida presenta. Para unos es una lengua natural cifrada, para otros un sistema inventado, y el investigador Gordon Rugg defendió en 2004 que pudo generarse como un engaño mediante tablas y plantillas.
En noviembre de 2025, la revista Cryptologia publicó un trabajo de Michael Greshko que diseñó un cifrado realizable a mano con materiales del siglo XV capaz de reproducir muchas de esas propiedades estadísticas a partir de textos en latín e italiano. El propio autor aclaró que no había descifrado el manuscrito ni demostrado que fuera un texto cifrado, aunque su estudio mantiene viva esa posibilidad.
Cualquiera puede consultar hoy en la colección digital de la Beinecke cada página fotografiada en alta resolución, con sus colores, sus correcciones y el trazo seguro de los cinco escribas. Seis siglos después, el pergamino sigue intacto y legible a simple vista, y lo único que se ha perdido es la clave para entender lo que alguien escribió en él con tanto cuidado.
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