La saga siguió a Rockefeller desde el garaje de los números hasta la cima del capitalismo y a través de sus métodos más oscuros. Queda el final, y es el giro más inesperado de todos: el monopolista temido y detestado, la cara visible de los excesos del capitalismo, dedicó las últimas décadas de su vida a desprenderse de su fortuna a una escala que el mundo no había visto jamás, inventando de paso la filantropía moderna.
Ese desenlace no borra nada de lo anterior, pero lo complica de la manera más interesante. Porque el mismo hombre que aplastó competidores sin piedad transformó buena parte de su riqueza en instituciones que todavía hoy, casi un siglo después de su muerte, siguen salvando y mejorando vidas.
La fortuna más grande jamás vista
Para dimensionar lo que Rockefeller regaló, primero hay que entender lo que tenía. Su fortuna no fue simplemente grande, fue de una escala que ninguna medición moderna logra transmitir del todo. Al momento de su muerte, en 1937, su patrimonio equivalía a cerca del 1,5 por ciento de toda la economía de Estados Unidos.
Trasladar esa proporción al presente da cifras difíciles de creer. Para controlar hoy una porción equivalente de la economía estadounidense haría falta un patrimonio de varios cientos de miles de millones de dólares, muy por encima de las mayores fortunas actuales. Rockefeller fue, con cualquier vara que se use, el hombre más rico de la era moderna, y en 1916 se convirtió además en el primer milmillonario de la historia de Estados Unidos.
Lo asombroso es que buena parte de esa fortuna no terminó en manos de sus herederos, sino en fundaciones y causas. A lo largo de su vida, Rockefeller regaló más de quinientos millones de dólares de la época, y al morir su patrimonio personal se había reducido a una fracción mínima de lo que había llegado a poseer.
La invención de la filantropía moderna
Lo que distingue a Rockefeller no fue solo cuánto dio, sino cómo lo dio. En lugar de la caridad tradicional, de limosnas sueltas para aliviar males puntuales, aplicó a la filantropía la misma mentalidad sistemática y estratégica con la que había construido Standard Oil: identificar la causa raíz de un problema y atacarla a escala.
Los resultados fueron monumentales. Fundó prácticamente de la nada la Universidad de Chicago, que en poco tiempo se convirtió en una de las mejores del mundo, y creó el instituto de investigación médica que hoy es la Universidad Rockefeller. En 1913 estableció la Fundación Rockefeller «para promover el bienestar de la humanidad», dotándola de una suma enorme y convirtiéndola en la mayor del mundo.
El impacto en la salud pública fue el más tangible de todos. Su comisión sanitaria financió la campaña que prácticamente erradicó la anquilostomiasis, una enfermedad parasitaria que debilitaba a millones en el sur de Estados Unidos, y más tarde su fundación atacó la fiebre amarilla y sembró las bases de la salud pública moderna en todo el mundo.
Décadas después, esa misma fundación sería una de las grandes financistas de la Revolución Verde, que multiplicó la producción de alimentos y, según algunas estimaciones, contribuyó a salvar cientos de millones de vidas.
La paradoja final
Aquí está el nudo que cierra toda la saga, y conviene no resolverlo con facilidad. Es tentador leer la filantropía de Rockefeller como una redención, el villano que se arrepiente y lava sus culpas. La realidad es más matizada, y más interesante.
Para Rockefeller, hombre profundamente religioso desde niño, dar siempre había sido parte de su vida; donaba una porción de sus ingresos ya cuando ganaba apenas unos dólares a la semana. La filantropía no fue un giro tardío, sino la otra cara de la misma moneda: la misma disciplina, el mismo método y la misma ambición de escala aplicados, esta vez, a repartir en lugar de acumular.
Eso deja una figura imposible de encasillar, y ese es, quizás, su legado más honesto. Rockefeller fue simultáneamente uno de los empresarios más despiadados y uno de los filántropos más generosos de la historia, sin que una cosa cancele a la otra.
El mismo hombre que arruinó competidores y cuyo apellido quedó ligado a la tragedia de Ludlow financió universidades, curó enfermedades y construyó instituciones que sobreviven hasta hoy. No fue ni el héroe que pintan sus admiradores ni el monstruo que denunciaban sus críticos, sino las dos cosas a la vez, en una escala que nadie ha vuelto a igualar.
De un niño que anotaba cada centavo para escapar del caos de su padre al hombre que construyó y luego regaló la mayor fortuna de la historia, la vida de John D. Rockefeller es el retrato más completo del capitalismo mismo: su capacidad descomunal de crear riqueza, su costado despiadado, y la pregunta, siempre abierta, de qué se hace con el poder una vez que se lo tiene.
Murió en 1937, a punto de cumplir noventa y ocho años, y su sombra, para bien y para mal, todavía se proyecta sobre el mundo que ayudó a construir.
Este domingo, la comunidad de CriptoTendencia de WhatsApp elige al próximo protagonista.
