Presentado por 1xBit – El azar también tiene historia.
Venecia, siglo XVII.
Una ciudad levantada sobre el agua, enriquecida por el comercio, enamorada del espectáculo y envuelta durante meses en un Carnaval en el que la máscara borraba las jerarquías. Entre góndolas, palacios y callejones estrechos, el juego corría por todas partes: en las plazas, en las trastiendas, en las fiestas privadas de los patricios.
En 1638, cansada de perseguir algo que no conseguía extinguir, la República tomó una decisión insólita para su tiempo. En lugar de volver a prohibir el juego, decidió abrirle una puerta oficial, y a esa puerta la llamaron el Ridotto.

Una ciudad que ya convivía con el azar
El juego no era un vicio marginal en la Venecia de entonces, sino una prolongación de su carácter: una potencia mercantil acostumbrada a arriesgar capital en travesías inciertas convivía con naturalidad con los dados y las cartas.
Durante el Carnaval, cuando la ciudad entera se escondía tras la máscara, apostar se volvía casi un rito social, tan propio de la aristocracia como de los comerciantes y los viajeros que llegaban atraídos por su fama.
Ese apetito por el azar tenía, para las autoridades, un reverso incómodo. Las partidas alimentaban deudas, trifulcas y fortunas dilapidadas, y la Serenísima, celosa de su orden interno, veía en aquel desenfreno una amenaza difícil de ignorar.
Cuando prohibir dejó de ser suficiente
Durante décadas, el Estado había respondido del modo previsible: prohibiendo. Los edictos vetaban el juego en fechas religiosas y durante la noche, y se sucedían las leyes destinadas a contener una costumbre que, sin embargo, seguía creciendo bajo la superficie.
El resultado fue un fracaso repetido. Cada prohibición empujaba el juego hacia lo clandestino, donde resultaba aún más difícil de vigilar, y la ciudad terminó reconociendo una verdad incómoda: no podía apagar aquella pasión, pero quizá sí encauzarla. La lógica que se impuso fue tan pragmática como veneciana: si no se puede eliminar, conviene concentrarlo en un solo lugar, a la vista, bajo control del propio Estado.
El Ridotto de 1638
El escenario elegido fue un ala del Palazzo Dandolo, cerca de la iglesia de San Moisè, a pocos pasos de la plaza de San Marcos. La familia Dandolo cedió parte de su palacio y el Estado lo transformó en una casa de juego pública, un espacio suntuoso repartido en varias plantas, con un largo vestíbulo, salones para cenar y mesas de juego instaladas sobre todo en los pisos superiores.
Aquello no se parecía a una partida clandestina en una trastienda. Era un establecimiento oficial, legal y administrado por la República, y por eso suele considerarse el primer casino público de Occidente, con la salvedad de que ya existían antes casas de juego en otras partes del mundo.
Abría durante la temporada del Carnaval, que en Venecia podía estirarse a lo largo de meses, y en sus salas se jugaba a la bassetta y al biribí -un juego de suerte parecido a una lotería-, antes de que el faro ganara protagonismo con los años.
El ambiente mezclaba el lujo, la penumbra y una tensión contenida. Bajo la máscara, príncipes, nobles y aventureros ganaban y perdían fortunas en la misma noche, y no es casual que Giacomo Casanova convirtiera el Ridotto en uno de los escenarios habituales de sus andanzas.
Máscaras y una puerta estrecha
Sobre el papel, cualquiera podía entrar. La realidad era otra. El reglamento exigía que quienes se sentaran a las mesas llevaran la bauta, la característica máscara veneciana, y los hombres, además, el sombrero de tres picos. Ese anonimato ritual convivía con apuestas elevadas que, en la práctica, levantaban una barrera invisible.
El resultado fue un espacio de acceso teórico y exclusividad efectiva. Las sumas en juego dejaban fuera a los menos acomodados, y el trato quedaba reservado, en buena medida, a la nobleza y a las clases pudientes. La banca, de hecho, estaba en manos de patricios: la ciudad regulaba el azar, pero también se aseguraba de que la partida jugara a su favor y al de su élite.
Cuando Venecia volvió a cerrar la puerta
El experimento duró más de un siglo, hasta que la misma preocupación que lo había hecho nacer terminó cerrándolo. En 1774, el Gran Consejo votó su clausura por una mayoría abrumadora, con el argumento de que el Ridotto estaba arruinando a la propia nobleza veneciana, precisamente la clase a la que decía servir.
La paradoja fue completa. Al cerrar la sala oficial, el juego no desapareció, sino que se dispersó de nuevo por decenas de ridotti y casas privadas repartidas por la ciudad. Venecia descubrió, tarde, que había sido más fácil organizar el azar que hacerlo desaparecer, y que la puerta que había abierto no se cerraba sin consecuencias.
Mucho más que una sala de juego
Vista a distancia, la historia del Ridotto es la de una idea que se sigue repitiendo. Frente a una actividad espontánea, incierta y difícil de erradicar, un poder decidió no combatirla sino ordenarla: darle un edificio, unas reglas, un horario y una estructura económica, y quedarse con una parte del negocio a cambio de tolerarlo.
Ese gesto -convertir el azar en institución- resultó mucho más influyente que cualquiera de las fortunas ganadas o perdidas bajo aquellas máscaras. Venecia no inventó el juego ni la suerte. Simplemente hizo algo que el mundo no había ensayado del todo hasta entonces: les dio una puerta, unas reglas y un lugar propio dentro de la ciudad.
