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Espacio patrocinadoDurante años, el imaginario del ciberataque tuvo una cara reconocible: un hacker encerrado en el subsuelo de una oficina vieja, con conocimiento técnico profundo, buscando la grieta. Esa figura quedó obsoleta.
Hoy, según planteó María Luisa Acuña, Cybersecurity Lead Managing Director de Accenture Chile, en su keynote del Blockchain Summit Latam Chile 2026, los modelos de inteligencia artificial de frontera permiten diseñar un ataque completo sin ningún conocimiento experto, operando las 24 horas. La amenaza se democratizó, y ese es el cambio que reordena toda la conversación sobre seguridad.
Su lectura se apoya en el reporte anual que Accenture elabora junto al World Economic Forum, en su quinta edición, con la mirada de más de 800 líderes -no solo CISOs, también CEOs- y datos de enero de 2026. La conclusión que atraviesa el informe es incómoda: la IA dejó de ser solo un escudo y se convirtió también en el arma.
El arma de doble filo
La paradoja es que la misma tecnología juega en los dos bandos. Del lado de la defensa, el 77% de las organizaciones ya usa IA como parte de su ciberseguridad -para detectar phishing, depurar alertas, identificar intrusiones y anomalías-, y la madurez crece. Pero del lado de la amenaza, el 87% de los encuestados señala la vulnerabilidad asociada a la IA como el riesgo de más rápido crecimiento.
El problema, explicó Acuña, es que la IA se coló en las organizaciones sin pedir permiso, y al hacerlo disolvió el perímetro. Ya nadie puede trazar una línea y decir «hasta aquí estoy protegido». No sorprende, entonces, que el 94% de los líderes considere a la inteligencia artificial el mayor motor de cambio en ciberseguridad, por encima de la regulación o la inversión. Para la seguridad, la IA es hoy lo que fue Internet en su momento: un antes y un después.
El fin del conocimiento experto
Aquí está el corazón del asunto. Los modelos de frontera no requieren pericia técnica de quien los usa, porque la pericia la pone la máquina. Cualquiera, sin saber de ciberseguridad, puede pedirle a un modelo que arme un esquema de ataque y ejecutarlo. Y ya no se trata de una intervención puntual: agentes autónomos lanzan ataques con mínima participación humana, sin descanso.
Ese salto convirtió al cibercrimen en una industria con lógica de producto. Existen modelos que se compran, con esquemas de ransomware como servicio y hasta soporte al cliente, lo que baja la barrera de entrada casi a cero.
Acuña aludió al reciente caso de los modelos de frontera de Anthropic como una señal de por dónde viene el desafío para los equipos de seguridad. La conclusión práctica es dura: el atacante ya no necesita talento, necesita acceso.
Cuando el ataque se vuelve personal
El informe también corre el foco desde las empresas hacia las personas, y ahí el dato golpea: el 73% de los líderes encuestados -o alguien de su círculo cercano- afirma haber sido víctima de fraude cibernético en 2025. No sus compañías, ellos mismos. Con IA, el phishing y el smishing escalan a un costo casi nulo, y aparecen los deepfakes: videos orquestados con precisión para suplantar identidades, arrancar credenciales y engañar a la víctima.
Es el vector que más directamente toca a cualquier usuario de activos digitales. Cuando la suplantación de identidad se vuelve barata, masiva y verosímil, la ingeniería social deja de ser un riesgo de nicho para convertirse en el modo dominante de ataque. La credencial, no el código, es el nuevo botín.
Por qué esto le importa al mundo cripto
Acuña conectó el diagnóstico con el blockchain de manera explícita. Los activos digitales, las finanzas descentralizadas y los protocolos operan en zonas donde la regulación todavía es difusa, y eso desplaza la responsabilidad: en ese territorio, sostuvo, cada participante se transforma en la primera línea de defensa. No hay un Estado ni un banco detrás listo para revertir la operación; de hecho, solo el 43% de los CEOs confía en que su país respondería con eficacia ante un ataque a la infraestructura crítica.
A eso se suma la fragilidad de la cadena de suministro digital, señalada como un riesgo en alza por el 65% de las organizaciones. Para un ecosistema como el cripto, donde el valor circula entre múltiples participantes interconectados, esa cadena es todo. Y frente a un adversario que ataca de forma autónoma, la pregunta de seguridad ya cambió: dejó de ser «¿estamos protegidos?» para volverse «¿cuánto tardamos en recuperarnos?».
El nuevo perímetro
La foto que deja la keynote no es alentadora, pero sí clarificadora. La IA no vino a reemplazar al defensor ni al atacante; vino a potenciar a ambos y, en el camino, a borrar la ventaja del conocimiento experto que durante décadas mantuvo al cibercrimen como un oficio de pocos.
En un mundo donde un agente autónomo puede orquestar un ataque sin dormir y sin firmar, y donde la autocustodia cripto no tiene mesa de ayuda que deshaga el daño, el perímetro dejó de ser una muralla. Ahora es cada persona, cada credencial y cada decisión de confianza. La resiliencia, más que la defensa, es lo único que queda para nivelar la cancha.
