1518: la extraña epidemia que hizo bailar sin control a cientos de personas

En julio de 1518, en Estrasburgo, decenas de personas empezaron a bailar sin poder detenerse. Qué ocurrió y por qué hoy todavía se discute su causa.

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A mediados de julio de 1518, en una calle de Estrasburgo, una mujer a la que las crónicas llaman Frau Troffea empezó a moverse de forma convulsa y no se detuvo. Siguió así durante horas, hasta desplomarse, y al día siguiente volvió a empezar sobre unos pies que, según los relatos, estaban hinchados y ensangrentados.

Al cabo de una semana, más de treinta personas se habían sumado a sus movimientos. A finales del verano, el gobierno de una de las ciudades más prósperas del Sacro Imperio Romano Germánico, hoy en territorio francés, había ensayado sin éxito casi todas las respuestas que tenía a su alcance.

Una ciudad agotada

Estrasburgo era una ciudad libre imperial, rica en comercio, pero sus habitantes llevaban años encadenando desgracias. Tres años de hambre habían precedido a 1518, con muertes por desnutrición y revueltas campesinas en la región, a lo que se sumaban inundaciones, temperaturas extremas, brotes de peste y un clima de expectativas apocalípticas alimentado por presagios celestes.

Aquel julio, además, fue extraordinariamente caluroso. En ese ambiente, el caso de Troffea dejó pronto de ser una rareza aislada, y en pocas semanas las crónicas hablaban de decenas de personas que bailaban en las calles hasta el agotamiento.

Parte de lo que se cuenta sobre Troffea procede de Paracelso, el médico suizo que visitó la ciudad años después y atribuyó su conducta a un enfrentamiento con su marido. Esas escenas domésticas forman parte de su interpretación, no de un registro contemporáneo, y el propio nombre de la mujer aparece en fuentes posteriores.

El episodio, en cambio, está bien documentado. Sobrevivieron seis relatos de crónicas, además de las decisiones del gobierno municipal, lo que convierte a Estrasburgo en el caso mejor conocido de un fenómeno que los historiadores llaman coreomanía.

La respuesta del consejo

Las autoridades consultaron a los médicos de la ciudad, que descartaron causas sobrenaturales y atribuyeron el trastorno a una enfermedad natural vinculada al exceso de calor en la sangre. Según el historiador John Waller, que ha estudiado los registros municipales, la conclusión práctica fue sorprendente: si los afectados necesitaban bailar, había que dejarlos bailar hasta que se agotara el mal.

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El consejo habilitó espacios públicos para ellos, entre ellos salones gremiales y mercados, mandó levantar un escenario de madera y contrató músicos para acompañarlos, además de personas encargadas de sostener a quienes no podían mantenerse en pie. La medida, pensada como tratamiento, tuvo el efecto contrario, porque convirtió el fenómeno en un espectáculo y atrajo a nuevos participantes.

Algunas fuentes elevan el número de afectados a unos 400, una cifra procedente de las crónicas que no puede verificarse con exactitud. Más dudoso resulta el recuento de hasta quince muertes diarias por agotamiento que circula en relatos populares, porque procede de una crónica redactada décadas después y no está respaldado por los registros contemporáneos, aunque varias fuentes sí mencionan fallecimientos.

Cuando comprendió su error, el consejo cambió de rumbo. Prohibió la música y los bailes públicos, salvo excepciones como las bodas, e impuso penitencias a la población, convencido ya de que el origen era un castigo divino.

En aquella Europa, los movimientos involuntarios se asociaban a san Vito, venerado como protector frente a esas afecciones, y se creía que el santo podía enviar el mal a quienes lo ofendían.

A finales del verano, los afectados fueron trasladados a un santuario dedicado al santo en las montañas cercanas, donde participaron en ritos de curación, y las crónicas indican que en septiembre el fenómeno se había extinguido, sin que exista una fecha precisa ni constancia de cómo terminó cada caso.

Lo que nadie ha podido demostrar

En la década de 1950, el farmacólogo sueco Eugène Louis Backman propuso que el cornezuelo, un hongo que infecta el centeno en épocas húmedas y puede provocar alucinaciones y convulsiones, explicaba el episodio. La hipótesis tiene problemas serios, porque el centeno no era un alimento básico en todos los lugares donde se registraron casos semejantes y no constan los síntomas de gangrena típicos de esa intoxicación.

La explicación más influyente es la de una enfermedad psicógena colectiva. Waller sostiene que la combinación de hambre, enfermedad y miedo, sumada a la creencia compartida en la maldición de san Vito, pudo inducir estados de trance en personas que esperaban precisamente ese castigo, de modo que la fe en la maldición contribuía a producirla.

Otros especialistas subrayan el peso de los rituales religiosos y del contexto cultural, y advierten contra la tentación de diagnosticar con categorías modernas a personas del siglo XVI. La hipótesis psicógena ofrece un marco coherente, pero no constituye una demostración de lo que le ocurrió a cada uno de los afectados.

Estrasburgo no fue un caso aislado, porque episodios similares recorrieron varias ciudades del Rin en 1374. En 1518, sin embargo, los médicos y el consejo dejaron por escrito sus decisiones, y esos papeles muestran a una ciudad que pasó del diagnóstico al escenario y del escenario al santuario sin llegar a entender qué estaba tratando, igual que no lo entienden del todo quienes hoy estudian aquel verano.

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