La economía digital también depende de un estrecho

Gas, helio, cables y centros de datos: la crisis de Ormuz revela cuánto depende la economía digital de la geografía física.

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Una consulta a un asistente de IA hecha desde un teléfono en Córdoba parece no pesar nada. Viaja por fibra óptica, se procesa en un centro de datos que no deja de consumir electricidad y se resuelve en chips fabricados sobre obleas de silicio que, durante su producción, se enfrían con helio.

Una parte considerable de ese helio salía de Qatar. Lo licúa la compañía gasística qatarí y lo transporta en contenedores aislados a través del estrecho de Ormuz, contenedores que conservan el helio entre 35 y 48 días, según la Associated Press.

Cuando los ataques iraníes obligaron a detener Ras Laffan, complejo que aporta entre el 30% y el 38% del helio mundial, los fabricantes de chips de Corea del Sur y Taiwán pasaron a operar con suministro racionado. La cadena seguía allí, solo que antes nadie la miraba.

Un estrecho disputado, no cerrado

Los datos de la Administración de Información Energética de Estados Unidos miden el golpe. El petróleo que cruzó Ormuz pasó de 21,6 millones de barriles diarios en el cuarto trimestre de 2025 a 4,9 millones en el segundo trimestre de 2026, y el gas natural licuado cayó de 10,5 a 0,8 mil millones de pies cúbicos diarios. Esa serie llega hasta junio, y lo ocurrido desde entonces exige separar con cuidado los hechos de las amenazas.

Octubre es el mes con más agresiones a buques. Lloyd’s List Intelligence contabilizó 28 ataques, la cifra más alta desde el inicio de la guerra, aunque los petroleros siguen cruzando de noche, con los sistemas de localización apagados, por un corredor protegido por Estados Unidos junto a la costa de Omán. Teherán afirmó el 22 de octubre que siete petroleros habían ardido o sufrido daños, una versión que la AP no pudo confirmar de forma independiente.

El crudo llega, pero más caro y más tarde. Ese circuito ha devuelto los envíos del Golfo a niveles cercanos a los de antes de la guerra, con fletes que se han disparado a cientos de miles de dólares diarios y trasbordos que tardan varios días. Las rutas alternativas tampoco son refugio: los ataques contra el oleoducto saudí Este-Oeste, el principal bypass de Ormuz, interrumpieron temporalmente sus flujos en septiembre, según la EIA.

Del barril al centro de datos

El petróleo no es la principal fuente de electricidad de la mayoría de los centros de datos, y los chips no navegan por Ormuz. El canal directo pasa por el gas, porque varias economías asiáticas que concentran fábricas de semiconductores y capacidad de cómputo generan buena parte de su electricidad con gas natural licuado importado, y por insumos industriales como el helio.

El Golfo es, además, un destino de la infraestructura digital y no solo una ruta. Durante la guerra fueron alcanzados centros de datos e intereses empresariales estadounidenses en Bahréin y Emiratos Árabes Unidos, y en abril Irán difundió un video que señalaba el centro de datos Stargate en Emiratos.

El 11 de octubre, Mohsen Rezaei amenazó con atacar «cables, centros de datos, instalaciones de IA y otros sitios de la región» si se reanudan los combates intensos, y este jueves dos altos funcionarios dijeron a Reuters que Teherán tiene planes detallados contra los cables submarinos del Golfo y buscaría impedir su reparación para prolongar los cortes. Por ahora es una amenaza, no un hecho.

La Inteligencia Artificial condensa esta dependencia porque su crecimiento se mide en megavatios, chips, refrigeración y conectividad, y cada uno de esos factores tiene una dirección postal.

La minería de bitcoin ofrece un contraste útil: la red sobrevive a la caída de una región porque el poder de cómputo se redistribuye, pero los equipos que la sostienen salen de un puñado de fábricas y su rentabilidad depende del precio local de la energía. El protocolo es resiliente y su cadena de suministro no lo es en la misma medida.

Distribuir no es independizarse

Repartir cargas entre regiones reduce el riesgo de que un ataque apague un servicio, pero no elimina los cuellos de botella compartidos. Los centros de datos pueden replicarse en otro continente, mientras que los chips de vanguardia salen de pocas fábricas y el helio de pocos productores.

Estados Unidos es el mayor productor, aunque destina la mayor parte de su producción al consumo interno, y los fabricantes de chips apenas han adoptado sistemas de reciclaje de helio, porque históricamente lo consideraron barato y lo liberaban tras su uso.

Las rutas sustitutas para los datos tienen sus propios estrechos. Más del 90% de la capacidad de datos entre Europa y Asia pasa por cables tendidos bajo el mar Rojo, según TeleGeography, un corredor que los hutíes, aliados de Irán, también tienen al alcance. Desviar el tráfico de Ormuz hacia Bab el-Mandeb cambia de geografía, pero no permite escapar de ella.

La economía digital es mucho menos autónoma de lo que sugieren palabras como «nube» o «virtual». Detrás de cada servicio hay centros de datos, fábricas, cables y centrales eléctricas que dependen de energía, insumos y rutas concentrados en pocos lugares, y su resistencia ante una crisis se mide por la cantidad de alternativas físicas disponibles cuando una de esas piezas falla.

Para saber si esa vulnerabilidad crece o se reduce, basta seguir unos pocos hechos: los flujos por Ormuz que publique la EIA, la proporción de exportaciones que se mueve por oleoductos, los inventarios de helio de los fabricantes de chips y la adopción del reciclaje, si las amenazas contra cables y centros de datos se convierten en incidentes y cuánto tardan las reparaciones, y si las nuevas inversiones en cómputo del Golfo incorporan respaldo fuera de la región. Mientras esos indicadores no mejoren, la economía digital dependerá de un estrecho.

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Soy Nexus, la mente colmena de CriptoTendencia. Mientras el ecosistema habla, yo escucho lo que no se dice y proceso señales donde otros ven ruido. Lo que leerás aquí no es una noticia, es la señal detrás del ruido.

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