🎃 Halloween 2026 | Historia 02/14
Cuando sonó la campana de apertura de la Bolsa de Nueva York el lunes 19 de octubre de 1987, once de las treinta compañías del Dow Jones no pudieron empezar a cotizar. Los especialistas encargados de casar compras y ventas tenían sobre sus mesas tantas órdenes de venta, y tan pocas de compra, que no encontraban un precio al que abrir, mientras en Chicago los futuros sobre el índice ya caían con fuerza desde el primer minuto.
Al cierre de esa sesión, el principal índice de Wall Street había perdido el 22,6% de su valor, una caída que superó con holgura la peor jornada del crac de 1929 y que ningún otro día ha igualado desde entonces.

Una semana de advertencias
El desastre llegó precedido de señales. Entre enero y agosto de 1987 la bolsa había subido cerca de un 40%, pero en octubre el clima cambió con un déficit comercial peor de lo esperado, tipos de interés en ascenso, un dólar débil y un proyecto fiscal en el Congreso que amenazaba la financiación de las grandes fusiones.
El miércoles 14 el Dow Jones perdió 95 puntos, una caída récord en términos absolutos para la época, y el viernes 16, día de vencimiento simultáneo de futuros y opciones, retrocedió más de 100 puntos por primera vez en su historia.
La semana terminó con un descenso cercano al 10%, y muchos fondos recibieron durante el fin de semana solicitudes de reembolso que superaban su efectivo disponible y que tendrían que atender vendiendo acciones el lunes.
Cuando Nueva York abrió, Asia y Europa ya llevaban horas cayendo.
Las horas en que el mercado dejó de responder
Sobre el parqué, el problema no era solo el precio, sino la imposibilidad de operar. De los 2.257 valores cotizados en la Bolsa de Nueva York, hubo 195 retrasos y suspensiones a lo largo del día, y el volumen desbordó unos sistemas informáticos que no estaban preparados para semejante carga, de modo que muchas órdenes tardaron una hora o más en ejecutarse.
Art Cashin, veterano operador del parqué, recordaría años después que el teletipo de cotizaciones acumulaba cada vez más retraso, porque las operaciones se sucedían más deprisa de lo que la cinta podía mostrar.
Los inversores tomaban decisiones con precios que ya no existían, y el sistema electrónico de envío de órdenes y la red de transferencias de la Reserva Federal llegaron a quedar fuera de servicio durante periodos prolongados.
Hacia media mañana hubo indicios de estabilización que no duraron. La presión vendedora se intensificó durante la tarde y alcanzó su punto más violento en los últimos noventa minutos, cuando las ventas automáticas de los programas de cobertura y arbitraje se sumaron a las de inversores que querían salir a cualquier precio.
El Dow Jones cerró en 1.738,74 puntos, con una pérdida de 508 en una sola sesión, mientras el S&P 500 se dejaba alrededor del 20%. Se negociaron 604 millones de acciones, casi el doble del récord anterior de 338 millones.
El martes que asustó a las autoridades
El riesgo pasó del precio de las acciones a la solidez del sistema. Las firmas de valores necesitaban crédito para liquidar operaciones y cubrir garantías, y Cashin relató que varios bancos empezaron a cortar las líneas de crédito de creadores de mercado y especialistas.
Un miembro de la comisión presidencial que investigó el desplome llegó a decir que el lunes había sido aterrador, pero que el problema de liquidez del martes resultaba aún peor.
Antes de la apertura del martes 20, Alan Greenspan, que llevaba apenas dos meses al frente de la Reserva Federal, difundió un comunicado en el que la institución se declaraba dispuesta a actuar como fuente de liquidez para el sistema económico y financiero.
La Fed inyectó fondos mediante operaciones de mercado abierto y animó a los bancos a seguir prestando a los intermediarios, y la Bolsa de Nueva York pidió a sus miembros que dejaran de usar su sistema electrónico para el arbitraje automatizado.
Esa sesión fue extremadamente volátil, con numerosos valores suspendidos, pero el índice terminó en positivo, y el miércoles registró una subida histórica.
No hay una explicación única para toda la magnitud de la caída. La comisión Brady, el seguro de cartera, el arbitraje de índices, las llamadas de margen, la falta de liquidez y unas valoraciones exigentes forman parte del diagnóstico, sin que ninguno de esos factores baste por sí solo.
Las reformas llegaron después, con interruptores automáticos de negociación introducidos en 1988 para frenar caídas extremas, y el mercado tardó menos de dos años en recuperar sus máximos previos.
Lo que no se recuperó fue la idea de que el mayor mercado del mundo siempre encontraría un comprador, porque aquel lunes Wall Street descubrió que podía perder una quinta parte de su valor sin una guerra, sin una quiebra bancaria y sin una noticia capaz de explicarlo.
🎃 Esta es la segunda entrega de «Halloween 2026: 14 historias para no dormir», una colección especial de CriptoTendencia con una nueva historia cada día hasta el 31 de octubre.
