Mercy Brown: la joven cuya tumba fue abierta por miedo a los vampiros

En 1892, vecinos de Exeter abrieron la tumba de Mercy Brown, de 19 años, convencidos de que dañaba a su hermano. La historia real tras la leyenda.

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En la mañana del 17 de marzo de 1892, un grupo de hombres se reunió en el cementerio de Chestnut Hill, junto a la iglesia bautista de Exeter, en Rhode Island, para desenterrar a tres mujeres de una misma familia. Los acompañaban el médico de los Brown y un corresponsal del Providence Journal, y su propósito, según la prensa de la época, era comprobar si alguna de las difuntas conservaba sangre fresca en el corazón.

El padre, George Brown, había dado su permiso, pero no estaba presente. En una casa cercana, su único hijo varón, Edwin, se moría de tuberculosis, y los vecinos se habían convencido de que una de las mujeres enterradas allí lo estaba consumiendo desde la tumba.

Una familia vaciada por la consunción

Mercy Lena Brown nació en Exeter en 1872, aunque en su casa nadie la llamaba Mercy, sino Lena. Exeter era entonces una comunidad agrícola de suelos pedregosos que se había ido despoblando por la guerra civil y la emigración hacia el oeste, hasta quedarse en unos 960 habitantes.

La tuberculosis, a la que llamaban consunción, era la principal causa de muerte en el noreste de Estados Unidos. Avanzaba durante meses o años con fiebre, tos con sangre y un adelgazamiento visible, y su forma de pasar de un familiar a otro hacía pensar que algo estaba drenando la vida de los enfermos.

La madre, Mary Eliza, murió el 8 de diciembre de 1883, según el registro de defunciones de Exeter. Seis meses después, el 6 de junio de 1884, falleció su hija Mary Olive, una modista de 20 años, y algunos años más tarde Edwin enfermó y viajó con su esposa a Colorado Springs, cuyo clima tenía fama de aliviar a los tuberculosos.

Lena enfermó casi una década después que su madre y su hermana, con la forma que entonces se llamaba «galopante», y murió el domingo 17 de enero de 1892, a los 19 años. Para entonces Edwin había vuelto de Colorado y, tras una breve mejoría, su estado empeoraba de nuevo.

Robert Koch había identificado el bacilo de la tuberculosis en 1882, pero esa noticia apenas había llegado a comunidades rurales como Exeter, y no habría tratamientos farmacológicos eficaces hasta la década de 1940. En aquel vacío prosperaba una creencia documentada en Nueva Inglaterra desde finales del siglo XVIII, según la cual un familiar fallecido podía seguir alimentándose de los vivos hasta que su cuerpo era desenterrado y su corazón, destruido.

Lo que encontraron bajo la tierra

Según el Providence Journal, George Brown no creía en esa explicación. Accedió a las exhumaciones para satisfacer a unos vecinos que, como escribió otro periódico, no le dejaban vivir en paz, y fue él quien pidió que un médico examinara los cuerpos.

Los restos de Mary Eliza y Mary Olive, enterradas casi nueve años antes, eran poco más que huesos. El cuerpo de Lena, muerto apenas dos meses antes y durante el invierno, estaba razonablemente conservado, una circunstancia que algunos de los presentes interpretaron como la prueba que buscaban.

El corresponsal del Journal relató que se extrajeron el corazón y el hígado y que, al abrir el corazón, se halló sangre coagulada y en descomposición. El médico, identificado en relatos posteriores como Harold Metcalf, señaló que los pulmones de Lena mostraban una tuberculosis extendida, la misma enfermedad que había matado a su madre y a su hermana.

Lo que para los vecinos era una señal de vida tenía una explicación más sencilla. El frío del invierno ralentiza la descomposición, y en un cadáver de pocas semanas es normal encontrar restos de sangre en el corazón, sin que eso indicara nada más que el tiempo transcurrido y la temperatura de aquellos meses.

El remedio que no salvó a Edwin

El diagnóstico no cambió la decisión. El corazón y el hígado de Lena se quemaron sobre una roca cercana y, según los relatos de la época, sus cenizas se mezclaron en un preparado que Edwin tomó con la esperanza de cortar el vínculo que, se creía, lo unía a su hermana. Edwin Brown murió el 2 de mayo de 1892, menos de dos meses después.

El reportaje del Providence Journal atrajo al antropólogo George Stetson, que en 1896 publicó en la revista American Anthropologist un estudio sobre estas prácticas en Rhode Island, y el caso dio la vuelta al mundo. H. P. Lovecraft lo mencionó en su relato «The Shunned House», y un recorte de prensa de 1896 sobre los vampiros de Nueva Inglaterra apareció entre los papeles de Bram Stoker, aunque no se ha demostrado relación directa alguna con «Drácula».

Desde entonces se la conoce como «la última vampira de Nueva Inglaterra», un apodo cultural que no describe a la joven ni demuestra que su caso fuera cronológicamente el último. El folclorista Michael Bell, que ha documentado unas 80 exhumaciones similares, sostiene que aquellos rituales eran, sobre todo, la forma que tenían familias desesperadas de demostrar que no habían dejado nada por intentar.

La tuberculosis siguió en la casa de los Brown. Entre 1895 y 1899 murieron tres hijas más de George, y solo Hattie llegó a la vejez. Lena descansa hoy en Chestnut Hill, junto al hermano que tomó sus cenizas y al padre que permitió abrir su tumba sin creer en lo que buscaban, y sus descendientes conservan una colcha que cosió de niña con retales de tela, probablemente los vestidos de su madre y su hermana.

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