1929: el martes negro que destruyó fortunas y sacudió al mundo

El 29 de octubre de 1929 se negociaron 16,4 millones de acciones y el Dow Jones cayó un 11,7%. Así se vivió en Wall Street el temido Martes Negro.

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Desde el primer minuto del martes 29 de octubre de 1929, las órdenes de venta inundaron el parqué de la Bolsa de Nueva York en bloques de miles de acciones, a cualquier precio y sin apenas compradores al otro lado. Fuera del edificio, en Wall Street, se concentraba una multitud que no podía hacer nada salvo esperar noticias.

En las oficinas de los corredores repartidas por todo el país, la única ventana al mercado era la cinta del teletipo, y esa mañana se quedó atrás. Al terminar la jornada acumulaba un retraso de unas dos horas y media, de modo que miles de inversores vendieron sin saber cuánto valían en realidad sus acciones en el momento de dar la orden.

Una década comprada a crédito

Los años veinte habían convertido la bolsa en una obsesión nacional. El Dow Jones pasó de 63 puntos en agosto de 1921 a 381 en septiembre de 1929, y una nueva industria de corredores, fondos de inversión y cuentas a margen permitió a familias corrientes comprar acciones aportando, por lo general, solo el 10% del precio y pidiendo prestado el resto, con los propios títulos como garantía.

Ese mecanismo multiplicaba las ganancias mientras los precios subían y convertía cualquier caída en una amenaza, porque cuando el valor de las acciones bajaba, los prestamistas exigían más garantías y, si el inversor no podía aportarlas, vendían sus títulos. El 16 de octubre, el economista Irving Fisher, uno de los más citados del país, aseguró que las cotizaciones habían alcanzado lo que parecía una meseta permanentemente alta.

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Ocho días después llegó el Jueves Negro. El 24 de octubre se negociaron unos 12,9 millones de acciones y el teletipo se retrasó cerca de hora y media, hasta que los grandes banqueros de Nueva York se reunieron en las oficinas de J.P. Morgan y enviaron al parqué a Richard Whitney, vicepresidente de la Bolsa, que ofreció 205 dólares por acción por un gran bloque de U.S. Steel, por encima del último precio.

El gesto calmó el mercado durante el viernes y el sábado. El lunes 28, sin rescate a la vista, el Dow Jones se hundió casi un 13%, y esa noche las llamadas de margen dejaron a muchos inversores sin otra opción que vender al día siguiente.

El martes de las órdenes sin precio

El Martes Negro superó todos los registros de actividad. Se negociaron 16.410.030 acciones, una cifra que tardaría casi cuatro décadas en batirse, y el Dow Jones cerró en 230,07 puntos tras perder 30,57, un retroceso del 11,7% que se sumaba al del día anterior.

Los banqueros volvieron a reunirse, pero esta vez nadie salió al parqué a comprar. Las ventas forzadas por las garantías se mezclaban con las de quienes simplemente querían salir antes de que fuera tarde, y la falta de información convertía cada orden en una apuesta a ciegas, porque el precio que mostraba la cinta pertenecía a un mercado que ya no existía.

Los empleados de las firmas de corretaje trabajaron hasta bien entrada la noche para registrar las operaciones, y The New York Times estimó que las 880 emisiones cotizadas habían perdido más de $8.000 millones de valor en una sola sesión. Esa cifra medía la caída de las cotizaciones, no dinero retirado del sistema, pero para quienes habían comprado con crédito la diferencia era irrelevante, porque sus deudas seguían intactas mientras su patrimonio desaparecía.

Con el tiempo se extendió la imagen de especuladores arrojándose desde las ventanas de Wall Street. El historiador John Kenneth Galbraith, autor de la obra de referencia sobre aquel otoño, documentó que esa ola de suicidios forma parte de la leyenda y no de las estadísticas, aunque hubo casos aislados que la prensa amplificó.

Lo que se perdió después

El 29 de octubre no fue el final de la caída. A mediados de noviembre, el Dow Jones había perdido casi la mitad de su valor, y el descenso continuó hasta el 8 de julio de 1932, cuando cerró en 41,22 puntos, un 89% por debajo de su máximo, sin recuperar los niveles de 1929 hasta noviembre de 1954.

La Reserva Federal de Nueva York inyectó liquidez en los días posteriores para que los bancos de la ciudad siguieran operando, y lo consiguió. El golpe llegó por otra vía, porque el miedo frenó las compras de bienes duraderos, las empresas recortaron producción y el desempleo creció, aunque a finales de 1930 algunos economistas aún esperaban una recuperación.

La Gran Depresión no nació en una sola jornada. La convirtieron en la crisis más larga y profunda de la historia del país las oleadas de quiebras bancarias, los errores de política monetaria y la contracción del comercio internacional que vinieron después, y las grandes reformas del sistema financiero, como la creación de la SEC, llegaron años más tarde como respuesta a todo ese proceso.

Lo que aquel martes destruyó de forma inmediata fue una certeza. Una generación entera había creído que la bolsa solo podía subir, y descubrió en una tarde que el precio de sus ahorros podía desplomarse mientras la cinta del teletipo seguía mostrando cotizaciones de unas horas antes.

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