🎃 Halloween 2026 | Historia 01/14
Pocos minutos antes de las dos de la madrugada del 5 de abril de 1923, en una habitación del hotel Continental-Savoy de El Cairo, murió George Herbert, quinto conde de Carnarvon, el aristócrata inglés que durante años había financiado la búsqueda de una tumba en la que casi nadie creía. Tenía 56 años, llevaba semanas enfermo y, en cuestión de horas, la noticia de su muerte empezó a circular acompañada de una palabra que ya no se despegaría de ella: maldición.
Según el relato que se repetiría durante décadas, en ese mismo instante se apagaron las luces de El Cairo y, a miles de kilómetros, en el castillo de Highclere, su perra Susie aulló y cayó muerta. Ninguno de esos detalles bastaba para fundar una leyenda, pero llegaron en el momento exacto, con medio mundo pendiente de Egipto.

Cinco meses en el Valle de los Reyes
Todo había empezado el 4 de noviembre de 1922, cuando el equipo de Howard Carter halló un escalón tallado en la roca del Valle de los Reyes. Al día siguiente apareció una puerta sellada, y Carter volvió a cubrir la escalera y telegrafió a Carnarvon para que viajara desde Inglaterra antes de continuar.
El 26 de noviembre, junto a Carnarvon, su hija Lady Evelyn Herbert y el ingeniero Arthur Callender, Carter abrió una pequeña brecha en la segunda puerta y vio, a la luz de una vela, una antecámara repleta de objetos dorados. Era una tumba real prácticamente intacta, con miles de piezas que llevaban más de tres milenios bajo tierra.
La cámara funeraria, custodiada por dos estatuas del rey a tamaño natural, se abrió oficialmente el 16 de febrero de 1923 ante autoridades egipcias e invitados. Para entonces, Carnarvon había cedido en exclusiva la cobertura del hallazgo a The Times de Londres, y el resto de la prensa internacional, relegada a esperar en la entrada, empezó a buscar su propia historia.
La picadura que encendió la leyenda
A comienzos de marzo, Carnarvon se cortó al afeitarse una picadura de mosquito en la mejilla. La herida se infectó, la septicemia avanzó y una neumonía terminó con un hombre de salud frágil desde un grave accidente de automóvil sufrido en 1901.
Cuando aún estaba vivo, la novelista Marie Corelli advirtió en la prensa británica sobre los riesgos de profanar el descanso de un rey egipcio y se preguntó si había sido solo un mosquito lo que lo había infectado. Tras su muerte, Corelli fue presentada casi como una vidente, y Arthur Conan Doyle, creador de Sherlock Holmes y ferviente espiritista, sugirió que fuerzas sobrenaturales podían estar detrás.
La idea de la momia vengativa circulaba en la ficción desde el siglo XIX, de Louisa May Alcott a Bram Stoker, y los periódicos solo tuvieron que aplicarla a un caso real. Desde entonces, cada muerte con algún vínculo, por remoto que fuera, se sumó a la cuenta.
El financiero estadounidense George Jay Gould, que había visitado la tumba, murió de neumonía en mayo de 1923; el príncipe egipcio Ali Kamel Fahmy Bey, a quien la prensa presentó como visitante, fue asesinado a tiros por su esposa en el hotel Savoy de Londres en julio, y Aubrey Herbert, medio hermano de Carnarvon, falleció en septiembre por una infección tras una extracción dental.
La lista siguió con Richard Bethell, secretario de Carter, muerto en 1929, y con su padre, Lord Westbury, que cayó desde la ventana de su apartamento londinense pocos meses después. Algunos periódicos aseguraron que guardaba objetos de la tumba y que la maldición le obsesionaba, versiones que nunca se confirmaron.
Lo que dicen los archivos
La frase más citada de la leyenda, según la cual la muerte llegaría con alas veloces a quien perturbara al faraón, no figura en ningún registro de la excavación. La documentación de Carter, conservada en el Griffith Institute de la Universidad de Oxford, no recoge ninguna inscripción que amenace a quienes abrieran la tumba, y la propia Corelli fue una de las primeras en difundir esa supuesta advertencia.
Los supervivientes desmienten la cuenta. Carter, el hombre que más tiempo pasó dentro, trabajó en la tumba durante casi una década y murió en Londres el 2 de marzo de 1939, a los 64 años, de un linfoma, mientras que Lady Evelyn Herbert vivió hasta 1980 y el anatomista Douglas Derry, que examinó la momia en 1925, murió en 1961.
En 2002, el epidemiólogo Mark Nelson publicó en el British Medical Journal un estudio sobre los 44 occidentales que Carter registró en Egipto en aquellos años. Los 25 que asistieron a la apertura de la tumba, el sarcófago o la momia murieron de media a los 70 años, frente a los 75 de quienes no estuvieron presentes, una diferencia sin significación estadística.
Las hipótesis sobre hongos o bacterias acumulados en la cámara siguen circulando, pero ninguna se ha demostrado en un caso concreto, y la muerte de Carnarvon tiene una explicación médica documentada.
La maldición nació en las redacciones, entre una exclusiva que dejó fuera a media prensa mundial, una novelista que escribió a tiempo y una lista de muertos que nunca dejó de admitir nombres nuevos. Tutankamón no dejó ninguna amenaza grabada en su tumba, y aun así su nombre quedó unido para siempre a la idea de que algunas puertas no deberían abrirse.
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