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Espacio patrocinadoUn estudio fotográfico, a mediados del siglo XIX.
Alguien posa con solemnidad ante la cámara, quieto durante los largos segundos que exige la exposición, y espera su retrato. Cuando la placa se revela, aparece algo que nadie vio en la sala: detrás del retratado flota una figura translúcida, un rostro difuso, una presencia. Un supuesto espíritu.
Para muchos, aquello no era una imagen curiosa, sino una prueba. La fotografía había llegado al mundo con prestigio de verdad, y muy pronto se descubrió que ese mismo prestigio podía usarse para engañar.
El nombre asociado a este fenómeno es el de William H. Mumler, un estadounidense que en la década de 1860 se hizo célebre por producir retratos en los que, junto al cliente, emergían figuras espectrales presentadas como apariciones de personas fallecidas.
Su fama creció en un tiempo atravesado por el espiritismo, el duelo y la fascinación por la nueva imagen mecánica, y llegó tan lejos que entre sus retratados figuró Mary Todd Lincoln, supuestamente acompañada por el espíritu de su esposo, Abraham Lincoln.

El aura de verdad de la cámara
La potencia de aquellas fotografías no residía solo en su tema, sino en el medio que las producía. La fotografía era una tecnología joven, deslumbrante y revestida de una autoridad nueva: a diferencia de una pintura o un dibujo, que dependían de la mano y la intención del artista, parecía registrar el mundo de manera mecánica, casi imparcial.
Esa aparente objetividad lo cambiaba todo. La pregunta que planteaban esas imágenes no era únicamente si existían los fantasmas, sino otra más difícil de sortear: si la cámara lo mostraba, ¿cómo no creerlo? El aparato prometía capturar lo que había estado frente a él, y esa promesa volvía verosímil incluso lo imposible.
Una época que quería ver
Sería cómodo, y falso, despachar a quienes creyeron como simples ingenuos. La verdad es más humana.
El siglo XIX combinó una serie de fuerzas que prepararon el terreno: el auge del espiritismo, un duelo extendido en innumerables familias, la fascinación por las tecnologías emergentes y un deseo profundo, muy comprensible, de reencontrarse de algún modo con quienes ya no estaban.
Mumler no operó en el vacío. Trabajó en una cultura que empezaba a conceder a la fotografía una autoridad casi sagrada y que, al mismo tiempo, anhelaba ver algo más en la imagen. Cuando el dolor y el deseo se encuentran con una tecnología que parece no mentir, la frontera entre lo que se busca y lo que se prueba se vuelve borrosa.
La ilusión detrás de la prueba
Lo que hacía posible el efecto era, en el fondo, la maleabilidad del propio medio. Sin necesidad de detallar cada procedimiento químico, basta decir que la fotografía permitía trucos: dobles exposiciones, placas reutilizadas que conservaban una imagen anterior, superposiciones que sumaban a la escena figuras que jamás habían estado allí. La misma técnica que parecía garantizar la realidad abría, en paralelo, formas inéditas de fabricar apariencia.
La controversia terminó en los tribunales. En 1869, Mumler fue llevado a juicio por fraude, y el caso se volvió lo bastante sonado como para que la sociedad tuviera que preguntarse en público qué estaba viendo realmente en aquellas imágenes. Fue absuelto por falta de pruebas concluyentes, aunque esa absolución no certificaba que sus fantasmas fueran auténticos: dejaba, más bien, la duda abierta.
Lo que cambió y lo que no
La tentación es cerrar diciendo que aquello era «un deepfake del siglo XIX», pero la comparación se queda corta y, sobre todo, invierte el orden del problema. Hoy convivimos con imágenes alteradas, vídeos sintéticos, voces clonadas y sistemas capaces de fabricar escenas convincentes en segundos, y la escala, la velocidad y la facilidad de manipulación no admiten comparación con un estudio de 1869.
Lo que apenas ha cambiado es otra cosa, más íntima. Seguimos queriendo creer en ciertas imágenes, seguimos concediendo autoridad a determinados formatos y seguimos confundiendo con facilidad el registro con la realidad. La pregunta de fondo no nació con la inteligencia artificial: cuánta verdad le atribuimos a una imagen solo porque se parece a una prueba.
Volvamos a una de aquellas fotografías. Una persona sentada, un estudio en penumbra, un retrato de apariencia solemne, y detrás, esa figura translúcida que parece susurrar algo incómodo: que la imagen no siempre muestra solo lo que estuvo frente a la cámara.
La fotografía nos enseñó a confiar en lo visible. William Mumler ayudó a revelar algo menos tranquilizador: que una imagen también puede fabricar aquello que deseamos ver. Nuestras herramientas son hoy incomparablemente más sofisticadas, pero la pregunta sigue siendo casi la misma: cuando una imagen parece una prueba, qué parte de ella estamos de verdad dispuestos a cuestionar.
Antes de los deepfakes, una imagen ya podía mentir.
