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Espacio patrocinadoEl Banco de Japón subió este viernes su tasa de interés de referencia del 1% al 1,25%, el nivel más alto en treinta y un años. En casi cualquier otra economía desarrollada, un 1,25% se leería como una tasa dócil, casi de emergencia; en Japón representa el techo más elevado desde 1995, cuando buena parte de los inversores que hoy operan en Tokio todavía iban al colegio.
Esa distancia entre lo que el número parece y lo que significa es la puerta de entrada a una historia que empezó mucho antes de esta semana, y que ayuda a entender por qué una subida tan pequeña pesa tanto.
Para entender el 1,25% hay que volver a los escombros de una burbuja
A finales de los años ochenta, Japón vivió una de las burbujas de activos más espectaculares de la historia moderna, con la bolsa y el suelo de Tokio alcanzando valoraciones que llegaron a parecer una ley natural. Cuando estalló a comienzos de los noventa, dejó tras de sí un país cargado de deudas, bancos heridos y una economía que se deslizaba hacia la deflación, ese fenómeno en el que los precios caen y el consumo se aplaza a la espera de que todo cueste menos mañana.
El Banco de Japón respondió como manda el manual, recortando el precio del dinero: la tasa pasó del 6% en 1990 a apenas el 0,5% en 1995. El problema es que el manual se acababa ahí, y la economía seguía sin reaccionar.

El laboratorio donde se ensayó el dinero casi gratis
En febrero de 1999, sin más margen convencional, el Banco de Japón hizo algo que hasta entonces pertenecía casi a la teoría: llevó las tasas de corto plazo prácticamente a cero y se comprometió a mantenerlas ahí «hasta que las presiones deflacionarias quedaran despejadas». Era la primera política de tasas de interés cero de un gran banco central, un territorio que la propia institución describió como sin precedentes en la historia de la banca central.
Dos años después llegó el siguiente salto. En marzo de 2001, con la deflación otra vez arreciando, Tokio estrenó la expansión cuantitativa, esa maniobra por la que un banco central inunda el sistema de liquidez comprando activos en lugar de limitarse a mover un tipo de interés.
De ahí en adelante, Japón fue sumando instrumentos que el resto del mundo miraba con una mezcla de curiosidad y escepticismo: tasas negativas en 2016 y, ese mismo año, un control de la curva de rendimientos con el que el banco llegaba a fijar el interés de la deuda a diez años. Durante mucho tiempo, todo aquello se archivó como una rareza local, el desenlace exótico de una crisis que parecía solo japonesa.
Cuando el mundo empezó a parecerse a Japón
El archivo se reabrió en 2008. Tras la crisis financiera global, y de nuevo durante la pandemia, las herramientas que Tokio había ensayado en soledad se volvieron el paisaje habitual de Washington, Fráncfort y Londres: tasas pegadas a cero, compras masivas de bonos, balances de bancos centrales hinchados hasta cifras impensables una década antes.
No fueron episodios idénticos, ni Japón funcionó como un manual que los demás copiaran al pie de la letra. Lo que ocurrió fue más sutil y más interesante, porque la experiencia japonesa dejó de sonar exótica y muchos de sus problemas -el crecimiento anémico, la deflación terca, la dificultad de destetar a una economía del dinero barato- reaparecieron, con acentos distintos, en el resto del mundo rico. La propia Reserva Federal llegó a estudiar formalmente el experimento japonés para orientar su respuesta.
Un número pequeño dentro de un desmontaje muy largo
Con ese trasfondo, el 1,25% de este viernes deja de ser un dato monetario menor. Japón empezó a desandar formalmente aquel régimen extraordinario en marzo de 2024, cuando abandonó las tasas negativas y el control de la curva y recuperó la tasa de un día como instrumento principal, y desde entonces ha ido subiendo peldaño a peldaño hasta este máximo de tres décadas.
El movimiento tiene efectos concretos sobre el yen, sobre el rendimiento de los bonos japoneses, sobre el costo del crédito interno y sobre esas operaciones de carry trade en las que durante años el mundo se financió barato en yenes para invertir en otra parte. La decisión se aprobó con siete votos contra dos y el yen, lejos de fortalecerse, se debilitó, porque los mercados leyeron que Tokio piensa seguir subiendo despacio.
Reducir la jornada a la mecánica de los mercados, sin embargo, sería perder de vista lo esencial.
Lo difícil no fue entrar, sino salir
Durante casi tres décadas, Japón le mostró al mundo cómo era vivir con el dinero prácticamente gratis, y el mundo terminó aprendiendo la lección mejor de lo que hubiera querido. Hoy, con esa subida modesta al 1,25%, Tokio enseña la otra mitad de la historia, la que casi nadie había ensayado antes: lo lento, lo delicado y lo largo que resulta salir del mundo que uno mismo ayudó a inaugurar.
