David Deutsch y el paper de 1985 que hizo imaginable una computadora cuántica universal

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En 1985

No hay procesadores cuánticos comerciales, ni laboratorios accesibles desde la nube, ni empresas compitiendo en público por sumar qubits; la computación cuántica, tal como hoy la entendemos, apenas es un contorno difuso en la mente de unos pocos físicos.

En ese escenario, un investigador de Oxford se hace una pregunta que parecía casi filosófica y resultó ser el punto de partida de una industria entera: ¿puede existir una computadora universal que funcione según las leyes de la física cuántica?

El investigador era David Deutsch, físico británico y una de las figuras fundacionales del campo, y su respuesta no llegó en forma de máquina, sino de paper. En 1985 publicó un trabajo que formalizó la idea de una computadora cuántica universal y convirtió lo que hasta entonces era una intuición dispersa en un problema teórico bien planteado.

De Turing a Feynman

La pregunta de Deutsch no nació de la nada, sino que cerraba una progresión de casi medio siglo. En 1936, Alan Turing había imaginado una máquina universal capaz, en principio, de ejecutar cualquier cálculo dentro del marco de la computación clásica, y esa idea se volvió el cimiento de toda la informática que vino después.

En 1982, Richard Feynman advirtió un problema incómodo: simular el comportamiento de la naturaleza a escala cuántica con computadoras clásicas era endiabladamente difícil, casi inabordable, y sugirió dar la vuelta al planteamiento para construir máquinas que aprovecharan los propios fenómenos cuánticos en lugar de pelearse con ellos.

Deutsch tomó ese hilo y lo llevó hasta su conclusión natural: si el mundo obedece reglas cuánticas, la computación universal también debería poder formularse en esos términos.

Qué quiere decir universal

La palabra clave es «universal», y no significa simplemente «muy potente». Describe una máquina programable capaz de abarcar una amplia clase de cálculos y de simular el funcionamiento de otros sistemas dentro de las reglas que la gobiernan.

Turing le había dado al mundo esa noción de universalidad para la computación clásica; Deutsch preguntó qué ocurría al reformularla dentro de la mecánica cuántica, y la respuesta abría una puerta distinta.

Una computadora cuántica no es una computadora clásica «mucho más rápida»: opera de otro modo. Apoyándose en propiedades como la superposición y la interferencia de estados cuánticos, cambia la forma misma en que la información puede representarse y procesarse, no solo la velocidad a la que se hacen las cuentas. Esa diferencia de naturaleza, y no de potencia, es lo que hacía tan provocadora la propuesta.

La máquina que aún no existía

Lo extraordinario del paper de 1985 es que describía con precisión una máquina que no existía y que nadie sabía todavía cómo construir. Deutsch no analizaba un producto disponible ni un prototipo de laboratorio, sino que levantaba el andamiaje conceptual de una tecnología que llegaría, con suerte, décadas más tarde.

Muchas revoluciones tecnológicas nacen exactamente así. Primero aparece la posibilidad intelectual, la prueba de que algo no está prohibido por las leyes de la física; después llegan los experimentos que tantean el terreno; y solo mucho más tarde aparecen los dispositivos que uno puede encender. La revolución no empezó con un chip, sino con una posibilidad.

Una posibilidad que todavía intentamos construir

Nada de esto convierte a Deutsch en el inventor único de la computación cuántica. La historia es más ancha e involucra a muchos investigadores, antes y después de él, y su mérito fue otro, no menor: transformar una idea difusa en un problema teórico nítido, con reglas y preguntas que otros pudieron atacar.

Cuatro décadas después, esa pregunta cambió de forma. Hoy existen procesadores cuánticos experimentales, sistemas superconductores, plataformas accesibles desde la nube, investigación intensa en corrección de errores y una inversión pública y privada considerable, todo orientado a materializar aquello que en 1985 era una posibilidad sobre el papel.

La cuestión ya no es si una computadora cuántica universal puede existir, sino hasta dónde podremos construirla, escalarla y volverla realmente útil.

En 1985, Deutsch pensaba en una máquina que nadie podía comprar, usar ni fabricar de forma práctica, poco más que una posibilidad teórica sostenida por la coherencia de la física. Antes de los qubits fabricados, antes de los chips criogénicos, antes de las inversiones multimillonarias, hubo una pregunta: si la propia física cuántica podía convertirse en una forma universal de computación.

La revolución no empezó con un chip. Empezó con una posibilidad.

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