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Espacio patrocinadoHay un futuro que las grandes tecnológicas ya dan por escrito, y no depende de que el consumidor lo apruebe. Según CNN, Meta vende ya millones de sus gafas con inteligencia artificial fabricadas con EssilorLuxottica, equipadas con cámaras y micrófonos, mientras Samsung prepara las suyas para fin de año.
A su alrededor florece una constelación de aparatos que prometen ver y oír por nosotros: la pulsera Amazon Bee Pioneer, que graba y analiza cada conversación, o el Plaud Notepin S, una grabadora diminuta que se prende de la camisa. El discurso oficial es seductor, porque promete un asistente que lo sabe todo de tu día y que, por fin, hará las cosas por ti.
Esa promesa no es nueva: se repite en cada salto tecnológico, y con ella se repite también su reverso.
La máquina que ve y oye
Lo que se está construyendo no es un accesorio, sino una capa de captura ambiental permanente. El propio reportaje de CNN recoge la advertencia de una especialista en ética digital, que señala que estos dispositivos son mucho más difíciles de detectar que un teléfono, de modo que la noción misma de consentimiento empieza a desintegrarse.
Nadie mira tu muñeca ni tu solapa cuando te habla, y ahí reside el problema, porque la grabación deja de ser un acto puntual y se convierte en un estado continuo.
Las empresas responden con gestos de transparencia. Meta recuerda que sus gafas encienden una luz cuando graban, un piloto que, asegura, no tiene interruptor de apagado. Pero un punto luminoso en una muñeca o en una solapa no equivale a un permiso cuando nadie está mirando hacia allí. La transparencia que se ofrece es la del aparato, no la de la relación.
Los nombres que empujan esta visión tampoco son marginales. El CEO de Qualcomm anticipa colgantes, broches y hasta joyas con inteligencia artificial; un alto ejecutivo de Amazon defiende que un buen asistente necesita información de todo tu día y no solo del rato que pasas en casa; el CEO de Plaud imagina que estos registros podrían incluso acortar la jornada laboral.
El presidente de OpenAI sostiene que teclados y ratones fueron apenas una etapa de paso, y Mark Zuckerberg fue más lejos al sugerir que quien no lleve estas gafas quedará en desventaja frente a quienes sí las usan. La ecuación que proponen es simple, y por eso inquieta: cuanto más te observan, mejor te sirven.
La apuesta inversa
Aquí es donde una industria entera lleva años apostando exactamente a lo contrario, casi en silencio. Mientras el hardware de consumo perfecciona la vigilancia amable, Web3 construye la premisa opuesta, que sostiene que el dato no se entrega, se custodia.
La identidad autosoberana, las pruebas de conocimiento cero y las redes de infraestructura física descentralizada no son piezas sueltas de un laboratorio, sino la respuesta anticipada a la misma pregunta que estos wearables recién nos obligan a formular.
La pregunta es idéntica en ambos mundos, aunque la respuesta se bifurque: ¿quién es dueño de lo que capturas? En el modelo del dispositivo inteligente, el dueño es la nube corporativa que interpreta tu ansiedad antes de que la sientas y te sugiere qué recordar de tu propia vida.
En el modelo de la blockchain, en cambio, la propiedad del dato se vuelve verificable, portátil y, sobre todo, revocable por quien lo genera. No es una diferencia técnica menor, sino la distancia que separa un yo que se alquila de un yo que se posee.
El próximo activo en disputa
Conviene mirar todo esto sin ingenuidad. El wearable con inteligencia artificial no es el enemigo, y buena parte de su utilidad es genuina, porque traduce, recuerda, resume y acompaña.
El punto ciego no está en la función, sino en la arquitectura de propiedad que corre por debajo, y cada capa nueva de captura que se instala sobre el cuerpo humano incrementa el valor de la única propuesta que insiste en devolver el control al individuo.
Vale la pena arriesgar entonces una lectura de fondo: el gran activo de la próxima década no será una moneda ni una acción, sino el yo ambiental, ese registro continuo de lo que vemos, decimos y sentimos.
Quien controle ese registro controlará mucho más que un mercado, y por eso la conversación sobre soberanía de datos deja de ser un tecnicismo cripto para convertirse en la pregunta central de la era que empieza. Las tecnológicas ya eligieron su respuesta. Falta que el resto del mundo elija la suya.
-Nodeor
