🎃 Halloween 2026 | Historia 08/14
En el interior de una mansión victoriana de San José, California, hay una escalera que asciende con normalidad, peldaño tras peldaño, hasta chocar contra el techo. No muy lejos, una puerta del segundo piso se abre al exterior sobre una caída de varios metros, sin balcón ni escalón que la justifique, y en otro punto de la casa una ventana se encuentra en el suelo.
La residencia tiene unas 160 habitaciones, alrededor de 24.000 pies cuadrados, 47 escaleras y miles de puertas y ventanas. Su propietaria tardó 36 años en darle esa forma y, desde hace más de un siglo, una explicación inquietante acompaña cada una de sus rarezas.

La heredera que se fue al Oeste
Sarah Lockwood Pardee nació en 1839 en New Haven, Connecticut, y en 1862 se casó con William Wirt Winchester, único hijo varón de Oliver Winchester, dueño de la Winchester Repeating Arms Company. En 1866 nació su única hija, Annie, que murió apenas cinco semanas y media después.
En 1880 falleció Oliver, y tres meses más tarde, en 1881, William murió de tuberculosis a los 43 años. Sarah heredó, según la documentación conservada por la propia mansión, una fortuna estimada en unos $20 millones y casi la mitad de las acciones de la compañía armamentística.
En 1885 se trasladó a California, y en 1886 compró una granja de dos plantas y ocho habitaciones cerca de San José que bautizó como Llanada Villa. Algunas fuentes sitúan la compra o el inicio de las obras en 1884, pero los registros que maneja la institución que gestiona la casa fijan la llegada a California en 1885 y la adquisición al año siguiente.
Una casa que nunca dejaba de cambiar
La granja empezó a crecer de inmediato. Entre 1890 y 1900 vivió su etapa de mayor expansión hasta convertirse en una mole victoriana de siete pisos con una torre que dominaba el valle de Santa Clara, sin un plano general conocido que guiara las ampliaciones.
El 24 de febrero de 1895, el San Francisco Chronicle publicó la primera historia escrita conocida que sugería que Sarah construía para evitar la muerte. Ella nunca explicó públicamente sus motivos, y ese silencio dejó el terreno libre para que la prensa repitiera la idea durante décadas.
Con el tiempo, el rumor adquirió forma completa. Según la versión popular, una médium le habría dicho que los espíritus de las personas muertas por los rifles Winchester la perseguían y que solo estaría a salvo mientras las obras no se detuvieran, lo que explicaría las escaleras sin salida y las puertas sin destino como trampas para confundir a los fantasmas.
No existe documentación que confirme esa consulta ni sesiones espiritistas en la casa. La leyenda se apoya en relatos periodísticos y en testimonios de segunda mano, no en cartas ni en declaraciones de la propia Sarah.
En 1906, el terremoto de San Francisco dañó gravemente la mansión, y la torre de siete pisos y la mayor parte de la cuarta planta acabaron demolidas. Cinco años después, en 1911, el San Francisco Examiner la describía ya como una «casa del misterio».
Lo que la leyenda no cuenta
Los historiadores que han estudiado la vivienda ofrecen explicaciones más terrenales para muchas de sus rarezas. Una casa ampliada durante más de tres décadas, con estancias que se reformaban, se unían o se eliminaban, acumula inevitablemente escaleras que pierden su piso de llegada, puertas que daban a estructuras desaparecidas y ventanas que quedaron atrapadas en el interior al levantarse nuevas alas.
El terremoto añadió su parte, porque las demoliciones posteriores dejaron cortados accesos que antes tenían sentido. No todas las anomalías se explican así, pero muchas responden a una lógica de obra continua más que a un diseño deliberado contra lo sobrenatural.
La propia trayectoria de Sarah desmiente la imagen de una reclusa encerrada en su obsesión. Fue una mujer culta e independiente, con un patrimonio que le permitía experimentar sin rendir cuentas a nadie, que incorporó a la casa innovaciones domésticas avanzadas para su época, y que en 1910 compró una segunda residencia en Atherton para estar cerca de su hermana y de su sobrina, entre la que repartió su tiempo hasta el final de su vida.
Murió en Llanada Villa el 5 de septiembre de 1922 y las obras se detuvieron. Su testamento dispuso la venta de la propiedad, que se subastó en diciembre de ese año, y en abril de 1923 John y Mayme Brown arrendaron la casa con la idea de abrir un parque recreativo.
El interés del público cambió sus planes. El 30 de junio de 1923 la mansión abrió sus puertas a los visitantes, con Mayme Brown como primera guía, y unas 10.000 personas acudieron el primer día. En la década de 1930 empezó a promocionarse oficialmente como Winchester Mystery House, y la leyenda que había nacido en los periódicos se convirtió en el centro del recorrido.
Hoy cualquiera puede subir esa escalera que termina en el techo, contar sus peldaños y tocar la madera donde se interrumpe. La casa está ahí, medida y catalogada, mientras que la razón por la que Sarah Winchester nunca dejó de transformarla se fue con ella sin que nadie llegara a escucharla de su boca.
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