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Espacio patrocinadoUn smartphone corriente de 8 GB guarda hoy en su memoria de trabajo alrededor de dos millones de veces más datos que la computadora que ayudó a guiar a los astronautas del Apollo 11 durante su descenso a la Luna. No es una exageración ni una licencia poética: el Apollo Guidance Computer disponía de unos 4 KB de memoria borrable, mientras que ese teléfono maneja 8 GB, una diferencia que ronda los 2,1 millones a uno.
La cifra impresiona precisamente porque el resultado fue el contrario al que sugiere la aritmética. Con una fracción minúscula de los recursos que hoy damos por descontados, aquella máquina cumplió una de las tareas más exigentes jamás encomendadas a un ordenador.
Qué era el Apollo Guidance Computer
El AGC, desarrollado en el Instrumentation Laboratory del MIT y fabricado por Raytheon, era una caja metálica de unos 32 kilos que formaba parte del sistema de guía, navegación y control de las misiones Apollo. Además de sus 2.048 palabras de memoria borrable, contaba con 36.864 palabras de memoria fija -unos 72 KB- donde vivía casi todo el programa, tejido literalmente a mano en hilos de cobre.
Con esos recursos el AGC calculaba trayectorias, controlaba motores, procesaba datos del radar y mostraba información a la tripulación a través de un teclado numérico. Cada byte estaba medido, y los programadores reutilizaban las mismas direcciones de memoria para funciones distintas según el momento del vuelo.
Por qué comparar solo las cifras engaña
Poner 4 KB frente a 8 GB tienta a concluir que la tecnología de 1969 era primitiva, y esa lectura pierde lo esencial. El AGC no era un aparato de propósito general que aspirara a hacer de todo; era una herramienta diseñada al milímetro para una misión concreta, con hardware y software optimizados hasta el último detalle.
Un teléfono actual reparte su enorme memoria entre decenas de aplicaciones, vídeo, fotografía y procesos que corren en segundo plano. El AGC dedicaba cada recurso a una sola cosa, y por eso lograba con kilobytes lo que hoy exigiría una potencia incomparablemente mayor si se abordara sin esa disciplina.
Las alarmas 1201 y 1202
Durante el descenso final del Apollo 11 la máquina llegó a su límite. Sonaron cinco alarmas -cuatro 1202 y una 1201- que indicaban un desbordamiento del planificador de tareas: el ordenador recibía más trabajos de los que podía atender, en buena parte por señales espurias del radar de encuentro.
Según la documentación de NASA, el software concebido por el equipo de Margaret Hamilton estaba diseñado para eso: ante la sobrecarga, reiniciaba, descartaba las tareas menos importantes y conservaba las críticas, como el control del motor y la pantalla de la tripulación. En Houston dieron luz verde a continuar, y Eagle alunizó.
Lo asombroso no es el hardware
La curiosidad de fondo no está en cuánta memoria cargamos ahora, sino en todo lo que aquellos ingenieros consiguieron con apenas unos kilobytes. La distancia entre 4 KB y 8 GB mide el avance del hardware; la hazaña, en cambio, se midió en ingenio, y ninguna cifra de RAM alcanza a expresarla.
