Occidente exige un yuan más fuerte y Pekín recuerda lo que le pasó a Japón

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Mientras Donald Trump y Xi Jinping se reúnen esta semana con las tensiones comerciales otra vez al rojo, reaparece una vieja exigencia occidental: dejar que el yuan suba.

Con el superávit comercial chino rumbo a un nuevo récord y estimaciones que sitúan la moneda hasta un 30% infravalorada, economistas y autoridades de Estados Unidos y Europa insisten en que un renminbi más caro es la vía para reequilibrar el comercio y aliviar la presión sobre los fabricantes de fuera.

Pekín no piensa ceder, y su negativa se apoya en un precedente que conoce de memoria: el Japón de 1985.

La cifra que incomoda a Pekín

En términos nominales, el yuan se ha apreciado más de un 6% frente al dólar en el último año, empujado tanto por un billete verde debilitado por la incertidumbre arancelaria de Trump como por un déficit fiscal persistente que resta atractivo a los activos estadounidenses. En términos de tipo de cambio efectivo real, ajustado por inflación, el consenso es que sigue barato, aunque las estimaciones difieren.

Brad Setser, exfuncionario del Tesoro durante la administración Biden, calcula que la moneda está al menos un 30% más débil de lo que debería si se incorporan las masivas compras chinas de oro como otra forma de reservas. Su número supera el 20% que estima Goldman Sachs sobre una base ponderada por comercio y casi duplica el 16% que el FMI fijó en febrero a partir de los tipos efectivos reales.

El secretario del Tesoro, Scott Bessent, ha enmarcado el asunto menos como un problema cambiario que como consecuencia de los subsidios industriales chinos y la débil demanda interna, aunque en agosto instó al G7 a «examinar sus términos de intercambio con China» y describió el superávit como «insostenible».

Europa, el frente más dolido

El golpe se siente con más fuerza en el viejo continente. El superávit comercial chino con la Unión Europea alcanzó los 412.000 millones de dólares en 2025 según datos europeos, más del doble del que reportó Estados Unidos, y se amplió otro 9% interanual en el primer semestre de 2026, impulsado por las ventas de vehículos eléctricos y componentes de maquinaria.

El canciller alemán Friedrich Merz y el presidente francés Emmanuel Macron llevan meses pidiendo a Pekín que deje apreciar el yuan, y Merz ha invocado repetidamente el Acuerdo del Plaza desde junio. «No podemos aceptar a largo plazo competir contra una moneda infravalorada en un 25 o 30%», dijo en julio, en una crítica apenas velada a China.

La semana pasada fue más directo, cuando acusó a Pekín de combinar «deliberadamente» fuerzas de mercado con subsidios estatales, sobrecapacidad, precios agresivos y una divisa artificialmente débil.

El fantasma de 1985

El Acuerdo del Plaza es el espejo en el que Pekín no quiere mirarse. Aquel pacto forzó al yen a duplicar su valor frente al dólar hacia 1988 y desató en Japón un auge bursátil e inmobiliario que terminó en burbuja y colapso, del que la economía nipona tardó décadas en recuperarse.

Pekín teme que una subida rápida del yuan estruje los ya finos márgenes de sus exportadores, agrave el desempleo y profundice la presión deflacionaria en una economía que todavía no logra encender la demanda interna. Pocos observadores esperan que ceda a la presión o firme una versión moderna de aquel acuerdo.

La lección japonesa, con todo, es ambigua. Ni siquiera con el yen duplicado colapsaron las exportaciones niponas, ya que las empresas automatizaron con agresividad y comprimieron sus cadenas de suministro para sobrevivir, y el crecimiento real de las exportaciones apenas se moderó a un promedio anual del 2,5% entre 1986 y 1991, desde cerca del 5% del lustro anterior.

El PBOC administra el paso, no la dirección

A diferencia de agosto de 2015, cuando una devaluación abrupta del PBOC sorprendió a los mercados globales y obligó a Pekín a gastar cerca de un billón de dólares en estabilizar la moneda durante años, el banco central apenas ha intervenido a gran escala esta vez. Su herramienta es el «fixing», la fijación diaria de un punto medio que mantiene al yuan dentro de una banda estrecha del 2% y administra el ritmo de las ganancias.

El viernes pasado fijó el punto medio en 6,7521 por dólar, el nivel más fuerte en más de tres años y medio, frente a 7,023 al arranque del año. Aun así, el índice CFETS que mide al yuan contra una canasta ponderada por comercio ha retrocedido desde su pico de julio.

Ese anclaje opera como una profecía autocumplida, según Joseph Gagnon, del Peterson Institute, porque los operadores no quieren apostar contra el banco central. «Habrían empujado el tipo de cambio mucho más arriba si no temieran que el PBOC retomara las intervenciones», señaló.

La factura cambiaria ya llega a las empresas

El yuan más fuerte ya golpea los balances. Las empresas cotizadas en China continental reportaron unos 107.000 millones de yuanes (15.900 millones de dólares) en pérdidas cambiarias durante el primer semestre, según cálculos de Nikkei Asia sobre datos de Wind Information.

La fabricante de electrodomésticos Midea, que genera más del 40% de sus ingresos en el exterior, encabezó la lista con 6.000 millones de yuanes de pérdida cambiaria, aunque las coberturas le permitieron crecer un 2% en beneficio neto.

El campeón de los vehículos eléctricos BYD reportó 4.700 millones de yuanes de pérdida cambiaria, con una caída del 20,5% en su beneficio neto sobre un retroceso del 7% en ingresos.

Por qué apreciar no arregla el fondo

Una apreciación nominal puede frenar el crecimiento del superávit de cabecera, pero el volumen real de bienes que salen de China podría seguir subiendo, advierte Adam Wolfe, de Absolute Strategy Research, porque una divisa más cara comprimiría los márgenes y empujaría a los exportadores a recortar precios todavía más para sobrevivir, ya que el exceso de capacidad interna les impide pivotar hacia el mercado doméstico. Wolfe anticipa que la revaluación «agravaría el bache deflacionario e impulsaría aún más los volúmenes de exportación».

Sin un cambio en el manual de crecimiento de Pekín, que ha ampliado algunas redes de protección social pero ha evitado con constancia las grandes transferencias de riqueza a los hogares, China tiene pocos incentivos para las reformas estructurales dolorosas que reequilibrarían su economía.

Mientras el apoyo a las familias siga siendo incremental, la fricción comercial en torno a su máquina exportadora seguirá viva, y los responsables chinos, resume Gagnon, «sencillamente no parecen captar la escala del problema».

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