El derecho a la privacidad: el texto de 1890 que reaccionó a una tecnología que empezaba a observarlo todo

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En 1890

No hay Internet, ni teléfonos con cámara, ni redes sociales, ni bases de datos, ni reconocimiento facial, ni el menor rastro de lo que hoy llamamos inteligencia artificial.

Pero una tecnología joven empieza a alterar algo muy antiguo: la fotografía instantánea, unida a una prensa cada vez más agresiva, permite capturar y difundir la vida ajena con una facilidad inédita, y lo que antes quedaba en la intimidad puede terminar impreso ante miles de ojos.

En ese contexto, dos abogados de Boston, Samuel D. Warren y Louis D. Brandeis -este último llegaría años después a la Corte Suprema-, publicaron en la Harvard Law Review un ensayo destinado a convertirse en una piedra fundacional del pensamiento moderno sobre la privacidad: The Right to Privacy.

No inventaron la privacidad, pero entendieron algo que sigue vigente: cuando una tecnología amplía la capacidad de observar y registrar, hay que volver a preguntarse qué protege a las personas.

El derecho a la privacidad: el texto de 1890 que reaccionó a una tecnología que empezaba a observarlo todo

El derecho a ser dejado en paz

La intuición de fondo es que una tecnología no cambia solo la manera de hacer una tarea, sino aquello que resulta posible observar, copiar, guardar y distribuir. Antes de la cámara portátil, buena parte de la vida privada era sencillamente difícil de capturar; cuando esa barrera técnica cae, aparece una pregunta nueva: que algo pueda registrarse no significa que cualquiera tenga derecho a hacerlo.

De ahí nace la idea más célebre del ensayo, el derecho «a ser dejado en paz», que no es una frase decorativa. Warren y Brandeis apuntaban a que la privacidad no consiste solo en esconder secretos, sino en poder decidir qué parte de la propia vida se comparte, con quién, en qué contexto y con qué fin. En el fondo, privacidad es control sobre la propia exposición.

De la cámara al dato

En 1890 el peligro tenía la forma concreta de una fotografía indiscreta o una crónica sobre la vida ajena. Más de un siglo después, esa capacidad de observación se multiplicó hasta volverse ambiental: dejamos rastro al caminar con el teléfono en el bolsillo, al navegar, al comprar, al pasar frente a una cámara, y donde antes una tecnología capturaba una imagen, hoy un ecosistema entero reconstruye un perfil.

El cambio más profundo no es de cantidad. En el siglo XIX el problema solía ser la publicación visible de algo privado: alguien veía la foto, leía la noticia. Hoy se suma otra capa, la recopilación invisible, porque una persona puede ser observada, analizada y clasificada sin presenciar el proceso. Entre ser fotografiado y ser convertido en datos hay una diferencia enorme: lo primero se nota; lo segundo, casi nunca.

La privacidad no es esconder nada

El viejo argumento de que quien no tiene nada que ocultar nada debe temer envejeció mal, porque la privacidad importa incluso cuando no hay nada ilegal ni vergonzoso detrás. Protege la autonomía de actuar sin sentirse vigilado, la posibilidad de mantener separados los distintos ámbitos de la vida -el trabajo, la familia, las creencias, la salud- y hasta el derecho a cambiar, a no quedar fijado para siempre a lo que uno fue o dijo una vez.

A esa cuestión se añade un problema de escala que Warren y Brandeis no podían dimensionar. Observar a alguien exigía antes tiempo, recursos y presencia física; hoy millones de personas se analizan de forma automática, y con inteligencia artificial esa información se clasifica, se resume y se usa para inferir hábitos, gustos o intenciones.

No hace falta imaginar una conspiración para ver el punto: cuando observar se vuelve barato, automático y masivo, la pregunta por los límites pesa mucho más que en 1890.

Quién puede mirar

Nada de esto convierte cada dato en un abuso. Buena parte de las tecnologías que registran información ofrecen también comodidad, seguridad, personalización y mejores servicios, y ahí está la tensión interesante: los mismos sistemas que aportan valor amplían de forma extraordinaria la capacidad de observar. La discusión honesta no es tecnología sí o tecnología no, sino qué límites debe tener la observación tecnológica.

Por eso, en 2026, la privacidad significa mucho más que evitar una fotografía no deseada. Significa decidir qué plataformas conocen qué información, limitar la trazabilidad, proteger los datos biométricos, entender con qué se alimentan los sistemas que nos rodean y poder frenar los perfiles automáticos. La cámara cambió; la pregunta de fondo sigue siendo quién puede mirar.

Warren y Brandeis reaccionaban a un mundo donde una cámara y una imprenta ya parecían armas temibles contra la intimidad. No podían imaginar los teléfonos, los sensores, las plataformas ni los algoritmos que vendrían, pero comprendieron algo más duradero: cada tecnología que amplía nuestra capacidad de observar obliga a renegociar los límites de lo privado.

La pregunta que dejaron apenas ha cambiado: quién tiene derecho a mirar, registrar y conservar una parte de nuestra vida que nunca decidimos entregar.

La tecnología cambió. El derecho a tener una vida propia, no.

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