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Espacio patrocinadoPara el hombre que durante años manejó la caja de herramientas cambiaria de Japón, el mensaje es inequívoco: el yen está «claramente demasiado débil» y Tokio no ha guardado sus armas.
En una entrevista con Reuters, Mitsuhiro Furusawa -quien ocupó el cargo de viceministro de Finanzas para Asuntos Internacionales, el puesto que concentra el poder de decisión sobre el tipo de cambio- advirtió que la intervención puede repetirse «en cualquier momento», e incluso volver a ejecutarse de forma coordinada con Estados Unidos si la moneda regresa a los niveles que gatillaron la acción conjunta del mes pasado.
Lo relevante de sus palabras no es tanto la amenaza en sí como el modo en que desplaza el eje del debate: del nivel que Tokio estaría dispuesto a defender hacia la herramienta que, según él, de verdad puede frenar la caída.
No se trata de defender un número
Furusawa fue explícito en que la disciplina de las autoridades no gira alrededor de una línea trazada en la arena. «Probablemente no sea cuestión de intervenir específicamente en, digamos, 160 o 162 yenes por dólar», señaló, aunque enseguida dejó claro que esa flexibilidad no equivale a bajar la guardia, porque la operación «podría producirse de nuevo en cualquier momento, incluida una acción coordinada con Estados Unidos».
El recorrido reciente explica por qué el mercado toma en serio la advertencia. La intervención conjunta con Washington levantó el yen hasta unos 155,20 por dólar desde un mínimo de cuarenta años de 163,99, pero desde entonces la moneda volvió a ceder hasta rondar los 159,50, un retroceso que reabre la puerta a otra ronda.
Y el costo de un yen débil, recordó Furusawa, no es abstracto: encarece las importaciones y erosiona a una economía que compra afuera buena parte de su energía y sus alimentos.
El verdadero botón está en el BOJ
Aquí aparece el núcleo de su lectura, y la parte que más debería interesar a quien opera el par. La intervención, insistió, solo compra tiempo; para revertir la tendencia hacen falta pasos de fondo, y el más importante es que el Banco de Japón suba tasas con mayor rapidez.
«La mayoría de los participantes del mercado cree que el BOJ subirá tasas en septiembre», y yo creo que debería, afirmó, aunque matizó que lo decisivo no es el próximo movimiento aislado sino que el banco central comunique la probabilidad de un ritmo de alzas más veloz.
Desde que en 2024 abandonó su programa de estímulo masivo, sostenido durante una década, el BOJ ha subido tasas a un ritmo de aproximadamente dos veces por año, incluida la suba de junio que llevó el costo del dinero a 1%, su nivel más alto en 31 años.
Furusawa calcula que la autoridad querría llevar la tasa hasta una franja de 1,5% a 1,75%, un número que ancla en la propia estimación del banco de una tasa neutral -la que ni enfría ni recalienta el crecimiento- ubicada entre 1,1% y 2,5%.
La hoja de ruta hasta 2027
El calendario que dibuja tiene consecuencias directas para el dólar-yen. Después de septiembre, el siguiente paso llegaría en diciembre o enero, y a ese le seguiría otra suba en algún momento del próximo año fiscal, que en Japón arranca en abril de 2027, siempre que la economía no pierda impulso. Esa última condición no es un detalle menor, porque ata todo el sendero de normalización a que el crecimiento aguante.
La conclusión para el mercado es que la palabra «intervención» seguirá operando como red de contención cada vez que el dólar-yen se estire, pero el piso duradero de la moneda no lo pondrá la mesa del Ministerio de Finanzas, sino la sala del BOJ.
Furusawa, que conserva contacto estrecho con responsables de política vigentes dentro y fuera de Japón, no habla desde la tribuna: describe el terreno donde se librará la próxima fase de la batalla por el yen.
