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Espacio patrocinadoKenichi Hori, presidente de Mitsui, resumió el dilema sin rodeos: si su empresa deja de tener ideas propias, la inteligencia artificial terminará por eliminar el negocio.
La frase es notable porque proviene de una de las cinco grandes casas comerciales de Japón, es decir, del modelo empresarial que durante décadas convirtió la información en su activo más valioso y que ahora observa cómo esa misma información amenaza con volverse un bien común.
Las llamadas sogo shosha -Mitsubishi, Itochu, Mitsui, Sumitomo y Marubeni- son quizás el negocio de intermediación de información más puro que existe. Entre las cinco despliegan alrededor de cinco mil empleados por todo el mundo, involucrados en cadenas de suministro que van desde la sopa ramen hasta los misiles, y esa amplitud es precisamente lo que las hace valiosas.
«Como estamos diversificados, recopilamos una gran variedad de información», explica Masahiro Okafuji, presidente de Itochu y titular del Consejo de Comercio Exterior de Japón. El problema es que, si la IA logra reunir y ordenar los datos globales por su cuenta, ese foso construido a fuerza de presencia física en el terreno podría estrecharse peligrosamente.
Un modelo que ya se reinventó antes
Conviene recordar que estas compañías no enfrentan por primera vez la acusación de haberse vuelto prescindibles. Durante años cargaron con el descuento por conglomerado -la penalización que el mercado aplica a las empresas de portafolios tan amplios que resulta difícil saber cómo les va realmente- y con la presión de un mundo que buscaba eliminar intermediarios, con fabricantes internalizando funciones y transacciones migrando a canales digitales. La respuesta fue mutar: dejaron de ser meros corredores de comercio para convertirse también en firmas de inversión.
Esa transformación se agudizó desde 2020, cuando las críticas empujaron a afinar el ojo para elegir bien. Las casas comerciales no se limitan a un rubro, pero cortan sin sentimentalismos lo que no rinde: Mitsubishi vendió en 2024 parte de sus activos de carbón de coque en Australia, un negocio que había sido rentable hasta dos años antes.
«Las trading houses se han transformado en gestoras de portafolio», sintetiza Harunobu Goro, analista de UBS Securities Japan. Ese proceso de ensayo y error dentro de las redes globales de suministro, además, las volvió más útiles justo cuando esas cadenas se rompen.
La casa que quiere ganar con la IA
La lección de su propia historia sugiere que la salida no está en resistir la tecnología, sino en fusionarla con lo que la IA no puede replicar fácilmente: el criterio acumulado.
Sumitomo es el ejemplo más concreto. La compañía comenzó a usar inteligencia artificial para elevar la tasa de éxito de sus inversiones, y para ello entrenó su plataforma con las actas internas de mil quinientas operaciones pasadas junto a cuatro mil reportes de pérdidas, de modo que el sistema analice la raíz de cada fracaso. «Nos convertiremos en una casa comercial que se beneficia de la IA», afirma su presidente, Shingo Ueno.
Ahí está la clave de fondo, y trasciende a Japón. En la era de la inteligencia artificial, reunir información deja de ser un foso: los modelos hacen eso cada vez mejor y más barato.
Lo que se vuelve defendible es poseer datos propietarios difíciles de conseguir y de imitar, más el juicio para interpretarlos. Las sogo shosha lo entendieron porque tienen medio siglo de decisiones documentadas para alimentar a sus máquinas. La pregunta que deja abierta el caso es quién controlará esas redes de información cuando la IA las democratice, y qué valor conservarán los intermediarios que hoy viven de saber lo que otros no saben.
