El Personaje de la Semana: los mil millones que Zuckerberg rechazó a los 22 años

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La entrega de ayer dejó a Zuckerberg con Facebook explotando en las universidades y una acusación de robo de idea pisándole los talones.

Pero el momento que de verdad define su historia financiera no fue un pleito ni un lanzamiento. Fue una reunión de directorio un lunes por la mañana, en el verano de 2006, donde un chico de 22 años tuvo que decidir si convertirse en millonario de inmediato o apostar por algo que todavía no existía.

Del otro lado de la mesa había mil millones de dólares en efectivo. Y casi todos los adultos en esa sala pensaban que debía aceptarlos.

La oferta que partía la historia en dos

Peter Thiel, cofundador de PayPal y primer inversor externo de Facebook, lo llamó «la decisión más importante en la historia de la compañía». En junio de 2006, Yahoo ofreció comprar Facebook por 1.000 millones de dólares. La empresa tenía apenas dos años, rondaba los ocho o nueve millones de usuarios y, aunque facturaba, todavía no era rentable.

Para dimensionar lo que estaba en juego: Zuckerberg era dueño de una porción sustancial de la compañía, así que ese acuerdo lo habría convertido, de un día para el otro, en una de las personas más ricas de su generación, sin haber cumplido siquiera los 23 años.

El directorio tenía solo tres miembros: Zuckerberg, Thiel y el capitalista de riesgo Jim Breyer. Los dos inversores, sopesándolo, se inclinaban por aceptar: tomar el dinero y correr. El único que no lo veía así era el fundador.

«Sería una reunión de diez minutos»

Lo que pasó en esa sala es una de las anécdotas más citadas de Silicon Valley. Cuando Zuckerberg entró, dijo: «Esto probablemente sea una reunión de diez minutos. Obviamente vamos a rechazar esto». Thiel, según su propio relato, lo miró con incredulidad y le respondió que valía la pena discutirlo, que mil millones eran mucho dinero y que había muchísimo que podría hacer con esa suma.

La respuesta de Zuckerberg fue tan simple como reveladora: dijo que no sabía qué haría con el dinero, que probablemente empezaría otra red social, pero que ya tenía una, así que por qué venderla.

La reunión que él imaginaba de diez minutos se estiró. Estuvieron yendo y viniendo cerca de ocho horas, pero al final del día la decisión fue no vender la compañía.

La convicción como estrategia

Acá está la jugada maestra, y no es simplemente «haber dicho que no». Es lo que la decisión revela sobre cómo Zuckerberg entendía el valor de lo que había construido. Para él, Facebook no era un activo para liquidar en el pico, era la herramienta con la que pensaba hacer algo mucho más grande, y ninguna cifra sobre la mesa reflejaba ese potencial futuro porque ese futuro todavía no estaba a la vista de nadie más.

Thiel sacó de ese episodio una lección que después repetiría durante años: las grandes compañías tecnológicas son, casi siempre, aquellas cuyos fundadores recibieron ofertas de compra y eligieron no vender jamás.

Un CEO profesional, contratado, habría tomado el dinero, porque para él la empresa es un trabajo. Para un fundador con visión, es otra cosa.

El tiempo le dio la razón de un modo que ni el propio Zuckerberg podía anticipar. La compañía que rechazó venderse por mil millones se transformaría, dos décadas más tarde, en una de las más valiosas del planeta, con una capitalización miles de veces superior a aquella oferta.

Pero esa misma convicción inquebrantable -la certeza de que él sabe algo que los demás no ven- tiene un reverso. La misma seguridad que lo llevó a construir un imperio es la que, años después, lo pondría en el centro de los escándalos más graves de la era digital. Y ahí la historia deja de ser inspiradora.

Cuál es el lado oscuro del imperio Zuckerberg es la entrega de mañana.

Esta saga fue elegida por la comunidad de CriptoTendencia en WhatsApp. Cada domingo, una nueva votación decide al siguiente protagonista.

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