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Espacio patrocinadoDurante los últimos meses, los golpes más costosos contra los ecosistemas cripto dejaron de originarse en vulnerabilidades de los smart contracts.
La superficie de ataque se corrió hacia un terreno más viejo y más humano: identidades falsas, engaños operativos y estafas potenciadas por inteligencia artificial.
Para Michael Coates, director de seguridad de la información de la Solana Foundation, ese desplazamiento define la próxima ola de amenazas que enfrentará la blockchain.
Coates llega al cargo con un recorrido poco habitual, porque fue CISO de Twitter y lideró la seguridad de Mozilla durante las guerras de navegadores.
Su lectura resulta incómoda para una industria acostumbrada a temerle al código: aunque los exploits acaparan titulares por las cifras que mueven, sostiene que muchos de esos robos no nacen en la cadena, sino en un fallo operativo o de Web2 que termina comprometiendo una clave.
Desde la fundación no solo asegura su propia infraestructura, también trabaja con proyectos del ecosistema para elevar sus prácticas y se reúne con reguladores para fijar estándares.
La ingeniería social entra en modo hiperescala
Lo que más preocupa a Coates no es un nuevo tipo de contrato malicioso, sino la manera en que la IA amplifica el engaño. La ingeniería social, advierte, va a empeorar mucho por la potencia de la inteligencia artificial y de los deepfakes, hasta un punto en el que deberíamos esperar llamadas telefónicas enteramente falsificadas, con la voz de personas que conocemos, sin ninguna razón técnica para que ese fraude no escale de forma masiva.
Esa capacidad cambia la economía del ataque, porque clonar una voz o fabricar una identidad convincente dejó de exigir recursos de Estado y hoy es barato, rápido y replicable.
Cuando el adversario está motivado y sabe que los fondos, una vez transferidos, son irreversibles, cada descuido humano se convierte en una puerta abierta. La irreversibilidad que define a la blockchain, tantas veces celebrada como virtud, juega en este escenario en contra de la víctima.
Nadie queda fuera de alcance
Coates parte de una premisa que suena derrotista pero es realista: no se puede evitar del todo que alguien caiga, y tarde o temprano uno será engañado porque los fraudes ya son así de buenos.
Para un sector que durante años le pidió al usuario que se convirtiera en experto en seguridad, que revisara direcciones, custodiara frases semilla y desconfiara de cada enlace, ese reconocimiento supone un giro de fondo.
La conclusión, sin embargo, no es rendirse sino rediseñar. Si la falla individual es inevitable, la seguridad no puede depender de que nadie se equivoque jamás, sino que tiene que sostenerse justamente cuando alguien se equivoca. Ese cambio de expectativa reordena la prioridad de todo el sistema.
Una seguridad que resiste el error humano
De ahí su propuesta de construir capas múltiples de controles de distinto grado, pensadas para que, cuando una persona sea engañada, el resto del entramado tome el relevo y la proteja de todos modos. La defensa deja de ser un muro único y pasa a ser una red de contenciones superpuestas, donde ninguna falla aislada alcanza para vaciar una cuenta.
El horizonte que dibuja Coates es el de una protección segura por defecto, capaz de encontrar al usuario donde está en lugar de exigirle que ascienda al nivel de un especialista. La decisión segura debería ser la opción predeterminada, y no una que cada persona tenga que buscar y activar por su cuenta.
En un ecosistema que aspira a sumar a millones de usuarios sin formación técnica, esa filosofía puede marcar la diferencia entre una adopción sostenida y una sucesión de titulares sobre fondos perdidos.
La próxima gran defensa cripto, en esa lectura, no será un contrato mejor auditado, sino un diseño que da por hecho que la IA ya aprendió a mentirnos con nuestra propia voz.
-Nyria
