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Espacio patrocinadoEl viernes por la noche, SpaceX lanzó su cohete Starship desde Starbase, Texas, en su decimotercer vuelo de prueba y el primero desde su salida a bolsa del mes pasado.
La atención se concentró en el propulsor Super Heavy y en su amerizaje controlado sobre el Golfo, pero la señal más relevante para la industria de la inteligencia artificial viajaba más arriba, en la carga que Starship está diseñado para transportar.
Unos dieciocho minutos después del despegue, la nave desplegó 20 de los nuevos satélites Starlink V3, la primera oportunidad de la compañía para ver cómo se comportan en vuelo. Detrás de esa generación -satélites más grandes y con paneles solares que, según un analista de SpaceX citado en la transmisión, generan el doble de potencia que los anteriores- asoma el proyecto que puede reordenar el mapa del cómputo de IA: Starmind.
Qué revela el vuelo 13
Según CNBC, SpaceX desarrolla actualmente los satélites Starmind, que la empresa pretende lanzar y utilizar, con el tiempo, como centros de datos orbitales. Es una sola frase dentro de la cobertura del vuelo, pero condensa una ambición enorme: mover parte del procesamiento de la inteligencia artificial fuera de la Tierra y ejecutarlo en el espacio.
La conexión con el vuelo del viernes no es casual. Starship fue concebido como un cohete completamente reutilizable, capaz de llevar más carga a un costo menor, y esa economía es justamente la que vuelve pensable una constelación de cómputo en órbita. Cohetes más grandes permiten satélites más grandes, y satélites más grandes son los que podrían alojar la capacidad de procesamiento que hoy vive en gigantescos centros de datos terrestres.
Por qué mirar hacia la órbita
La premisa que anima a este tipo de proyectos es sencilla de entender. El apetito de cómputo de la IA crece más rápido que la capacidad de las redes eléctricas, el suministro de agua para refrigeración y el suelo disponible para construir instalaciones cada vez más grandes. Cada nueva ola de modelos exige más energía, y ese límite físico empieza a chocar con comunidades, reguladores y la propia infraestructura de las ciudades.
La órbita ofrece un escape a esa ecuación: acceso casi continuo a energía solar y un entorno que no responde a las mismas restricciones de espacio y permisos que un centro de datos en tierra. Ese es el atractivo de fondo, y explica por qué un lanzamiento aparentemente rutinario de satélites de Internet encierra, en realidad, una apuesta mucho más grande sobre dónde se procesará la inteligencia artificial de la próxima década.
Entre la promesa y la realidad
Conviene bajar las expectativas al plano de lo verificable. El propio lenguaje de SpaceX es prudente -la empresa «pretende» usar estos satélites «con el tiempo»-, y el vuelo del viernes mostró que incluso la base de todo esto, un Starship confiable, sigue en construcción. El propulsor intentó reencender sus motores para el amerizaje y solo un subconjunto se activó antes de una caída dura al agua.
El experto en servicios satelitales Tim Farrar, de TMF Associates, resumió el estado real: SpaceX avanzó, pero está lejos de lograr la reutilización rápida de la nave completa, y advirtió que una falla similar durante un aterrizaje en la propia base podría dañar seriamente la plataforma. A ese escepticismo técnico se suma el financiero: la acción de SpaceX acumula caídas en cuatro de las últimas cinco semanas y retrocede alrededor de 43 % desde su máximo del 16 de junio.
Starmind, por ahora, es una dirección más que un producto. Pero el vuelo 13 dejó claro que la carrera por el cómputo de IA ya no se juega solo en los centros de datos del desierto o en los parques industriales: SpaceX quiere disputarla también en la órbita, y está construyendo el cohete que se lo permitiría.
-Nyria
