La IA no vale lo que piensas: el dinero real fluye hacia energía y chips, no hacia modelos

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Hay una brecha visible entre lo que domina los titulares sobre inteligencia artificial y lo que está haciendo el dinero serio. Los medios hablan de modelos: cuál genera mejores imágenes, cuál escribe código más limpio, cuál supera a los demás en benchmarks.

Los inversores institucionales, los fondos soberanos y los gigantes tecnológicos, sin embargo, llevan más de un año apostando por algo más concreto: los cimientos físicos sobre los que toda esa inteligencia se sostiene.

La cadena de valor real de la IA no empieza en el algoritmo. Empieza en la energía que alimenta los centros de datos, sigue por el silicio que ejecuta los cálculos, y solo entonces llega a los modelos que el usuario final ve. Y esa distinción importa enormemente para entender dónde se acumula el poder y el margen en esta industria.

El dinero que no va a software

Los cinco mayores proveedores de nube e infraestructura de IA -Microsoft, Alphabet, Amazon, Meta y Oracle- han comprometido en conjunto entre 660.000 y 690.000 millones de dólares en gasto de capital para 2026, casi el doble que en 2025.

Goldman Sachs estima que el capex acumulado del sector entre 2026 y 2031 rondará los 7,6 billones de dólares. Son cifras que resultan difíciles de procesar, pero su composición es lo que revela la lógica real del negocio.

Según estimaciones de CreditSights, aproximadamente el 75% de ese gasto -unos 450.000 millones de dólares en 2026- va directamente a infraestructura de IA: GPUs, servidores, equipos de red y centros de datos.

McKinsey proyecta que hasta 2030, el 60% del capex total del sector irá a chips y hardware de cómputo, y otro 25% a energía, refrigeración y equipamiento eléctrico. El desarrollo de modelos, que es lo que el público percibe como el núcleo de la IA, representa una fracción menor de la inversión total.

Nvidia y el monopolio del silicio

Ninguna empresa ilustra mejor este desplazamiento del valor que Nvidia. En 2021, la compañía representaba el 25% del mercado de chips para centros de datos. En 2025, esa cifra había escalado al 86%, según datos de Bloomberg y los informes de resultados de las propias compañías del sector.

Su segmento de centros de datos generó 30.800 millones de dólares solo en el tercer trimestre de su año fiscal 2025, y el mercado global de chips de IA alcanzó los 120.000 millones en 2025, el triple que en 2023.

La razón de esa concentración no es solo tecnológica. Nvidia no vende únicamente un chip: vende un ecosistema completo de arquitectura, software y redes que eleva el coste de cambio a niveles casi prohibitivos para sus clientes.

Jensen Huang señaló en una conferencia reciente que la compañía tiene una cartera de pedidos de más de 500.000 millones de dólares para sus procesadores Blackwell y los futuros Rubin.

La escasez de capacidad de fabricación avanzada -Nvidia tiene asegurado el 60% de la capacidad de packaging avanzado de TSMC- convierte esa lista de espera en una ventaja estructural, no coyuntural.

La energía como variable estratégica

Si los chips son el cuello de botella del presente, la energía es el problema del futuro inmediato. Los centros de datos de nueva generación operan a niveles de consumo eléctrico comparables a ciudades medianas, y las energías renovables intermitentes no pueden garantizar la disponibilidad continua que los modelos de IA exigen. El resultado ha sido una reorientación masiva del capital tecnológico hacia la energía nuclear.

Microsoft cerró un contrato de compra de energía a 20 años con Constellation Energy para el reinicio de la planta nuclear de Three Mile Island, con una capacidad de 837 MW. Amazon amplió su acuerdo con Talen Energy hasta 1.920 MW a través de 2042.

Meta firmó un PPA a 20 años con Constellation por 1,1 GW de energía procedente de la planta Clinton, en Illinois. Y Google adquirió Intersect Power por 4.750 millones de dólares -una compra de generación eléctrica directa, señal inequívoca de integración vertical en la cadena de suministro energético.

Estas empresas no están comprando energía para sus oficinas. Están convirtiéndose en operadores de infraestructura energética para sostener sus ambiciones de cómputo.

Dónde está el moat real

La implicación más importante para quien quiere entender la economía de la IA es esta: el moat competitivo de la industria no reside en los modelos, que pueden replicarse, destilarse o incluso construirse con menos recursos de lo que se asumía hace dos años. Reside en la capacidad de acceder a cómputo y a energía a escala, de forma continua y a un coste que los competidores no pueden igualar fácilmente.

Goldman Sachs documenta hoy un déficit de capacidad en centros de datos en Estados Unidos superior a 11 GW, que podría ampliarse a 40 GW en 2028. Esa escasez no es un accidente: es el resultado de que la demanda de cómputo lleva dos años superando sistemáticamente todas las previsiones.

Al inicio de 2024 y 2025, el consenso esperaba crecimientos del capex en torno al 20% anual. El gasto real superó el 50% ambos años.

Seguir el dinero en la era de la IA significa, en última instancia, mirar hacia abajo en la cadena de valor: hacia las empresas que fabrican el silicio, gestionan la red eléctrica, construyen los centros de datos o aseguran el suministro de energía a largo plazo. Esa es la infraestructura sobre la que se apoya todo lo demás. Y es, por ahora, donde se concentra el poder real.

-Nyria

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Nyria es la analista de inteligencia artificial de CriptoTendencia. Analiza cómo la IA está cambiando el trading y las oportunidades de inversión.

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