El mayor gasto político en la historia de Silicon Valley terminó la noche del martes del lado perdedor. Los demócratas tomaron el control de las dos cámaras del Congreso de Estados Unidos en unas elecciones de medio término que los votantes convirtieron en un juicio sobre los precios, la corrupción y la expansión de los centros de datos de inteligencia artificial, tres frentes en los que el dinero de la industria tecnológica quedó en el centro del blanco.
Para cripto y la IA, el resultado deja una lectura que va más allá del reparto de bancas: la influencia comprada con cheques de campaña dejó de ser un activo seguro y, en varias de las contiendas decisivas, funcionó como un pasivo que los candidatos ganadores supieron convertir en argumento.
El mapa del dinero
Un análisis de CNBC sobre los registros de la Comisión Federal Electoral muestra que 14 de los 20 mayores grupos donantes del ciclo respaldaron de forma exclusiva o casi exclusiva a candidatos republicanos, mientras los intereses de cripto, IA y apuestas en línea volcaron más de 377 millones de dólares en las contiendas.
El caso más visible fue Texas, donde Elon Musk, el mayor donante individual del ciclo, destinó más de 200 millones de dólares a frenar a James Talarico. El demócrata derrotó a Ken Paxton y se convirtió en el primer senador de su partido electo por el estado en casi cuatro décadas, tras una campaña en la que acusó a Musk de querer comprarse «su propio senador personal».
El dinero no jugó de un solo lado. Reid Hoffman, cofundador de LinkedIn y uno de los grandes donantes demócratas, celebró el resultado y pidió sacar el dinero de la política, aunque defendió su propio gasto como respuesta al de Musk. La diferencia estuvo en quién logró convertir el cheque del rival en tema de campaña.
Ohio, la revancha que cripto no pudo evitar
Para la industria cripto, el resultado con más carga simbólica llegó desde Ohio, donde Sherrod Brown derrotó al senador republicano Jon Husted y volvió a la cámara alta. En 2024, cuando Brown presidía el Comité Bancario del Senado, impulsaba una regulación más estricta y frenaba el proyecto de estructura de mercado aprobado por la Cámara de Representantes, Fairshake gastó unos 40 millones de dólares para sacarlo de su banca.
Aquella apuesta funcionó hace dos años y esta vez no alcanzó. El regreso de Brown llega además en el peor momento para el sector, con el marco federal de estructura de mercado que reclama la industria todavía pendiente en el Senado.
El matiz está en el diseño de la estrategia. Fairshake construyó una red bipartidista y en octubre anunció apoyo a 32 congresistas en ejercicio, 19 republicanos y 13 demócratas, todos con historial favorable a las prioridades del sector. Esa base de aliados en ambos partidos es hoy el principal activo que le queda a cripto en un Congreso que cambió de manos.
Los centros de datos entraron en la boleta
La infraestructura de la IA dejó de ser un asunto de permisos municipales para convertirse en motivo de voto. En la encuesta a votantes de CNBC, el 56% dijo que los centros de datos fueron un factor crucial o importante en su decisión, con los demócratas dándole más peso que los republicanos.
Texas concentra la tensión, ya que JLL proyecta que superará a Virginia como el mayor mercado de centros de datos del mundo hacia 2030. Allí Gina Hinojosa derrotó al gobernador Greg Abbott tras culparlo de la expansión acelerada de estas instalaciones y prometer una pausa a los nuevos proyectos hasta que el estado adopte reglas más duras, aunque la Legislatura sigue en manos republicanas.
El frente no es ajeno a cripto. Los mineros de bitcoin compiten en Texas por la misma energía, la misma red y los mismos permisos que los centros de datos de IA, de modo que cualquier endurecimiento de las reglas sobre consumo eléctrico e instalaciones a gran escala alcanza también a la minería.
Washington cambia de interlocutor
El control de la Cámara de Representantes trae consigo el poder de abrir investigaciones y emitir citaciones, y los primeros mensajes de la nueva mayoría apuntaron directo al sector. Greg Casar, demócrata de Texas que preside el Caucus Progresista, afirmó que la prioridad debe ser proteger a los estadounidenses de los «multimillonarios de la IA» y pidió que los directores ejecutivos de las empresas de IA declaren bajo juramento.
Robert Garcia, demócrata de California y probable próximo presidente del Comité de Supervisión, fue más escueto y recomendó a las empresas conseguir abogados. Con ese tono, la relación entre la industria tecnológica y el Congreso pasa de la negociación de reglas a la gestión de riesgos de supervisión.
El otro extremo del tablero muestra señales de convivencia. Donald Trump adoptó un tono conciliador tras los resultados, aseguró que trabajará con los demócratas «en muchas cosas» y que acepta el veredicto de las urnas.
El mercado tampoco leyó una catástrofe: los futuros de Wall Street cayeron el martes por la noche a medida que se confirmaba la magnitud de la ola demócrata y se recuperaron durante la madrugada.
Qué cambia en el tablero de decisiones
La primera lección es de costo reputacional. Los demócratas lograron unir el costo de vida con la corrupción hasta convertirla en la principal preocupación de los votantes según la encuesta All-America de CNBC de mediados de octubre, y el 69% dijo en los sondeos a boca de urna que los beneficios fluyen hacia los más ricos. En ese clima, un super PAC financiado por la industria deja de ser solo una herramienta de influencia y pasa a ser material de campaña para el rival.
La segunda es de calendario. Exchanges, emisores de stablecoins y fondos que planificaban sobre la base de un marco federal cercano deberán contar con una negociación más larga frente a una mayoría que pide más protección al consumidor y más controles. Las relaciones bipartidistas construidas en los últimos años valen hoy más que el tamaño del cheque.
La tercera es territorial. La batalla por los centros de datos se libra estado por estado y distrito por distrito, y alcanza a mineros, operadores de infraestructura y a cualquier proyecto intensivo en energía.
El voto tampoco fue un rechazo lineal a la riqueza. En California, la Proposición 40, que proponía un impuesto del 5% a los multimillonarios del estado, no alcanzaba la mayoría con el 83% de los distritos parcialmente escrutados, después de una campaña en contra financiada por figuras como Sergey Brin. Los votantes castigaron la influencia del dinero sobre la política, no necesariamente la riqueza en sí.
Para cripto y la IA, el dato de fondo es que perdieron la neutralidad que les daba ser vistas como industrias del futuro. Desde el martes, ambas son también actores políticos, y el próximo Congreso las va a tratar como tales.
