Francia vivió este sábado una de sus jornadas de protesta más violentas en años, con choques entre policías y manifestantes en ciudades de todo el país por el aumento del costo de vida y el deterioro de los servicios públicos.
El Ministerio del Interior calculó 550.000 personas en las calles, cuando sus servicios esperaban como mucho 150.000, y los organizadores elevaron la cifra a 800.000.
El ministro Laurent Núñez dio un balance provisional de unas 400 detenciones por actos de violencia. La convocatoria, contra el costo de vida y el precio del combustible, reunió a estudiantes de liceo y universitarios, docentes, padres, sindicatos, trabajadores, agricultores y jubilados.
Del liceo a la rotonda
La chispa saltó el mes pasado en los liceos de los suburbios pobres del norte de París, donde la falta de docentes y las instalaciones deterioradas encendieron un movimiento que pronto se extendió a la desigualdad, el gasto público y el nivel de vida. El 6 de octubre, Interior ya contaba 256.000 manifestantes en todo el país, frente a los 450.000 que reivindicaban las organizaciones estudiantiles.
Ese recorrido lo acerca al de los chalecos amarillos, que en 2018 surgieron contra los impuestos al diésel y terminaron canalizando un malestar mucho más amplio por el costo de vida y la desigualdad. Varios de sus antiguos referentes se sumaron a la jornada, que los sindicatos no convocaron aunque la CGT le dio su respaldo.
Desde temprano hubo bloqueos en rutas y rotondas, el escenario emblemático de aquel movimiento, en Rennes, Marsella y Lyon.
Un mapa de la violencia
Interior registró incidentes protagonizados por encapuchados en París, Marsella, Rennes, Toulouse y Angers, con saqueos de comercios y tiendas, enfrentamientos con la policía, mobiliario urbano incendiado y ataques contra sedes del poder y medios de comunicación.
En Marsella un grupo derribó una puerta del ayuntamiento y entró brevemente al edificio, en Lyon ardió una oficina de turismo y en Limoges el ayuntamiento sufrió un fuerte incendio.
En París, la policía lanzó gases lacrimógenos en la plaza de la República horas antes de la marcha, mientras un centenar de encapuchados intentaba bloquear las sedes de CNews y Europe 1, ambos medios de Vincent Bolloré. El despliegue sumó 10.000 policías y gendarmes, la mitad en la capital.
Núñez atribuyó los disturbios a varios miles de alborotadores, entre ellos grupos de ultraizquierda y delincuentes oportunistas. La actuación policial tampoco escapa al escrutinio, ya que el organismo de control investiga al menos dos docenas de denuncias de violencia policial y un adolescente perdió una mano al recoger una granada aturdidora, un arma suspendida durante las protestas estudiantiles que Núñez volvió a autorizar para este sábado.
Del otro lado, el primer ministro Sébastien Lecornu cifra en más de 900 los agentes heridos en jornadas anteriores.
El cheque de 2018 ya no existe
Los chalecos amarillos se apagaron cuando Macron anunció miles de millones de euros en recortes de impuestos. Repetir esa fórmula exige un margen fiscal del que Francia carece, porque sus esfuerzos por reducir la deuda pública no han convencido a los inversores y el costo de financiamiento del Estado está en máximos de más de dos décadas.
A comienzos de octubre, la OAT a 10 años superó brevemente el 5%, su nivel más alto desde julio de 2002, y el diferencial frente al Bund alemán rebasó los 150 puntos básicos, algo que no ocurría desde fines de 2011.
En ese escenario, cada concesión a la calle se paga dos veces, en el presupuesto y en la prima de riesgo que exigen los acreedores. El gobierno queda atrapado entre una protesta que reclama más Estado y un mercado que castiga cada euro adicional de gasto.
Seis meses para las presidenciales
Macron, que el viernes había pedido calma, encara el tramo final de su presidencia con un mapa político fragmentado y una economía bajo presión creciente. Tras la jornada advirtió que los autores de la violencia «serán perseguidos y castigados».
La calle ya se volvió terreno de campaña. Marine Le Pen, favorita para la segunda vuelta según las encuestas, culpó a la extrema izquierda de enturbiar las reivindicaciones, mientras La Francia Insumisa de Jean-Luc Mélenchon, que volverá a ser candidato, mostró su simpatía por la convocatoria.
La segunda economía de la eurozona enfrenta al mismo tiempo una calle que no se calma y un mercado que ya no le concede el beneficio de la duda. Esa doble presión se filtra en la prima de riesgo europea y en el euro, y convierte a Francia en una variable para todos los activos que dependen del apetito global por riesgo, cripto incluido. Cuando un Estado ya no puede comprar la paz social, el precio del desorden lo fijan sus acreedores.
