La saga siguió a Steve Jobs desde el garaje hasta la cima del mundo empresarial y a través de sus luces y sombras. Queda el final, y es el más humano de todos, porque muestra a la figura que había doblegado rivales, mercados y a la propia muerte de su empresa, enfrentada al único adversario que no pudo vencer con terquedad ni con genio: su propia salud.
La forma en que Jobs encaró su enfermedad reveló, una última vez, lo mejor y lo peor de su carácter, esa certeza de que las reglas que valían para todos no valían para él. Esta vez, esa certeza le salió carísima.
El diagnóstico y la decisión fatal
En octubre de 2003, durante un estudio de rutina, los médicos le detectaron a Jobs un tumor en el páncreas. La noticia, siendo gravísima, traía una esperanza poco común: se trataba de un tumor neuroendocrino, una forma rara y de crecimiento lento de cáncer de páncreas, mucho más tratable que la variante habitual, y con buenas probabilidades de curación si se operaba a tiempo.
Sus médicos le insistieron en operar cuanto antes. Jobs se negó.
Durante unos nueve meses, en lugar de la cirugía que le recomendaban, recurrió a tratamientos alternativos, dietas, acupuntura, remedios herbales y consultas que había encontrado por su cuenta, convencido de poder resolverlo a su manera. La misma confianza absoluta en su propio criterio que lo había llevado a desafiar a toda una industria la aplicó, esta vez, contra el consejo unánime de la medicina.
Cuando finalmente aceptó operarse, a mediados de 2004, el tumor había empezado a diseminarse. Según su biógrafo, Jobs lamentaría durante sus últimos años aquella demora inicial.
Conviene la precisión, porque el rigor importa incluso aquí: ningún médico puede afirmar con certeza que la cirugía inmediata lo habría salvado, y reducir su muerte a «la medicina alternativa lo mató» sería simplista. Pero el consenso es que ese retraso de meses, en una enfermedad donde el tiempo lo es todo, jugó en su contra.
Los últimos años
Lo que siguió fue una batalla larga y cada vez más difícil. El cáncer terminó afectando el hígado, y en 2009 Jobs se sometió a un trasplante. A lo largo de esos años tomó varias licencias médicas mientras seguía al frente de Apple, presentando productos ante el mundo con un aspecto visiblemente deteriorado que alimentaba las especulaciones sobre su salud, celosamente guardada por la empresa.
El final de su etapa en Apple llegó en 2011. En enero tomó una nueva licencia médica, y en agosto renunció formalmente como director ejecutivo, en una carta breve donde reconocía que ya no podía cumplir con las exigencias del cargo. El hombre que era inseparable de Apple soltaba, por fin, el timón. Steve Jobs murió el 5 de octubre de 2011, en su casa de Palo Alto, rodeado de su familia, a los cincuenta y seis años.
El legado
Y aquí la historia da su giro final, el que corona toda la saga. La empresa que Jobs dejó no solo le sobrevivió, sino que alcanzó alturas que ni él llegó a ver.
Años después de su muerte, Apple se convirtió en la primera compañía de la historia en superar el billón de dólares de valor, y más tarde los tres billones, consolidándose como una de las empresas más valiosas que hayan existido. El diseño obsesivo que Jobs imponía -tratar el hardware, el software y hasta el empaque como una sola obra cuidada al detalle- quedó grabado en el ADN de la compañía.
Ese es el desenlace que Jobs construyó y no alcanzó a ver, y encierra la última lección de su historia. Dedicó su vida a crear algo que trascendiera, y lo logró a un nivel que pocos han igualado: cambió la forma en que el mundo escucha música, usa el teléfono y se relaciona con la tecnología.
Pero esa misma intensidad que le permitió doblegar mercados enteros fue incapaz de doblegar la realidad de su cuerpo, y la terquedad que fue su mayor fortaleza se volvió, al final, su mayor debilidad.
De un chico adoptado que ensamblaba computadoras en un garaje a la figura que redefinió la tecnología del siglo, la vida de Steve Jobs es la de alguien que entendió, como pocos, que el verdadero valor no está solo en crear algo, sino en crear algo que perdure más allá de uno mismo.
Apple le sobrevivió, su influencia también, y esa permanencia es, quizás, la fortuna más difícil de construir de todas las que persiguió.
Este domingo, la comunidad de CriptoTendencia de WhatsApp elige al próximo protagonista.
