El Personaje de la Semana: Juana de Arco, la heroína que un rey dejó que vendieran

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Las entregas anteriores mostraron a Juana en la cima: la campesina que rompió Orleans y coronó a un rey. Hoy toca la caída, y es una de las más injustas que registra la historia. La misma joven que salvó a Francia fue capturada, vendida al enemigo por una fortuna en monedas de oro, y abandonada a su suerte por el mismo rey que ella había puesto en el trono.

Aquí, por fin, el dinero entra de lleno en esta historia, y lo hace del modo más crudo posible: a Juana de Arco le pusieron un precio, y quienes debían protegerla eligieron no pagarlo.

La caída en Compiègne

Tras la gloria de Reims, la estrella militar de Juana empezó a apagarse. La cautela política de la corte frenó su impulso, un ataque sobre París fracasó, y para la primavera de 1430 la racha de victorias se había convertido en una serie de reveses. Fue en ese contexto cuando, el 23 de mayo de 1430, acudió a defender la ciudad de Compiègne, sitiada por los borgoñones, los franceses aliados de los ingleses.

Durante una salida contra el campamento enemigo, Juana quedó aislada del grueso de sus fuerzas. Y aquí las crónicas registran un detalle escalofriante: mientras ella y su retaguardia intentaban replegarse hacia la ciudad, el puente levadizo de Compiègne se alzó dejándola afuera, atrapada frente al enemigo.

Fuera por el caos de la batalla o por algo más deliberado, la heroína de Francia cayó prisionera de los borgoñones.

Vendida por diez mil libras

Y entonces la historia se vuelve una transacción comercial. Los borgoñones entendieron perfectamente el valor de su prisionera, y los ingleses estaban dispuestos a pagar por ella. Tras varios meses de cautiverio, en el que Juana llegó a intentar escapar, sus captores la entregaron a los ingleses a cambio de 10.000 libras, una suma enorme para la época.

Los ingleses no la compraron para hacerla prisionera de guerra sin más. La querían muerta, pero necesitaban una fachada de legitimidad. Juana se había convertido en el símbolo viviente de la legitimidad de Carlos VII, y destruirla a ella era una forma de destruir la validez de su coronación.

Un rey coronado gracias a una bruja o una hereje no sería un rey legítimo, sino un impostor ayudado por el diablo. La ejecución tenía que parecer un juicio, y el juicio tenía que ser religioso.

Aquí está el dato que revela la miseria política de todo el asunto, y que conviene decir sin rodeos. Carlos VII, el hombre que le debía su corona, no movió un dedo por ella. No pagó rescate, no negoció su liberación, no intervino.

La heroína que lo había convertido en rey fue dejada a su suerte, quizás porque una figura tan popular e independiente ya le resultaba más incómoda que útil ahora que había cumplido su función. La abandonó al mejor postor.

Un juicio con el veredicto escrito de antemano

El proceso que siguió fue una farsa jurídica diseñada para condenar. Juana fue llevada a Rouen, capital del poder inglés en Francia, y juzgada por un tribunal eclesiástico encabezado por Pierre Cauchon, un obispo francés al servicio de la corona inglesa que llevaba años colaborando con el gobierno de ocupación.

Nada en ese tribunal era imparcial. Los documentos del propio gobierno inglés muestran cómo se seleccionó a los jueces entre clérigos que ya los habían apoyado antes, y cómo se financiaron los pagos para sostener el proceso.

Era un juicio pagado por una de las partes, con jueces elegidos por su lealtad a esa parte, contra una prisionera de guerra del bando contrario. El veredicto estaba decidido antes de empezar.

Frente a ese tribunal hostil, una campesina analfabeta de diecinueve años se defendió durante meses con una lucidez que asombró incluso a sus acusadores, sorteando las trampas teológicas que le tendían para hacerla caer en herejía. Pero ninguna inteligencia podía torcer un proceso cuyo final ya estaba escrito. La acusaron de herejía y de vestir ropas de hombre, y la sentencia sería la muerte.

Cómo terminó la vida de Juana de Arco en la hoguera, y cómo la historia terminó dándole una justicia que sus contemporáneos le negaron, es la entrega de mañana.

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