El Personaje de la Semana: Juana de Arco y los meses que cambiaron una guerra de un siglo

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La entrega de ayer dejó a Juana consiguiendo por fin una escolta para llegar hasta el delfín Carlos. Hoy toca la parte que la convirtió en leyenda: en apenas unos meses, esta campesina sin instrucción ni experiencia militar quebró un asedio que parecía imposible de romper y sentó a un rey en el trono.

Fue una de las remontadas más asombrosas de la historia militar, y también, mirada de cerca, una de las jugadas políticas más astutas.

Porque el logro de Juana no fue solo militar. Entendió, mejor que los estrategas veteranos que la rodeaban, que Francia no necesitaba solo ganar una batalla, sino recuperar la fe en sí misma y darle a su rey una legitimidad que nadie pudiera discutir.

El examen antes de la batalla

Antes de darle un ejército a una desconocida, el poder quiso asegurarse. Cuando Juana llegó ante el delfín Carlos en Chinon, a comienzos de 1429, la corte era comprensiblemente escéptica: una aldeana que decía oír santos y prometía revertir la guerra sonaba más a delirio que a esperanza. Antes de confiarle nada, Carlos la sometió a un examen riguroso.

Durante varias semanas, teólogos de la Iglesia la interrogaron en Poitiers sobre sus visiones, su fe y su ortodoxia, buscando cualquier señal de herejía o de fraude.

La conclusión de aquellos hombres fue tan pragmática como reveladora del momento que vivía Francia: no encontraron nada herético en ella y, dada la situación desesperada del reino, aconsejaron al delfín que aprovechara a esta joven extraña y carismática. No la declararon enviada de Dios, pero sí una carta que valía la pena jugar.

Con ese aval, Carlos le entregó una armadura, un estandarte y un pequeño contingente de tropas, y la envió hacia Orleans, la ciudad cuya caída habría abierto a los ingleses el camino al sur y, con él, la guerra entera.

Nueve días que rompieron un asedio

Orleans resistía sitiada desde octubre de 1428, y su situación era crítica. Juana llegó a la ciudad a finales de abril de 1429, y el efecto de su presencia fue inmediato y, para los estándares de la época, casi inexplicable. Una población y una guarnición desmoralizadas por meses de asedio recuperaron de golpe el ánimo al ver a esa joven de diecisiete años, con su armadura y su estandarte, convencida de que la victoria estaba garantizada.

Lo que siguió fue vertiginoso. Juana empujó a los capitanes franceses, reacios y cautelosos, a pasar a la ofensiva en lugar de esperar, y lideró la carga en una serie de asaltos a las fortalezas inglesas que rodeaban la ciudad.

En uno de esos combates fue alcanzada por una flecha, pero tras curarse la herida regresó al campo, un gesto que multiplicó el fervor de las tropas. El 8 de mayo de 1429, apenas nueve días después de su llegada, los ingleses levantaron el asedio y se retiraron.

La victoria fue un terremoto. No solo salvó una ciudad estratégica, sino que hizo añicos el mito de la invencibilidad inglesa que pesaba sobre Francia desde el desastre de Agincourt, catorce años antes.

Aquí conviene el matiz que las fuentes más rigurosas señalan: la victoria de Orleans no fue puramente milagrosa, sino que también aprovechó el agotamiento y la tensión financiera de un ejército inglés sobreextendido. Pero eso no le quita mérito a Juana, sino que se lo agrega: supo ver y aprovechar una oportunidad que los comandantes profesionales no se atrevían a tomar.

La jugada maestra: coronar a un rey

Y aquí está lo que distingue a Juana de una simple heroína de guerra, la visión política que la vuelve un caso de estudio. Desde su primer encuentro con Carlos, su objetivo nunca había sido solo militar. Ella lo tenía clarísimo: quería verlo coronado en Reims, la ciudad donde tradicionalmente se ungía a los reyes de Francia, porque entendía algo que iba más allá de las batallas.

Un rey debidamente coronado y ungido con el óleo sagrado de Reims tendría una legitimidad que un simple pretendiente jamás podría reclamar. En una época en que el poder se sostenía sobre símbolos y sobre la fe, la coronación no era una ceremonia decorativa, era el acto que convertía a un aspirante dudoso en el soberano indiscutible ante los ojos de todo el reino.

Aprovechando el impulso de Orleans y una nueva victoria decisiva en Patay, Juana convenció a Carlos de emprender una marcha audaz hacia Reims, en pleno territorio hostil.

Las ciudades del camino fueron abriéndole las puertas ante el avance, y el 17 de julio de 1429, con Juana a su lado, el delfín fue consagrado como el rey Carlos VII de Francia. En menos de tres meses, una campesina había revertido el curso de la guerra y fabricado un rey legítimo donde antes solo había un heredero derrotado.

Fue la cima absoluta de su meteórica trayectoria, y también, sin que ella lo supiera, el principio del fin. Porque una vez que Juana cumplió aquello que la hacía indispensable, empezó a volverse peligrosamente prescindible para los poderosos que la rodeaban. Cómo la heroína de Francia terminó traicionada, vendida y juzgada es la entrega de mañana.

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