¿Cansado de que un tuit te mueva el mercado? Los índices sintéticos de Deriv no reaccionan a noticias → Operá índices sintéticos en Deriv.
Espacio patrocinadoScott Bessent llegó a la reunión de líderes financieros del G20 con un mensaje que buena parte de la prensa resumirá como «presión contra China». La noticia, sin embargo, no está en la presión -que era esperable- sino en el método que el secretario del Tesoro estadounidense elige y, sobre todo, en el que descarta.
Bessent quiere que el G20 reexamine sus términos de intercambio con Pekín para reducir los desequilibrios globales, y sostiene que el actual torrente de exportaciones chinas es insostenible aun cuando la posición comercial directa de Estados Unidos con China esté «mejorando rápidamente».
Según declaró a Reuters, «el mundo no puede tener una China con un superávit comercial de 1,2 billones de dólares», una economía que describe como débil y empeñada en exportar su camino fuera del estancamiento en lugar de reequilibrarse hacia el consumo interno.
El atajo que rechaza
La parte reveladora llega cuando Bessent aborda la solución que muchos economistas y líderes europeos venían proponiendo: coordinar una apreciación del yuan, un eco del Plaza Accord de 1985 que revaluó las divisas frente al dólar. Y ahí el secretario del Tesoro es tajante.
Un nuevo Plaza sería, en su lectura, «una forma fácil de esquivar el problema comercial real». Y ese problema, para Bessent, no es el nivel del yuan sino algo más de fondo: los subsidios industriales con que China abarata sus exportaciones y una demanda doméstica crónicamente débil.
Por eso cuestiona la eficacia de forzar una moneda más fuerte, aunque el propio Fondo Monetario Internacional la estime infravalorada hasta en un 21%: revaluar el yuan corregiría el síntoma sin tocar la causa.
El matiz importa más de lo que parece, porque cierra -al menos desde Washington- la puerta a la vía cambiaria como mecanismo de ajuste. Si el desequilibrio no se corrige con una moneda pactada, tendrá que corregirse por fricción comercial.
La vía que elige
Esa fricción ya está en marcha, aunque reconstruyéndose sobre terreno legal inestable. La Corte Suprema tumbó los aranceles amplios que la administración Trump había impuesto bajo una ley de emergencia, incluido el 20% sobre importaciones chinas, lo que obliga al Tesoro a rearmar su política arancelaria pieza por pieza.
En julio Washington impuso un arancel del 12,5% a productos chinos bajo una investigación por trabajo forzado, y se apresta a sumar más gravámenes ligados a una pesquisa separada sobre exceso de capacidad industrial. La muralla, mientras tanto, ya deja marca: el déficit comercial de EE.UU. con China cayó un tercio interanual en el primer semestre de 2026, hasta 73.900 millones de dólares, según datos del Census Bureau.
El problema que el propio Bessent admite es que esa muralla no elimina las exportaciones chinas, las desvía. La avalancha que Estados Unidos frenó se redirigió hacia Europa y Latinoamérica, y de ahí que ahora empuje al resto del G20 a «examinar sus términos de intercambio» con Pekín.
La estrategia no es un muro estadounidense, sino un cerco de bloque que le encarezca a China cada mercado alternativo.
El yuan sigue barato
El dato del FMI -un renminbi hasta un 21% por debajo de su valor- refuerza el mismo hilo que veníamos siguiendo en esta sección: el de una moneda deliberadamente contenida. Goldman Sachs la cifraba en al menos un 20% de infravaloración, y el Banco Popular de China ha venido fijando cada día un punto medio más débil que el mercado para frenar la apreciación y proteger a sus exportadores.
La tensión de fondo es que dejar subir al yuan aliviaría los desequilibrios que Bessent denuncia, pero le quitaría a China la palanca exportadora justo cuando su demanda interna no compensa. Pekín prefiere el yuan barato; Washington, ahora, prefiere el arancel al acuerdo cambiario. Ninguna de las dos capitales quiere ser la que ceda vía tipo de cambio.
Lo que queda para después
Para el lector que sigue el debate del debasement, la señal es más de calendario que de rumbo. La vía del ajuste monetario coordinado -un dólar más débil pactado entre grandes potencias- era la que alimentaba buena parte de la tesis de erosión de las monedas fiat. Que Bessent la descarte no cierra ese debate: lo pospone.
Un ajuste por aranceles reordena los flujos comerciales sin imprimir dólares ni revaluar monedas de forma explícita, lo que retrasa el momento en que la presión de los desequilibrios se traslade al terreno cambiario.
La cumbre entre Trump y Xi prevista para finales de septiembre, donde ambos lados sondean recortar aranceles sobre unos 30.000 millones de dólares en bienes no estratégicos y acordar salvaguardas para que los modelos de IA más potentes no lleguen a actores no estatales, marcará si esta tregua arancelaria compra tiempo o solo lo aparenta.
Mientras tanto, el reequilibrio sigue pendiente, y la pregunta del debasement no desaparece del tablero. Simplemente espera su turno.
-Mr. Market
