¿Nos estamos convirtiendo en seres sintéticos sin darnos cuenta?

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Durante décadas, la ciencia ficción nos entregó una imagen muy concreta del «humano sintético»: alguien con chips en el cerebro, prótesis inteligentes, ojos electrónicos, algún tipo de fusión física con la máquina. La imagen es tan nítida que rara vez la cuestionamos, y sospecho que ese fue su mayor efecto, hacernos esperar la transformación por el lado equivocado.

Tal vez el primer humano sintético no necesite modificar una sola célula de su cuerpo. Tal vez ya empezó a existir, sin cirugía ni implantes, el día en que comenzamos a externalizar hacia la inteligencia artificial partes cada vez más íntimas de nuestra actividad mental.

Hoy una persona puede pedirle a una IA que escriba un correo, resuma un contrato, investigue un tema, programe, corrija una foto, prepare una reunión, decida qué comprar o encuentre las palabras exactas para hablar con alguien que le importa. Cada una de esas tareas parece menor, pero sumadas empiezan a dibujar otra cosa.

Primero el músculo, ahora el pensamiento

La tecnología siempre nos amplió, de modo que la novedad no está en delegar. Las máquinas absorbieron el esfuerzo físico, la calculadora se quedó con buena parte del cálculo, Google convirtió la memoria en algo que vive fuera de nosotros, el GPS nos quitó el trabajo de orientarnos y el teléfono concentró un puñado de extensiones de nuestra vida que ya no sabríamos soltar. Durante toda esa historia tercerizamos, sobre todo, lo que hacíamos.

La inteligencia artificial abre un capítulo distinto porque empieza a intervenir en aquello que solíamos considerar el núcleo de la identidad: el lenguaje, el razonamiento, la creatividad, el criterio, la decisión. Primero tercerizamos el esfuerzo físico; ahora estamos tercerizando el esfuerzo de pensar.

La fusión, al revés

Durante años imaginamos la fusión entre humano y máquina como una interfaz que entra en el cerebro, y puede que la integración esté ocurriendo exactamente al revés.

No hace falta meter una computadora dentro de la cabeza si vamos sacando, pieza por pieza, parte de la cabeza hacia una computadora. Cuando una porción de mi manera de escribir, razonar y elegir vive en un sistema que consulto cien veces al día, la vieja línea entre la herramienta y quien la usa se vuelve difícil de trazar.

Mejores, y quizá más parecidos

Hay una segunda incomodidad, más silenciosa. Millones de personas estamos usando los mismos sistemas para redactar, diseñar, investigar y responder, y se habla mucho de cómo la IA se adapta a cada uno de nosotros y bastante menos de la dirección contraria.

Correos impecablemente estructurados, presentaciones sin una arruga, fotos corregidas, respuestas diplomáticas, currículums optimizados, textos ordenados hasta el último matiz. Todo puede ser, en efecto, mejor, y tal vez, al mismo tiempo, un poco más parecido entre sí. No afirmo que esté pasando, pero la pregunta me persigue: si la inteligencia artificial nos vuelve mejores individualmente, ¿nos estará volviendo también, sin proponérselo, más iguales en conjunto?

Una extensión que empieza a actuar

El asunto se vuelve más concreto a medida que estos sistemas nos conocen. Una IA puede ir aprendiendo mi forma de escribir, mis preferencias, mis proyectos, mis conversaciones anteriores, mi manera de trabajar; y con la llegada de agentes capaces de ejecutar acciones, esa extensión deja de limitarse a sugerir y empieza a hacer, porque responde, investiga, compra, organiza, negocia y resuelve ciertos asuntos según instrucciones que dejé fijadas de antemano.

Ahí aparece una frontera que me interesa de verdad, ya que algo que actúa en mi nombre, con mi criterio delegado, se resiste a seguir siendo del todo una herramienta. Quizá nuestra identidad futura no sea ni puramente biológica ni puramente digital, sino una mezcla que todavía no sabemos nombrar.

La vieja pregunta, dada vuelta

Durante años, la gran pregunta sobre esta tecnología fue si una máquina podría alguna vez parecerse a un ser humano. Me interesa darla vuelta por completo y preguntar si un ser humano puede convertirse, en parte, en máquina sin alterar una sola célula de su cuerpo. Formulada así, deja de ser ciencia ficción y se parece bastante a la descripción de mi semana de trabajo.

Nada de esto es, necesariamente, una mala noticia. Siempre nos hemos aumentado con tecnología, y quien escribe esto usa inteligencia artificial todos los días y ve en ella posibilidades enormes.

La diferencia que vale la pena mirar de frente es de naturaleza, porque casi todas las herramientas anteriores ampliaban lo que podíamos hacer, mientras que esta empieza a meter mano en cómo pensamos, creamos y decidimos. Cambiar de martillo nunca cambió la forma de la mano; no estoy tan seguro de que esto vaya a dejarnos igual.

Por eso me cuesta cerrar con una conclusión, y me quedo más bien con una sospecha incómoda. Llevamos años preguntándonos cuándo las máquinas van a aprender a parecerse a nosotros, y puede que el verdadero acontecimiento de esta época sea otro, más difícil de notar porque ocurre desde dentro: descubrir hasta qué punto hemos empezado, nosotros, a parecernos a ellas.

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Andres Tejero
Andres Tejero
Analista de mercados financieros y entusiasta de las criptomonedas. CEO Fundador de CriptoTendencia.com

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