Estamos construyendo el sistema financiero para un cliente que todavía no existe

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Durante dos días escuché, en LATAM Digital Assets Conf 2026, cómo hacer mejores pagos, mover dinero entre países, convertir una moneda en otra, representar activos y llevar procesos financieros a una cadena. Cada conversación intentaba resolver un problema distinto, y casi todas lo lograban con elegancia. Salí del evento, sin embargo, con una pregunta que casi nadie estaba haciendo en voz alta: ¿para quién estamos construyendo todo esto?

Durante toda la historia moderna de las finanzas, la respuesta parecía obvia. Construimos para personas, y para empresas dirigidas por personas. Es una respuesta tan evidente que dejó de mirarse, y quizás justo por eso empiece a necesitar una revisión.

La suposición que nadie discute

El sistema financiero tiene una premisa escondida en su arquitectura: da por sentado que del otro lado hay un ser humano. Alguien decide, abre una aplicación, se identifica, elige una acción, la autoriza, la confirma y espera una respuesta. Incluso cuando opera una empresa, detrás hay personas firmando. No todas las operaciones funcionan literalmente así, pero es el modelo mental que ordena la experiencia entera.

Ese modelo se nota en cada detalle. La interfaz bancaria está diseñada para ojos, los botones para dedos, los formularios para que alguien los complete, las confirmaciones para que alguien las lea. Todo el sistema asume, en silencio, un cuerpo humano del otro lado de la pantalla.

Un agente de inteligencia artificial no encaja en ese diseño, y probablemente no lo necesite. Si un software puede tomar ciertas decisiones y ejecutar ciertas acciones económicas, no tiene por qué abrir una app, mirar una pantalla, pulsar «enviar» o esperar una notificación: puede hablarle directamente a la infraestructura.

Nada de esto ocurre hoy de forma masiva ni autónoma; lo llamativo es que empieza a ser posible, y que buena parte de lo que se discutió en el evento resulta, vista en conjunto, sospechosamente adecuada para ese tipo de participante.

La combinación, no cada pieza

Eso es lo que me quedó dando vueltas: ninguna de las tecnologías del evento cuenta la historia por sí sola. Los pagos programables importan porque, sin ejecución, un agente que decide se queda a mitad de camino; y las stablecoins, que para una persona son apenas otra forma de mover dólares, para un software se vuelven algo distinto: dinero que se integra directamente en su lógica, sin salir del código.

El cambio de divisas, que ya analizamos como algo que puede ocurrir debajo de la pantalla, para un agente puede ocurrir sin pantalla alguna, como un paso más del proceso. Y los activos representados on-chain abren la posibilidad de que ese software interactúe con reglas programables en lugar de con papeles.

Por separado, cada una resuelve un problema humano concreto. Juntas -inteligencia que decide, dinero digital que se transfiere, infraestructura que ejecuta reglas, activos con los que interactuar- empiezan a dibujar algo que ninguna buscaba deliberadamente: un entorno donde el usuario podría no ser una persona.

Seamos honestos: esto no obliga a que sea blockchain, y otras arquitecturas podrían resolver parte, o gran parte, del problema. Lo que vuelve interesante a la infraestructura on-chain es un puñado de rasgos -programabilidad, disponibilidad permanente, transferencia digital, activos representables- que casualmente son los que un agente necesitaría. Casualidad, por ahora.

Salí del evento pensando que quizá habíamos estado haciendo una pregunta demasiado chica. Nos preguntábamos cómo usará la inteligencia artificial el sistema financiero que ya tenemos, cuando tal vez la pregunta sea otra: qué sistema financiero habrá que construir cuando el usuario sea una inteligencia artificial.

Dar dinero es fácil, dar responsabilidad no

Sería cómodo entusiasmarse y cerrar acá, pero el problema de verdad empieza justo cuando el agente puede actuar. Que ejecute un pago es técnicamente atractivo; lo difícil aparece un segundo después. Quién le da permiso, hasta cuánto puede gastar, quién define sus límites, quién responde si interpreta mal una instrucción, quién puede detenerlo, con qué identidad opera, en qué jurisdicción, quién es la contraparte legal.

Un software puede no pensar en fronteras; el dinero y la ley siguen pensando en ellas. No hace falta contestar cada una de esas preguntas para ver lo que revelan juntas: darle dinero a una inteligencia artificial es mucho más fácil, conceptualmente, que darle responsabilidad.

Y el cambio profundo no es el pago, sino la cadena. Que un agente pague es un detalle; que participe de una secuencia económica completa -detectar una necesidad, evaluar opciones, decidir dentro de límites establecidos, contratar, pagar, recibir el servicio y registrar el resultado- es otra cosa.

Imaginemos, solo para hacerlo tangible, un agente de una empresa que advierte que le falta capacidad de cómputo, consulta proveedores, compara precios, contrata dentro de un presupuesto ya autorizado, paga -y si el proveedor cobra en otra moneda, la infraestructura convierte sola- y deja registro de todo.

La persona responsable no ejecutó cada paso; fijó de antemano los permisos y los límites. Es un escenario hipotético, no un caso presentado en el evento, pero alcanza para ver el desplazamiento.

Hasta ahora, los bancos, los exchanges, las fintech y los protocolos pensaron en retail, en institucionales, en empresas, en traders, en comercios. Empieza a asomar otra categoría posible, la del agente, y un cliente así cambia el producto por completo: no necesita una interfaz sino una API, no duerme, puede ejecutar miles de decisiones pequeñas y pide límites programables donde antes había botones. Su experiencia de usuario, si se le puede llamar así, es una arquitectura de permisos.

Durante años construimos productos financieros preguntándonos qué necesita una persona para usarlos. Puede que pronto tengamos que sumar una segunda pregunta, la de qué necesita una máquina para participar de forma segura en la economía de una persona. Y una tercera, más incómoda y más importante que las dos anteriores: qué necesitamos nosotros para no perder el control el día en que lo haga.

Andres Tejero
Andres Tejero
Analista de mercados financieros y entusiasta de las criptomonedas. CEO Fundador de CriptoTendencia.com

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