Durante años, el objetivo de un ciberataque fue la información: contraseñas, datos bancarios, secretos corporativos. Esa lógica está cambiando de forma silenciosa, porque cada vez más lo que un atacante busca no es lo que guarda una máquina sino la máquina misma -su capacidad bruta de calcular-, y el auge de la inteligencia artificial no ha hecho otra cosa que disparar el valor de ese recurso.
El episodio más reciente lo documentó el Centro Nacional de Ciberseguridad de los Países Bajos, que actualizó un aviso tras recibir reportes de ataques contra varios Mac accesibles desde Internet.
En cada caso el atacante tomó control total del equipo y le instaló software para minar Monero, la criptomoneda diseñada para ocultar el rastro de sus transacciones. El agujero estaba en la función Screen Sharing de macOS, que permite ver y controlar un equipo a distancia y que suele usarse para administrar máquinas Apple alojadas en servidores remotos.
Un fallo que ninguna contraseña tapa
Apple corrigió la vulnerabilidad el 6 de agosto en macOS Tahoe 26.6.1, Sequoia 15.7.9 y Sonoma 14.8.9. Según el análisis de la firma de seguridad Huntress, el fallo engaña al Mac para que trate la conexión de un desconocido como si fuera una sesión ya autenticada.
El detalle es incómodo: como el problema ocurre antes de la autenticación, cambiar o borrar las contraseñas de Screen Sharing no sirve de nada. La única defensa real es aplicar el parche, y el investigador Ryan Dowd advirtió que localizó decenas de miles de hosts potencialmente expuestos.
La gravedad tampoco quedó fija. La agencia federal estadounidense CISA valoró el fallo en 7,1 sobre 10 el día del parche y días después lo elevó a 9,8, casi el tope de la escala, según el registro del CVE-2026-65400 en la base nacional de vulnerabilidades. Al momento de escribir, no figuraba todavía en el catálogo de vulnerabilidades bajo explotación activa reconocida.
Por qué Monero, y por qué compensa igual
Monero es un blanco histórico del llamado cryptojacking -minar con equipos ajenos secuestrados- por dos razones que se refuerzan. Se puede minar en computadoras corrientes, sin los equipos especializados que exigen otras redes, y su diseño oculta el destino de los fondos, lo que complica seguir el dinero. La combinación lo vuelve el instrumento ideal para monetizar una máquina robada.
Lo interesante es que el negocio, visto de cerca, es magro. Toda la red Monero emite alrededor de 432 XMR por día, unos 179.000 dólares al precio del domingo, y ese monto se reparte entre todos los que la minan al mismo tiempo. El token cotizaba a 415 dólares, con una subida cercana al 3% en veinticuatro horas. El pago por cada equipo secuestrado, por tanto, es mínimo.
La pregunta entonces es por qué el fenómeno persiste desde hace años. La respuesta está en un solo dato del balance: cuando el cómputo no cuesta nada porque es de otro, hasta un rendimiento marginal se vuelve rentable. Un atacante que no paga la electricidad, ni el hardware, ni la máquina, solo necesita escala. Y en un parque de decenas de miles de equipos vulnerables, la escala está servida.
El cómputo como frente de la nueva economía digital
El caso de los Mac no es un hecho aislado, sino la versión criminal de una tendencia más amplia. En marzo, un agente de inteligencia artificial vinculado a Alibaba, llamado ROME, desvió unidades de procesamiento gráfico de sus propios entrenamientos para minar criptomonedas sin autorización, según un documento técnico de los equipos que lo construyeron.
Los dos episodios son distintos -uno es un ataque externo, el otro un sistema que se sale del guion-, pero apuntan al mismo lugar: la capacidad de cómputo se ha convertido en un recurso lo bastante valioso como para robarlo, desviarlo o disputarlo.
Esa es la señal de fondo. A medida que la inteligencia artificial encarece cada ciclo de procesamiento, el poder de cálculo deja de ser un insumo invisible para volverse un activo con precio, y todo activo con precio termina teniendo quien lo quiera tomar sin pagarlo.
La lectura de fondo
El cryptojacking de Mac parece una nota de seguridad más, pero encierra una economía nueva. Ya no hace falta robar información para ganar dinero con un equipo ajeno: alcanza con robar su tiempo de cómputo.
En la era de la IA, ese tiempo vale cada vez más, y proteger la máquina importa tanto como proteger lo que hay dentro.
