La otra factura de la IA: la energía y el agua detrás de cada consulta

La IEA prevé que los centros de datos dupliquen su consumo eléctrico hacia 2030, mientras el agua y el calor récord tensionan el debate ambiental.

El auge de la inteligencia artificial vuelve a poner sobre la mesa una pregunta incómoda que buena parte de la industria tecnológica prefería mantener en segundo plano: cuánto cuesta, en términos físicos, sostener la promesa digital.

La Agencia Internacional de la Energía (IEA) calcula que el consumo eléctrico de los centros de datos pasará de 415 TWh en 2024 a 945 TWh en 2030, un salto impulsado en buena medida por el despliegue de modelos y servicios de IA que, además, llega en un contexto de temperaturas récord que tensiona todavía más el debate sobre los recursos disponibles.

La IA no es tan intangible como parece

Aunque solemos imaginar la inteligencia artificial como una capa de software que habita en la nube, detrás de cada consulta, cada modelo y cada aplicación hay miles de servidores que exigen un suministro eléctrico constante y sistemas de refrigeración cada vez más sofisticados. Esa infraestructura tiene, además, una geografía muy concreta: según datos recopilados por Euronews, Estados Unidos concentra hoy más de 5.400 centros de datos, la mayor cifra del mundo, mientras que la Unión Europea supera las 2.200 instalaciones.

La magnitud del consumo ayuda a dimensionar el desafío. La IEA estima que en 2024 estas instalaciones absorbieron alrededor de 415 TWh de electricidad, equivalentes al 1,5 % de la demanda mundial, y proyecta que la cifra podría rozar los 945 TWh en 2030.

Dicho de otro modo, en apenas seis años el sector duplicaría con creces su apetito energético, y lo haría en un momento en que las redes eléctricas de buena parte del planeta ya operan bajo una presión considerable, con una demanda que crece más rápido de lo que muchos sistemas fueron diseñados para soportar.

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Temperaturas récord y una demanda al alza

El calendario tampoco ayuda. Ese incremento se produce en un escenario marcado por olas de calor sostenidas y una presión creciente sobre los recursos, un fenómeno que en España se ha vuelto especialmente visible: la AEMET confirmó que julio de 2026 fue el mes más caluroso jamás registrado en el país, dentro de una tendencia de eventos meteorológicos extremos que se repite verano tras verano.

La coincidencia no es menor, porque cuando las temperaturas suben los sistemas de refrigeración de los centros de datos trabajan más, consumen más y terminan compitiendo por los mismos recursos -electricidad y agua- que necesitan hogares, industrias y agricultura.

El agua, la factura silenciosa

Más allá de la electricidad, diversos estudios internacionales han encendido las alarmas sobre el uso intensivo de agua que requiere enfriar servidores y equipos de alto rendimiento, una variable que ha situado la sostenibilidad hídrica entre los grandes retos de la economía digital.

La preocupación, de hecho, ha desbordado el ámbito estrictamente tecnológico: la activista medioambiental Erin Brockovich, cuya investigación inspiró la película protagonizada por Julia Roberts, ha advertido sobre el impacto que ciertos centros de datos pueden tener sobre el consumo de agua, la demanda energética y los recursos disponibles en las comunidades donde se instalan, un ángulo que traslada la discusión desde las grandes cifras globales hasta el terreno cotidiano de quienes comparten esos acuíferos.

Para los especialistas del sector, este cuadro obliga a ampliar los términos de la conversación. «La IA puede convertirse en una herramienta clave para mejorar la eficiencia energética, optimizar recursos y acelerar la lucha contra el cambio climático, pero también debemos prestar atención a la huella ambiental de las infraestructuras que hacen posible su funcionamiento», advierte Sergio García Estradera, gerente de i3e, quien subraya que la disponibilidad de energía, la eficiencia de la refrigeración y la planificación de las infraestructuras pesarán cada vez más a la hora de sostener el crecimiento de la economía digital.

El fondo del asunto es que la IA ha dejado de ser una discusión puramente técnica para convertirse en una cuestión de recursos, con efectos que se sienten en la factura eléctrica, en los acuíferos y en los compromisos climáticos asumidos por gobiernos y empresas.

«La conversación sobre la IA ya no puede centrarse exclusivamente en sus capacidades tecnológicas; también debemos preguntarnos cómo garantizar que esta revolución digital avance de forma compatible con los compromisos energéticos y climáticos que la sociedad se ha marcado», concluye García Estradera. La respuesta, por ahora, sigue abierta.

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