El Personaje de la Semana: Walt Disney, el hombre que quebró dos veces antes de conquistar el mundo

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Cada imperio se cuenta desde su cima, pero los que importan se entienden desde el fondo. El de Walt Disney arrancó con una quiebra, un tren y una lección que casi nadie asocia con el creador de Mickey Mouse: la de un empresario que aprendió, del modo más duro, que crear algo valioso no sirve de nada si no sos dueño de lo que creaste.

Esta semana la comunidad de CriptoTendencia lo eligió, y conviene mirar su historia por donde rara vez se la mira. No por la magia ni por los castillos, sino por el dinero: cómo se construye una marca desde la ruina, por qué la propiedad de lo que producís lo es todo, y cuánto cuesta aprenderlo. Porque antes del imperio hubo un joven que lo perdió casi todo, no una vez, sino dos.

El fracaso como punto de partida

A comienzos de los años veinte, un joven Walt Disney tuvo cierto éxito en Kansas City, Misuri, produciendo cortos animados y montando su propio estudio, al que llamó Laugh-O-Gram. El talento estaba, la ambición también. Lo que faltaba era lo más difícil de conseguir para cualquier emprendedor: un negocio que se sostuviera solo.

La grieta apareció por un contrato. Disney firmó un acuerdo de 11.000 dólares con una empresa llamada Pictorial Clubs para producir seis cortos, pero la compañía quebró antes de terminar de pagarle, y ese golpe lo dejó a él sin salida.

Para 1923, los gastos de Laugh-O-Gram ya superaban su capital inicial, ahogado por los sueldos y los costos de producción, y el 4 de octubre de ese año un grupo de acreedores llevó al estudio a la quiebra para cobrarse la deuda.

Ahí está la primera lección de la saga, la que ningún relato mágico cuenta: Disney no fracasó por falta de talento. Fracasó porque dependía de un solo cliente que, al caer, lo arrastró con él. Es el riesgo que todo el que emprende conoce, y que muy pocos entienden hasta que lo viven.

Cuarenta dólares y un boleto de ida

Lo que hizo después define su carácter. Disney vendió su cámara de cine y, con ese dinero, compró un pasaje de ida a Hollywood. Llegó a California a mediados de 1923 con unos 40 dólares en el bolsillo y algo que valía más: la decisión de no volver a depender de la suerte ajena.

No llegaba a ciegas: su hermano Roy ya estaba allí, recuperándose de una tuberculosis, y juntos armarían el estudio que llevaría el apellido de la familia.

El plan funcionó rápido, porque una distribuidora de Nueva York, Margaret Winkler, vio un corto que Disney había alcanzado a terminar, «Alice’s Wonderland», y lo contrató para producir toda una serie. El chico que había quebrado tenía, de nuevo, un negocio en marcha.

La traición que lo cambió todo

El verdadero golpe, el que forjaría al Disney que el mundo conocería, todavía estaba por venir. Hacia 1927, Disney y su animador de confianza, Ub Iwerks, crearon un personaje nuevo para distribuir a través de Universal Pictures: Oswald, el Conejo de la Suerte. Fue un éxito. Por primera vez, Disney tenía un personaje popular que la gente reconocía.

Y por primera vez descubrió lo que significa no ser dueño de tu propia creación. A comienzos de 1928, cuando Disney fue a negociar un pago mayor por la serie, se encontró con que el distribuidor, Charles Mintz, no solo quería reducirle los pagos, sino que además había convencido a buena parte de sus animadores de trabajar directamente para él. Y por si fuera poco, Universal era dueña de los derechos de Oswald: el personaje no le pertenecía.

En cuestión de días, Disney perdió a su personaje estrella y a casi todo su equipo. Solo Ub Iwerks se quedó a su lado. Fue su segunda ruina en cinco años, y la más dolorosa, porque esta vez no la causó un cliente que quebró, sino un contrato mal firmado que le regaló a otros lo que él había construido.

De ese viaje de vuelta, humillado y otra vez sin nada, saldría la idea que lo cambiaría todo: un ratón. Cómo ese personaje -y una decisión que Disney no volvería a repetir jamás- dio origen al imperio del entretenimiento más grande de la historia, es la entrega de mañana.

Esta saga fue elegida por la comunidad de CriptoTendencia en WhatsApp. Cada domingo, una nueva votación decide al siguiente protagonista.

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