El Personaje de la Semana: Beethoven y la tragedia de perder lo único que necesitaba

Beethoven empezó a quedarse sordo en la cima de su carrera y lo llevó al borde del suicidio. El Testamento de Heiligenstadt y la decisión que lo salvó.

Las entregas anteriores mostraron al genio independiente en la cima de Viena. Hoy toca la tragedia que define su figura y que vuelve su historia una de las más conmovedoras del arte: el mejor músico de su tiempo empezó a quedarse sordo justo cuando alcanzaba la gloria, condenado a perder, de todos los sentidos posibles, el único del que dependía absolutamente su vida y su obra.

La crueldad de ese destino es casi literaria, y lo llevó al borde del abismo. Pero de ese pozo surgió también la decisión que lo convertiría en una leyenda, y una de las páginas más humanas que un artista haya dejado escritas.

El sentido que empezó a apagarse

Los primeros síntomas aparecieron cuando tenía poco más de veinticinco años, alrededor de 1796, en el peor momento imaginable. Beethoven empezó a sufrir un zumbido constante en los oídos, un tinnitus persistente que le dificultaba escuchar las conversaciones y, mucho peor, la música. Para un hombre cuya carrera y cuyo sustento dependían por completo de su oído, aquello no era una enfermedad más: era una amenaza directa contra todo lo que era.

Al principio lo ocultó con desesperación. Aterrado de que se supiera, pues la noticia habría arruinado su reputación como pianista y su valor ante editores y mecenas, les rogó a los pocos amigos que lo sabían que guardaran el secreto absoluto.

Durante años cargó solo con el peso de su condición, fingiendo normalidad mientras el silencio avanzaba, un deterioro lento e implacable que hacia 1801 ya le había costado buena parte de la audición.

La ironía era insoportable. El artista que estaba revolucionando la música, que se había liberado de los amos para vivir de su talento, descubría que ese talento se apoyaba en un sentido que lo estaba abandonando sin remedio.

El Testamento de Heiligenstadt

El punto más bajo llegó en 1802. Siguiendo el consejo de su médico, Beethoven se retiró durante unos meses a Heiligenstadt, un pueblo tranquilo en las afueras de Viena, con la esperanza de que el descanso aliviara su oído. No sirvió, y la soledad de aquel lugar, lejos de calmarlo, lo hundió en la desesperación más profunda de su vida.

Allí, en octubre de 1802, escribió un documento desgarrador: una larga carta a sus dos hermanos, conocida como el Testamento de Heiligenstadt, en la que confesaba todo su sufrimiento. En ella relataba la humillación y el aislamiento que le causaba su sordera, el dolor de no poder participar de una conversación o de oír a un pastor cantar a lo lejos, y admitía, con una honestidad estremecedora, que había llegado a contemplar quitarse la vida.

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Pero esa misma carta, que empezaba como una nota de despedida, terminaba convertida en otra cosa. En medio de la desesperación, Beethoven escribió que lo único que lo había detenido era su arte, el sentir que no podía abandonar el mundo antes de haber producido todo lo que sentía que llevaba dentro.

Decidió, en el papel, seguir viviendo no a pesar de su tragedia, sino para desafiarla a través de la música. Nunca envió esa carta ni se la mostró a nadie; la guardó entre sus papeles, y se encontró recién tras su muerte.

El genio huraño

La sordera no solo le trajo dolor, también moldeó al hombre difícil que la leyenda recuerda, y conviene no idealizarlo. A medida que perdía el oído, Beethoven se fue volviendo cada vez más huraño, desconfiado y propenso a estallidos de furia, incapaz muchas veces de sostener el trato social que su condición le hacía tan penoso.

Buena parte de ese carácter áspero tenía una raíz comprensible en su padecimiento, pero no por eso dejó de hacerle la vida difícil a quienes lo rodeaban. Se peleó con amigos, protectores y familiares, sostuvo disputas amargas -la más dura, una larga batalla judicial por la custodia de su sobrino Karl-, y fue, en los testimonios de la época, un hombre tan admirado por su genio como complicado en el trato cotidiano.

En sus últimos años, ya casi completamente sordo, se comunicaba con los demás a través de los llamados «cuadernos de conversación», donde sus visitantes anotaban por escrito lo que querían decirle para que él pudiera leerlo y responder en voz alta. Esos cuadernos, que se conservan, son hoy un testimonio invaluable de su vida, pero también la prueba material de una soledad inmensa: el mayor músico del mundo, encerrado en un silencio del que solo podía salir a través de la escritura de otros.

Esa tragedia, lejos de apagarlo, lo empujó a la etapa más audaz y revolucionaria de su obra. Qué lecciones deja la historia de un hombre que creó sus obras más grandes precisamente cuando había perdido aquello que parecía indispensable es la entrega de mañana.

Esta saga fue elegida por la comunidad de CriptoTendencia en WhatsApp. Cada domingo, una nueva votación decide al siguiente protagonista.

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