Las entregas anteriores mostraron el talento y la astucia de Leonardo. Hoy toca el reverso, que en su caso no es una maldad ni una crueldad, sino algo más sutil y más interesante: el mayor genio de la historia fue también uno de sus profesionales más incumplidos, un hombre cuya mente desbordante le impedía terminar lo que empezaba, y a quien esa misma genialidad le costó encargos, dinero y disgustos a lo largo de toda su vida.
A ese defecto que lo acompañó siempre se suma un episodio de juventud que estuvo a punto de destruirlo, y que conviene contar con rigor y sin sensacionalismo, como parte de la realidad de su época.
La maldición de la mente que no para
El gran problema de Leonardo como profesional era, paradójicamente, su propia genialidad. Su curiosidad era tan ilimitada que no lograba concentrarse en una sola cosa: empezaba un cuadro y, en medio, se obsesionaba con la anatomía de un músculo, con el vuelo de un pájaro o con la física de un remolino de agua, y abandonaba la obra para llenar cuadernos de estudios y experimentos.
El resultado es asombroso y revelador a la vez. De toda su vida, se conservan apenas unas quince pinturas atribuidas a él, un número ínfimo para una carrera tan larga, y varias de ellas quedaron inconclusas. Leonardo dejó un rastro de obras a medio terminar, encargos que nunca entregó y proyectos abandonados, hasta el punto de que él mismo habría dicho una frase que lo define: que una obra de arte nunca se termina, solo se abandona.
Ese perfeccionismo sin freno tenía un costo muy concreto, el del dinero y la reputación. En una época en que un artista vivía de cumplir con sus mecenas, no entregar las obras significaba perder pagos, defraudar a clientes poderosos y ganarse fama de poco confiable. El genio creaba un valor incalculable en su cabeza, pero su incapacidad para concretar le impedía, una y otra vez, capturar ese valor.
El caballo que nunca existió
Ningún caso ilustra mejor esa frustración que su proyecto más ambicioso como escultor. Durante sus años en Milán, Ludovico Sforza le encargó una estatua ecuestre colosal en bronce en honor a su padre, una obra que, de completarse, habría sido la mayor escultura de ese tipo jamás fundida, con toneladas de metal.
Leonardo trabajó en el proyecto durante años, pero fiel a su método, se sumergió tanto en los estudios previos -la anatomía exacta del caballo, la física de cómo fundir semejante cantidad de bronce- que la obra nunca llegó a fundirse. Y cuando por fin tenía listo el modelo de arcilla a tamaño real, la guerra lo arruinó todo: el bronce reservado para la estatua se destinó a fabricar cañones, y el modelo de arcilla terminó destruido. Años de trabajo del mayor genio de su tiempo se esfumaron sin dejar una sola obra terminada.
El episodio fue tan sonado que su gran rival, Miguel Ángel, llegó a echárselo en cara públicamente, burlándose de que había diseñado un caballo para fundir en bronce y había sido incapaz de concretarlo, abandonándolo para su vergüenza. La pulla dolió porque era cierta.
La acusación que pudo cambiarlo todo
Hubo además un episodio mucho más grave y temprano, de orden personal, que vale la pena contar con precisión. En 1476, cuando Leonardo tenía veinticuatro años y aún trabajaba en Florencia, una denuncia anónima lo acusó, junto a otros tres jóvenes, de sodomía, en relación con un joven llamado Jacopo Saltarelli.
Para entender la gravedad hay que entender el contexto. En la Florencia de la época, la sodomía era un delito que en teoría podía castigarse con penas severísimas, incluso la muerte, y las denuncias anónimas se depositaban en unos buzones públicos, los tamburi, que se prestaban a toda clase de ajustes de cuentas y acusaciones interesadas. Leonardo pasó semanas bajo la vigilancia de las autoridades, en un proceso que pendía sobre su cabeza.
El desenlace lo salvó. Después de dos meses, los cargos fueron desestimados por falta de pruebas y de testigos, en parte por un tecnicismo legal, ya que la denuncia era anónima y no cumplía los requisitos para procesar a nadie.
Leonardo quedó libre, pero la experiencia lo marcó, y se cree que a partir de entonces cultivó una discreción extrema sobre su vida privada que mantuvo hasta el final de sus días. Más allá de cualquier especulación posterior sobre su vida personal, lo que el episodio revela es la fragilidad de una existencia en la que, como él mismo comprobó, un simple papel anónimo podía arruinar al más talentoso.
Esas sombras no opacan su genio, lo vuelven humano. Leonardo fue a la vez el creador más deslumbrante de su época y un hombre con defectos muy reales, incapaz de terminar lo que empezaba y vulnerable como cualquiera a los golpes de su tiempo. Qué lecciones deja esa mezcla de genialidad y contradicción para cualquiera que cree o emprenda hoy es la entrega de mañana.
Esta saga fue elegida por la comunidad de CriptoTendencia en WhatsApp. Cada domingo, una nueva votación decide al siguiente protagonista.
