Antes de las encuestas, Wall Street ya apostaba por el próximo presidente

Entre 1868 y 1940, Wall Street apostaba por el próximo presidente. Antes de las encuestas, el mercado ya hacía su propia predicción.

Nueva York, a finales del siglo XIX.

No hay televisión ni encuestas modernas, y nadie ha construido todavía un modelo estadístico capaz de anticipar una elección. Aun así, en oficinas del distrito financiero, salones de apuestas y círculos de corredores se negocia una pregunta muy concreta: quién será el próximo presidente de Estados Unidos.

Las respuestas no se expresan en opiniones, sino en dinero. Cada apuesta cerrada sobre uno u otro candidato produce un precio, y ese precio funciona como un termómetro de lo que el mercado espera que ocurra en noviembre. Los mercados de predicción no nacieron con blockchain ni con Internet.

Cuando una elección tenía precio

Los economistas Paul W. Rhode y Koleman S. Strumpf reconstruyeron la historia de estos mercados, que funcionaron en Estados Unidos aproximadamente entre 1868 y 1940. Lejos de ser apuestas informales entre amigos, llegaron a operar con contratos estandarizados y con intermediarios que custodiaban el dinero de ambas partes hasta conocer el resultado.

Su escala era suficiente para que los grandes periódicos de Nueva York publicaran sus cotizaciones con regularidad, casi a diario desde comienzos de octubre hasta el día de las elecciones. El lector de un diario podía seguir la campaña también a través de ese número.

La mecánica era sencilla. Si un candidato parecía el probable ganador, apostar por él ofrecía una recompensa pequeña; si parecía improbable, la ganancia potencial era mayor. Así, el mercado transformaba dinero, información, rumores y opiniones en una sola señal colectiva.

En una época sin encuestas científicas, esa señal era una de las pocas medidas cuantificables de lo que se esperaba de una elección. Los estudios de Rhode y Strumpf concluyen que estos mercados acertaron con notable frecuencia, aunque no fueron infalibles y también sufrieron intentos de mover las cuotas a favor de un candidato.

El matiz importa: aquellos precios no medían qué pensaba la población. Reflejaban qué resultado consideraban probable las personas dispuestas a arriesgar dinero, que no eran una muestra representativa del electorado.

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Votar no es lo mismo que predecir

La diferencia con una encuesta es de fondo. Una encuesta pregunta a quién piensa votar alguien; un mercado pregunta, de forma indirecta, qué cree que terminará ocurriendo. Una persona puede votar por un candidato y, al mismo tiempo, estar convencida de que ganará el otro.

Esa distancia explica por qué los mercados producen una información distinta. Quien pone dinero en juego tiene un incentivo para pensar en probabilidades en lugar de limitarse a expresar una preferencia, lo que en inglés suele resumirse como tener «skin in the game».

Ese incentivo no vuelve automáticamente a un mercado superior a una encuesta. Las preferencias del participante, su información parcial y sus propios sesgos también se cuelan en el precio.

Del periódico a la pantalla

Más de un siglo después, la misma lógica reaparece en plataformas como Polymarket o Kalshi. Los corredores y las apuestas presenciales dieron paso a mercados digitales, y la cotización que antes llegaba impresa en el diario de la mañana hoy se actualiza en tiempo real en una pantalla.

La pregunta de fondo sigue siendo la misma: si una multitud que arriesga dinero agrega mejor la información que una multitud que responde a una encuesta. No hay respuesta universal, porque son instrumentos distintos. Las encuestas buscan medir preferencias en una muestra representativa; los mercados agregan las expectativas de quienes eligen participar y apostar.

La historia tiene también su lado menos romántico. Aquellos mercados no eran espacios neutrales: había partidarios políticos operando en ellos, acusaciones de manipulación y problemas legales, y algunas apuestas electorales estuvieron prohibidas o se movieron en zonas grises. Su declive, hacia 1940, coincidió con la llegada de las encuestas científicas y con una presión legal creciente sobre las apuestas.

Esas tensiones conectan con un debate actual: cuándo un mercado de predicción produce información útil y cuándo se convierte, simplemente, en otra forma de apostar. La línea entre ambas cosas era difusa en el Nueva York de 1900 y sigue siéndolo hoy.

Hace más de un siglo, alguien podía abrir un periódico de Nueva York y encontrar en una columna de cotizaciones qué candidato creía el mercado que ganaría. Hoy esa señal cabe en un teléfono y cambia segundo a segundo; la tecnología se transformó por completo, pero la pregunta apenas se movió.

Mucho antes de que una plataforma digital pusiera precio a una elección, alguien ya había descubierto que una expectativa podía convertirse en mercado. Cuando suficientes personas arriesgan dinero sobre una respuesta, el precio empieza a contar una historia propia.

Antes de las encuestas, el mercado ya hacía su propia predicción.

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