El origen de las tragamonedas: cómo una máquina cambió para siempre los casinos

De la Liberty Bell de Charles Fey a la era digital: la historia de las tragamonedas y cómo conquistaron los casinos.

Mucho antes de que Las Vegas encendiera su primer letrero de neón, el aparato que terminaría sosteniendo buena parte de la economía de sus casinos tomó forma en un modesto taller de San Francisco. Allí, entre engranajes, resortes y monedas de cinco centavos, un mecánico inmigrante resolvió un problema que nadie había logrado solucionar: cómo hacer que una máquina pagara sola.

Ese inmigrante era Charles August Fey, nacido en Alemania en 1862 y llegado a San Francisco en 1885, con 23 años, cuando California seguía atrayendo a buscadores de fortuna de todo el mundo. Su nombre quedó unido para siempre a la Liberty Bell, la tragamonedas de tres rodillos de la que descienden, por diseño y concepto, las máquinas que hoy llenan los casinos.

Antes de Las Vegas, un inventor en San Francisco

Fey no inventó el juego mecánico de azar, porque en 1891 la compañía Sittman and Pitt de Brooklyn ya fabricaba una máquina de póker con cinco tambores de naipes que se instalaba en los bares. Los premios, una cerveza o unos cigarros, los entregaba el camarero, ya que el aparato era incapaz de reconocer la enorme variedad de manos ganadoras.

La aportación de Fey consistió en simplificar el juego hasta hacerlo legible para una máquina. La fecha exacta sigue en disputa: la placa histórica de California en el antiguo emplazamiento de su taller, en el 406 de Market Street, habla de 1898, el Museo Estatal de Nevada sitúa el debut en 1899 y otras fuentes lo adelantan a 1894 o 1895, aunque todas coinciden en que el modelo tomó forma en la segunda mitad de la década de 1890.

Tres rodillos y una palanca que cambiaron el juego

El jugador introducía una moneda de cinco centavos y accionaba una palanca lateral que ponía a girar tres rodillos, decorados con herraduras, diamantes, picas, corazones y una campana de la Libertad agrietada, el símbolo que dio nombre al aparato.

Cuando los rodillos se detenían, la propia máquina leía la combinación y, si era ganadora, dejaba caer las monedas en una bandeja inferior, con un premio mayor de diez monedas de cinco centavos para tres campanas alineadas. Reducir el juego a pocas combinaciones permitía automatizar el pago, y esa autonomía convirtió a la Liberty Bell en un negocio capaz de operar sin vigilancia en cualquier mostrador.

El misterio de las frutas, las campanas y los símbolos

El éxito atrajo pronto a los imitadores, y en 1907 Herbert Mills, de Chicago, empezó a fabricar su propia Liberty Bell. En 1910 su compañía lanzó la Operator Bell, que daría a las tragamonedas su imagen más reconocible, en un momento en que San Francisco ya había prohibido estas máquinas y la presión legal crecía en todo el país.

La solución de Mills fue disfrazar el aparato de máquina expendedora. Según Marshall Fey, nieto del inventor e historiador del sector, la Operator Bell ofrecía un chicle con cada moneda jugada, y los símbolos de póker se sustituyeron por cerezas, naranjas, ciruelas y limones que evocaban los sabores del producto, aunque el chicle, de baja calidad, rara vez se retiraba porque lo que importaba seguía siendo el pago en monedas.

El origen de la barra pertenece a un terreno menos firme. La explicación más extendida la identifica con la etiqueta de la goma de mascar Bell-Fruit Gum, pero apenas hay rastro documental de esa empresa al margen de las propias máquinas de Mills.

De una máquina mecánica a la economía de los casinos

Durante décadas, las tragamonedas ocuparon un lugar secundario. Un estudio del Center for Gaming Research de la Universidad de Nevada, Las Vegas (UNLV) recuerda que la industria del juego en Nevada estuvo dominada por las mesas, mientras las máquinas generaban pocos ingresos y resultaban costosas de mantener.

El primer gran salto llegó en 1963, cuando Bally presentó Money Honey, considerada la primera tragamonedas plenamente electromecánica, capaz de pagar automáticamente hasta 500 monedas sin intervención de un empleado. En 1976, Fortune Coin desarrolló la primera tragamonedas de video, que tras ajustes contra las trampas recibió la aprobación de los reguladores de Nevada y pasó a manos de IGT en 1978.

Las cifras de la UNLV muestran el resultado de esa transformación. En 2007, las 174.677 tragamonedas de los locales no restringidos de Nevada ganaron 8.500 millones de dólares, el doble que las mesas y el resto de juegos, y desde 2004 las máquinas aportan entre el 61% y el 68% de las ganancias anuales del juego en el estado.

La digitalización completó el recorrido al llevar los rodillos a la pantalla y, más tarde, a Internet, donde las tragamonedas online conservan las campanas, las frutas y la barra que nacieron en un taller de San Francisco hace más de un siglo.

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