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Espacio patrocinadoLas entregas anteriores mostraron el genio militar y financiero de Alejandro. Hoy toca la parte que su leyenda dorada suele esconder, y que es imprescindible para entender al personaje completo: el hombre que conquistó el mundo también se dejó conquistar por su propia ambición, hasta volverse un tirano paranoico capaz de asesinar a sus amigos más leales.
La historia tiende a idealizar a Alejandro como un héroe impecable, pero las fuentes antiguas dibujan un retrato mucho más incómodo. El mismo talento desmesurado que lo llevó a la gloria vino acompañado de una megalomanía y una paranoia que crecieron con cada victoria, hasta oscurecer sus últimos años.
Persépolis en llamas
El primer gran signo de su descontrol fue la destrucción de Persépolis. Tras apoderarse del tesoro de la capital persa, en el año 330 a.C., Alejandro permitió que la ciudad fuera saqueada y luego incendiada, arrasando siglos de palacios, arte y escritos que la habían convertido en la joya del imperio.
Las crónicas antiguas ofrecen dos explicaciones, y ninguna favorece al conquistador. Según varios relatos, Alejandro estaba borracho cuando ordenó prender fuego al palacio, incitado durante un banquete por una cortesana llamada Tais. Otras versiones lo presentan como un acto deliberado de venganza por la invasión persa de Grecia siglo y medio antes.
Sea cual fuere la razón, el resultado fue el mismo: uno de los grandes centros culturales del mundo antiguo reducido a cenizas, en un gesto que muchos de sus propios contemporáneos lamentaron.
La purga de los leales
Lo más inquietante no fue lo que le hizo a sus enemigos, sino a los suyos. A medida que se adentraba en Asia y adoptaba las costumbres y el boato de los reyes persas, Alejandro empezó a ver traiciones por todas partes, incluso entre sus generales más cercanos y probados.
El caso más grave fue el de Parmenión, uno de los generales más veteranos y de confianza que había heredado de su padre Filipo. Cuando el hijo de Parmenión, Filotas, fue acusado de no haber revelado un complot contra el rey, Alejandro lo hizo ejecutar tras un juicio que las fuentes describen como amañado, y acto seguido ordenó asesinar también a Parmenión, que era inocente, por temor a que quisiera vengar a su hijo. El crimen de un general anciano y leal, ejecutado sin juicio por pura precaución política, conmocionó al ejército.
Aquí conviene un matiz que las fuentes serias señalan. Algunos historiadores interpretan estas purgas no solo como paranoia, sino también como cálculo político frío: Parmenión y su facción representaban un poder rival dentro del ejército, y eliminarlos consolidaba el mando de Alejandro.
La verdad probablemente combine ambas cosas, la desconfianza enfermiza y la ambición despiadada, que en él eran difíciles de separar. Lo cierto es que, a partir de esas muertes, cesaron los juicios: las filas del ejército simplemente se purgaban, y nadie dudaba de que la menor sospecha de deslealtad se pagaba con la vida.
El asesinato de un amigo
Ningún episodio retrata mejor su deterioro que la muerte de Clito el Negro, el hombre que le había salvado la vida en la batalla del Gránico. En el año 328 a.C., durante un banquete regado de alcohol, Clito se atrevió a criticar la creciente arrogancia de Alejandro y su adopción de las costumbres persas, recordándole cuánto debía a su padre Filipo y a los veteranos macedonios.
Ebrio y fuera de sí, Alejandro tomó una lanza y atravesó con ella el pecho de su amigo, matándolo en el acto. El arrepentimiento llegó de inmediato y fue devastador: horrorizado por lo que había hecho, intentó quitarse la vida con la misma arma y sus oficiales tuvieron que impedírselo, tras lo cual se encerró varios días a llorar la muerte del hombre que una vez lo había salvado.
Ese instante condensa la tragedia de su carácter. El conquistador invencible en el campo de batalla era incapaz de vencer sus propios impulsos, y esa mezcla de alcohol, adulación y poder absoluto lo volvió peligroso incluso para quienes más lo querían. La grandeza militar y la miseria humana convivían en la misma persona.
Nada de esto borra su genio ni su lugar en la historia, pero lo completa con honestidad. Alejandro fue, a la vez, uno de los mayores estrategas que existieron y un hombre corroído por la ambición sin límites, un recordatorio de que el poder absoluto rara vez deja intacto a quien lo ostenta. Qué lecciones deja su historia para cualquiera que persiga el éxito y el poder es la entrega de mañana.
Esta saga fue elegida por la comunidad de CriptoTendencia en WhatsApp. Cada domingo, una nueva votación decide al siguiente protagonista.
