1834 | Los hermanos que manipularon una red de comunicaciones para ganarle a la bolsa

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Burdeos, 1834.

En el parqué local, los operadores esperan una noticia que todavía no tienen: qué ha pasado ese día en la Bolsa de París. La información viaja por correo y puede tardar días en cruzar Francia, de modo que quien opera en el sur lo hace casi a ciegas sobre lo que ya ocurrió en el norte.

Pero por encima de los caminos existe otra red, mucho más veloz: el telégrafo óptico de Chappe, una cadena de torres coronadas por brazos mecánicos cuyas posiciones se copiaban de una estación a otra con ayuda de un catalejo, hasta recorrer el país en horas en lugar de días.

Francia había tejido con ellas una extensa red oficial, celosamente controlada y reservada a los mensajes del gobierno. Los particulares no podían usarla para recibir cotizaciones, y justo en ese hueco dos hermanos vieron una oportunidad.

París sabía, Burdeos todavía no

François y Louis Blanc operaban en Burdeos y especulaban sobre todo con las rentas públicas, cuyo precio dependía de lo que sucedía en París. Como esa cotización tardaba días en llegar por correo, entre el instante en que París conocía un movimiento y el momento en que Burdeos se enteraba se abría una ventana de tiempo.

Esa ventana valía dinero. Quien supiera antes si la renta había subido o bajado en París podía posicionarse en Burdeos antes de que el mercado local ajustara sus precios. No hacía falta adivinar el futuro, bastaba con adelantarse al presente.

Un error que no era un error

La solución de los Blanc fue tan ingeniosa como ilícita. Montaron una red de cómplices y sobornaron a un operador del sistema, que introducía en los mensajes oficiales una señal extra disfrazada de fallo.

El truco aprovechaba los códigos de error y corrección de la red: una posición aparentemente equivocada, que luego se «corregía» dentro del mismo envío, transmitía en realidad un dato para quien supiera leerlo, sin alterar el mensaje del gobierno. Cerca de Burdeos, otro cómplice observaba las torres y descifraba esa señal.

No viajaban cotizaciones completas por el aire, sino algo más simple y suficiente: la dirección del mercado. Según reconstrucciones históricas, la cadena empezaba incluso antes, con objetos codificados -guantes o medias de cierto color- enviados desde París hasta Tours para transmitir la primera señal antes de insertarla en la red óptica. El sistema combinaba correo convencional, corrupción humana, infraestructura tecnológica y un código escondido.

No predecir, sino saber antes

Aquí está el núcleo de la historia. Los Blanc no habían dado con una fórmula para anticipar el mercado ni sabían qué pasaría al día siguiente; sabían algo más modesto y mucho más rentable, qué había ocurrido hoy antes que casi todos los demás. No necesitaban predecir el mercado, solo conocerlo antes.

El episodio dice también algo sobre las infraestructuras. El telégrafo de Chappe no fue vulnerado con nada parecido a un ataque informático, sino con una mezcla de reglas internas, códigos de corrección, operadores sobornables y conocimiento fino de cómo funcionaba la red. Muchas veces un sistema no cede porque la tecnología sea débil, sino porque alguien entiende cómo usar sus propias reglas de un modo que nadie previó.

Cuando el esquema salió a la luz, hacia 1836, los hermanos fueron llevados a juicio, pero la ley de la época no había contemplado con claridad una conducta semejante. Su absolución no significó que la justicia validara lo que hicieron, sino que faltaba una norma que lo prohibiera, un vacío que empujaría después a Francia a reforzar por ley el monopolio estatal de las telecomunicaciones.

La carrera por llegar primero

Sería exagerado llamar a aquello trading de alta frecuencia o compararlo sin más con los mercados electrónicos de hoy, porque técnicamente no se parecen en nada.

Pero la lógica económica de fondo es reconocible: hoy las firmas compiten por conexiones más veloces, servidores instalados junto a las bolsas y menor latencia, y en 1834 una hilera de brazos mecánicos sobre las colinas ya bastaba para crear una ventaja solo porque viajaba más rápido que una carta.

Queda, además, un epílogo irónico. François Blanc, que había hecho fortuna comprendiendo el valor de la información, terminaría años después ligado al negocio de los casinos europeos, otro mundo construido alrededor del riesgo y la probabilidad.

Volvamos a las torres. En lo alto de una colina, un operador mueve los brazos del telégrafo y la señal salta de estación en estación por toda Francia. Para casi todos es un mensaje oficial más; para unos pocos, contiene otra cosa: el pulso del mercado.

Casi dos siglos después, las torres desaparecieron y las señales ópticas cedieron su lugar a la fibra y a redes que mueven información en milisegundos. La carrera, sin embargo, cambió menos de lo que parece: saber algo siempre ha tenido valor en los mercados, y saberlo antes puede tener todavía más.

No necesitaban predecir el mercado. Solo necesitaban conocerlo antes.

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