El Personaje de la Semana: Pablo Escobar y el país que intentó doblegar a sangre y fuego

Para proteger su fortuna de la extradición, Pablo Escobar le declaró la guerra a Colombia: magnicidios, un avión con 107 civiles y miles de muertos.

Las entregas anteriores mostraron cómo Escobar construyó una fortuna colosal e ingobernable. Esta entrega es la más difícil de escribir y la más necesaria de leer, porque responde a la pregunta que el mito suele esquivar: ¿qué costó todo eso? Y la respuesta no se mide en dólares, se mide en vidas.

Para proteger su imperio de la única amenaza real que enfrentaba -la extradición a Estados Unidos-, Escobar le declaró la guerra a un país entero. No es una metáfora.

Durante casi una década, Colombia vivió una campaña de asesinatos, atentados y terror diseñada para forzar a un Estado a rendirse. Este es el centro de la historia, y no hay ángulo financiero que lo justifique ni relato que lo suavice.

«Plata o plomo»: el método

La lógica con la que Escobar sometía a jueces, policías, periodistas y políticos tenía nombre propio, y resume su sistema entero. Se lo conoció como «plata o plomo»: quienes se cruzaban en su camino podían aceptar un soborno o ser asesinados. No había una tercera opción. El dinero servía para comprar a quien se dejaba comprar, y la violencia se reservaba para todos los demás.

Ese método convertía cada intento de aplicar la ley en una sentencia de muerte potencial. A mediados de los años ochenta, Escobar libró una campaña contra el sistema judicial colombiano, sobornando y asesinando a varios jueces para lograr sus objetivos. El mensaje era claro y deliberado: enfrentarlo costaba la vida, y el Estado que quisiera hacerlo tendría que hacerlo enterrando funcionarios.

La guerra contra el Estado

El punto de quiebre tiene fecha. El 30 de abril de 1984 fue asesinado, por orden de Pablo Escobar, el ministro de Justicia Rodrigo Lara Bonilla, por su trabajo persiguiendo a los narcotraficantes del Cartel de Medellín.

Lara Bonilla había expuesto el origen criminal de la fortuna de Escobar y lo había forzado a renunciar a su banca en el Congreso. Su asesinato marcó el comienzo de la guerra abierta.

Lo que siguió fue una de las etapas más sangrientas de la historia latinoamericana reciente. El crimen de Lara Bonilla marcó una escalada decisiva en la estrategia del cartel, que pasó del contrabando clandestino a la guerra abierta contra las instituciones del Estado para evitar la extradición.

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Escobar orquestó esa «guerra contra el Estado» mediante asesinatos, atentados e intimidación, una táctica que después se denominó narcoterrorismo. La magnitud de los recursos del cartel hacía que esa guerra fuera sostenible en el tiempo: había dinero para armas, para sicarios y para pagar cada crimen.

La campaña apuntó al corazón de la democracia colombiana. La campaña de terror de Escobar se cobró la vida de tres candidatos presidenciales, un fiscal general, decenas de jueces y más de mil personas. Entre las víctimas estuvo el candidato presidencial Luis Carlos Galán, asesinado en 1989, uno de los políticos que más firmemente se le había opuesto.

El atentado que mató a 107 inocentes

Ningún episodio muestra mejor la indiferencia absoluta de Escobar por la vida humana que el peor de sus crímenes. En 1989, intentando asesinar al candidato presidencial César Gaviria Trujillo, Escobar ordenó colocar una bomba en el vuelo 203 de Avianca. Gaviria sobrevivió porque no viajaba en ese avión, pero 107 personas murieron en la explosión, más tres en tierra.

Conviene detenerse en ese dato y no dejarlo pasar como una cifra. Para intentar matar a una sola persona -que ni siquiera estaba a bordo-, Escobar hizo estallar un avión comercial lleno de civiles que no tenían absolutamente nada que ver con su guerra. Ciento diez personas murieron por un objetivo que ni se cumplió. No hay lectura de este hecho que no sea la de un acto de terrorismo puro.

El saldo total de esa década de violencia es difícil de precisar y las estimaciones varían, pero dan la dimensión de la tragedia. Se calcula que Escobar fue responsable de la muerte de unas 4.000 personas, entre ellas policías, funcionarios de gobierno, periodistas, ciudadanos comunes y miembros de carteles rivales.

Por qué esto es el centro de la historia

En las otras sagas de esta serie, el «lado oscuro» fue un capítulo entre varios, pero acá no. Con Escobar, la violencia no es un costado incómodo de una historia de éxito, sino el mecanismo mismo sobre el que se sostenía el negocio, porque la fortuna y el terror nunca fueron cosas separadas: el dinero compraba las armas y pagaba a los sicarios, y el terror protegía el flujo de dinero. Eran un solo sistema.

Y por eso esta entrega es la que impide cualquier romantización. Es tentador contar a Escobar como el chico pobre que llegó a ser uno de los hombres más ricos del mundo, pero esa versión omite lo esencial: cada dólar de esa fortuna está manchado con la sangre de miles de personas que no eligieron nada de esto.

Los jueces que solo hacían su trabajo, los periodistas que informaban, los pasajeros de un vuelo cualquiera. Esa es la factura real del «dinero que no puede existir a la luz», y no la paga quien lo acumula, la paga una sociedad entera.

Toda guerra, sin embargo, tiene un final. Cómo el Estado colombiano, con ayuda internacional, terminó cercando a Escobar, y qué quedó realmente cuando cayó, es la entrega de mañana.

Esta saga fue elegida por la comunidad de CriptoTendencia en WhatsApp. Cada domingo, una nueva votación decide al siguiente protagonista.

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