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Estados Unidos acaba de cruzar un umbral histórico: su deuda nacional supera los $38 billones y la relación deuda/PBI ronda el 124%. En otro contexto, estas cifras habrían generado pánico en los mercados, presión inmediata sobre los bonos y dudas sobre la sostenibilidad fiscal. Hoy, en cambio, el sistema financiero sigue funcionando con una calma casi desconcertante.

Deuda de Estados Unidos. Fuente: usdebtclock.org

No es que el problema no exista. Es que el mercado aprendió a convivir con él.

La pregunta relevante no es si la deuda es grande -lo es-, sino por qué, a pesar de ello, el engranaje global continúa girando sin sobresaltos. Para entenderlo, hay que dejar de mirar la cifra aislada y observar el flujo que la sostiene.

El déficit es la película, no la foto

La deuda total es una fotografía estática. El verdadero movimiento está en el déficit. El gasto federal de EE. UU. supera los $7 billones anuales, mientras que el déficit presupuestario ronda los $1,7 billones. Esa brecha implica una necesidad constante de financiamiento, emisión de bonos y dependencia estructural del mercado de deuda.

Aquí aparece una de las claves del sistema actual: mientras haya compradores dispuestos y el Tesoro pueda refinanciarse, la cifra absoluta pierde impacto inmediato. El mercado no reacciona al tamaño del pasivo, sino a la capacidad de absorberlo sin fricción.

Por eso, incluso con una deuda por ciudadano superior a los $112.000 y una carga por contribuyente que supera los $350.000, el sistema no se detiene. No porque el problema esté resuelto, sino porque está normalizado.

Mucho ruido político, poco impacto fiscal real

Los ingresos por tarifas comerciales aportan cientos de miles de millones de dólares y suelen ocupar titulares. Sin embargo, frente a un déficit de más de $1,7 billones, su impacto es marginal. No alteran la dinámica fiscal de fondo ni corrigen el desequilibrio estructural entre ingresos y gastos.

Este contraste explica por qué el mercado filtra la narrativa política y se concentra en lo esencial: liquidez, demanda de bonos y confianza en el dólar como activo de reserva. Mientras ese trípode se mantenga, el sistema aguanta.

Eso no significa que sea sostenible indefinidamente. Significa que el riesgo no es inmediato.

Mi lectura es clara: la deuda de EE. UU. no es una bomba a punto de estallar, pero tampoco es inocua. Es una tensión permanente que el mercado decidió postergar, no eliminar. Cada año que pasa, el equilibrio depende más de tasas manejables, inflación contenida y ausencia de alternativas creíbles al dólar.

Cuando el mercado parece ignorar cifras récord, no es porque no las entienda. Es porque confía en que el sistema todavía puede absorberlas. El día que esa confianza cambie, la reacción no será gradual.

Hasta entonces, la deuda no es el titular que mueve precios. Es el telón de fondo sobre el que se construye todo lo demás.

-Mr. Market

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