El Personaje de la Semana: Soros, el especulador más admirado y más odiado del mundo

La condena de Soros en Francia, las acusaciones de la crisis asiática y las conspiraciones que lo rodean. Los hechos, separados del ruido.

Las entregas anteriores mostraron al genio de la especulación macroeconómica. Hoy toca la cara controvertida de su figura, que con Soros es imposible de ignorar, porque pocas personas en el mundo de las finanzas despiertan odios tan intensos.

Su historia tiene un capítulo judicial real, acusaciones de haber desestabilizado economías enteras, y una condición singular: es, quizás, el hombre más atacado por teorías conspirativas de nuestra época.

Separar los hechos del ruido es aquí más difícil y más necesario que nunca. Lo haremos como corresponde: distinguiendo lo que resolvió la justicia, lo que es acusación sin prueba, y lo que es lisa y llanamente mentira.

La condena en Francia

El episodio con consecuencias legales concretas ocurrió lejos de la libra esterlina. En diciembre de 2002, un tribunal francés condenó a Soros por uso de información privilegiada, en relación con una operación con acciones del banco Société Générale realizada en 1988.

Según la justicia francesa, Soros había comprado acciones del banco tras recibir información no pública sobre un plan para tomar el control de la entidad, y obtuvo una ganancia de unos 2,2 millones de euros cuando el precio subió. El tribunal lo multó exactamente por ese monto, el mínimo que permitía la ley francesa.

Soros siempre sostuvo que era inocente, que la información en la que se basó era de conocimiento público y que la ley francesa sobre el tema era demasiado ambigua. Apeló la condena durante años, pero el máximo tribunal de Francia la confirmó en 2006, y un tribunal europeo de derechos humanos rechazó más tarde su último intento de anularla.

La condena, para dimensionarla, equivalía a una fracción ínfima de su patrimonio: se estima que apenas tres décimas del uno por ciento de su fortuna. Pero quedó en su historial como un hecho firme.

El villano de la crisis asiática

La acusación más grave contra Soros no terminó en ningún tribunal, y conviene contarla con cuidado porque ilustra cómo se construye una leyenda negra. Durante la crisis financiera que golpeó a Asia en 1997, varias economías de la región vieron desplomarse sus monedas, y algunos líderes buscaron un culpable externo.

El entonces primer ministro de Malasia, Mahathir Mohamad, señaló directamente a Soros, acusándolo de haber provocado con su especulación el derrumbe de las monedas asiáticas, llamándolo «criminal» y responsable de empobrecer a países en desarrollo. La acusación fue durísima y caló hondo, instalando la imagen de Soros como un depredador capaz de hundir naciones enteras por lucro.

Los hechos, sin embargo, matizan fuertemente ese relato. Soros negó haber orquestado los ataques, y lo más revelador es que sus propios fondos perdieron miles de millones de dólares durante esa crisis, lo contrario de lo que cabría esperar de quien la hubiera provocado para enriquecerse.

Años más tarde, en una señal poco habitual, el propio Mahathir se retractó y reconoció públicamente que Soros no había sido el responsable de lo ocurrido con su moneda. La acusación había sido más política que factual.

El blanco de las conspiraciones

Aquí está el fenómeno que distingue a Soros de casi cualquier otra figura financiera, y que exige el máximo cuidado al contarlo. A medida que, en las últimas décadas, Soros volcó buena parte de su fortuna a financiar causas políticas progresistas y organizaciones a favor de la democracia liberal, se convirtió en el objetivo de una cantidad extraordinaria de teorías conspirativas.

Esas teorías lo presentan como una suerte de titiritero oculto que controlaría gobiernos, medios, protestas y economías en la sombra.

Conviene ser categórico, porque no se trata de una cuestión opinable: esas acusaciones son infundadas, carecen por completo de evidencia, y muchas de ellas recurren a viejos tropos antisemitas, reciclando contra Soros, por ser un financista judío, las mismas calumnias que durante siglos se usaron para atacar a los judíos. Numerosas investigaciones periodísticas y organizaciones de monitoreo del odio las han documentado y desmentido.

El contraste es lo que hace fascinante el caso. Soros es, a la vez, un hombre con una condena real y acotada por un delito financiero concreto, y el blanco de una maquinaria de desinformación que le atribuye poderes y crímenes imaginarios. Mezclar ambas cosas -usar la condena real para dar verosimilitud a las fantasías- es precisamente el mecanismo de la calumnia, y por eso importa mantenerlas separadas.

Lo que queda, despojado del ruido, es una figura genuinamente polarizante por motivos reales: un especulador que ganó fortunas apostando contra países, y un activista político cuyo dinero influye en la política de medio mundo. Se puede estar a favor o en contra de lo uno y de lo otro, pero esa discusión legítima es muy distinta de las fábulas que circulan sobre él.

Más allá de la controversia, la trayectoria de Soros deja lecciones de inversión que trascienden por completo su figura política. Cuáles son, es la entrega de mañana.

Esta saga fue elegida por la comunidad de CriptoTendencia en WhatsApp. Cada domingo, una nueva votación decide al siguiente protagonista.

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