En el campus de la Universidad de Nevada, en Reno, un sismómetro registra sin pausa las vibraciones del suelo, casi todas imperceptibles para quien camina sobre él. En una sala del museo de arte de la ciudad, esas mismas señales se convierten en círculos de color que se abren y se transforman sin repetirse, como un campo de flores que respondiera al pulso del terreno.
La obra se llama ReBloom: Reno y la presenta el Nevada Museum of Art, que la encargó como pieza específica para su espacio. Según la ficha oficial del museo, la creó el artista Ken Goldberg junto a Kabir Shah, Sanjay Krishnan, Fernanda Viégas y Martin Wattenberg, abrió el 10 de octubre de 2026 y podrá verse hasta el 7 de febrero de 2027.
Goldberg, artista y profesor de ingeniería en UC Berkeley, ha dedicado buena parte de su trayectoria a explorar la frontera entre lo natural y lo artificial, y esta instalación se suma a una serie propia de obras alimentadas por datos sísmicos, como recoge Artdaily.
Del sismómetro a la flor
El punto de partida es la estación NN.JVTV.HNZ, cuyos registros llegan en vivo gracias al Desert Research Institute. La instalación, una proyección alimentada en tiempo real, toma ese flujo y lo traduce en las formas circulares que ocupan la sala, de modo que lo que el instrumento capta en el suelo reaparece, casi al instante, convertido en imagen.
Las fuentes no detallan qué relación concreta existe entre la intensidad de cada registro y la forma o el tamaño de cada círculo, y esa reserva cambia la experiencia: el visitante no está leyendo un gráfico científico, sino contemplando una traducción.
La obra tampoco necesita un terremoto para cobrar vida. La Tierra se mueve siempre, de forma mínima y continua, y ReBloom: Reno trabaja con ese temblor cotidiano que registra el sismómetro, sin pretender anticipar ni advertir nada.
Cinco paisajes en la paleta
Los colores no los elige un algoritmo de forma arbitraria, ya que proceden de cinco paisajes de la colección permanente del museo, firmados por Chester Arnold, Sandow Birk, Maynard Dixon, Jean LaMarr y Phyllis Shafer. Los cuadros se exhiben justo fuera de la instalación y, dentro, la obra toma la paleta de cada uno durante un minuto, de manera que los cinco aparecen cada cinco minutos.
Cada pintura aporta su propio registro. Edge of the Amargosa Desert (1927), de Dixon, presta los dorados polvorientos de la artemisa y el violeta de las montañas al atardecer, mientras Going Back to the Rez (1974), de LaMarr, con sus montañas magenta y su cielo anaranjado, ofrece los tonos más intensos, y Fin du Siècle (1992), de Arnold, suma los ocres, verdes oliva y grises de un humedal bajo la tormenta.
Ahí reside una de las ideas más fértiles de la pieza, y es interpretación propia: una colección histórica no funciona solo como archivo que se contempla, sino como reserva de material. La mirada que esos pintores fijaron sobre el territorio del Oeste vuelve a circular, ahora como sustancia de una obra que cambia a cada instante.
Quién firma el movimiento
El título juega con una metáfora que conviene leer con cuidado, porque la Tierra aporta la señal, pero no pinta sola. Elegir un instrumento concreto, convertir sus datos en flores y no en líneas, seleccionar cinco cuadros y asignar a cada uno un minuto son decisiones humanas, y en ellas está la autoría.
La conservadora jefe del museo, Apsara DiQuinzio, presenta la obra como una relectura del Land Art que lleva al terreno de los procesos geológicos en tiempo real esa tradición de artistas que trabajaron con la tierra misma.
Durante siglos, los paisajistas intentaron representar un territorio demasiado vasto para abarcarlo, y Goldberg prolonga esa ambición con otro material, los datos, que como cualquier pigmento solo adquieren sentido cuando alguien decide qué hacer con ellos.
Al final, la imagen inicial adquiere otro peso. Los dorados de Dixon y el magenta de LaMarr florecen al ritmo de un suelo que nunca se detiene, y el paisaje deja de ser una escena fija colgada en la pared para convertirse en un proceso que el espectador observa mientras ocurre.
