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Espacio patrocinadoEl secretario del Tesoro estadounidense, Scott Bessent, anunció el pasado lunes la estrategia económica de la administración Trump contra Irán. Esta busca cortar las principales fuentes de financiamiento del aparato militar iraní para obligar a Teherán a aceptar las condiciones planteadas por Washington. Sin embargo, buena parte del éxito de esta estrategia depende de una sola nación: China.
Pekín es el mayor socio comercial de Irán y representa una fuente clave de miles de millones de dólares anuales para Teherán. En términos simples, China constituye un respaldo fundamental para que la capacidad iraní de sostenerse económica y militarmente frente a Estados Unidos se mantenga, de allí el interés de Washington por debilitar ese vínculo.
Bessent no mencionó directamente a China, pero las medidas tienen claras implicaciones para el gigante asiático. Posteriormente, se conoció que Estados Unidos lanzó fuertes advertencias contra el país y cualquier otra nación que intente eludir esas sanciones. Pese a ello, expertos citados por CNN consideran poco probable que estas amenazas sean suficientes para modificar la postura de las autoridades chinas.
Los analistas explican que China mantiene una posición claramente definida frente a las sanciones internacionales. En ese sentido, las medidas impuestas por organismos multilaterales como la ONU son generalmente aceptadas y aplicadas por su administración. Sin embargo, Pekín considera que las sanciones impuestas de manera unilateral por Estados Unidos carecen de legitimidad.
Se trata de una postura bastante clara que anticipa importantes obstáculos para la estrategia de presión económica de Trump contra Irán. Además, no se debe perder de vista que el conflicto entre Estados Unidos e Irán también podría ofrecer a China una oportunidad para observar y evaluar el desempeño de sistemas militares frente a capacidades estadounidenses a través de la experiencia de Teherán.
China ve la estrategia de Trump contra Irán como una acción desesperada
En el mismo reporte, los analistas aseguran que las autoridades chinas perciben el plan de asfixia económica como una señal de creciente presión sobre Washington. Esta visión no cambiaría sustancialmente pese a las declaraciones de Trump de que su próxima reunión con Xi Jinping no tendrá como objetivo pedir favores a China.
La posibilidad de que el conflicto en Medio Oriente se convierta en un escenario prolongado y costoso para Estados Unidos es considerable. A diferencia de la guerra en Ucrania, donde Rusia dispone de amplias reservas de armamento de origen soviético y sistemas relativamente económicos, buena parte del arsenal estadounidense de tecnología avanzada implica costos significativamente mayores en un conflicto de larga duración.
Esto último convierte una guerra prolongada con Irán en un riesgo político y económico considerable para la administración Trump. El principal dilema para Washington consiste en encontrar una salida bajo condiciones que le permitan presentar la operación como exitosa, algo que, en el escenario actual, todavía parece difícil de conseguir.
Aunque debilitado por el conflicto, Irán conserva una posición estratégica privilegiada alrededor del Estrecho de Ormuz y podría utilizar esa influencia para aumentar su peso geopolítico en la región. En particular, Teherán podría incrementar la presión sobre rivales regionales como Arabia Saudita mediante su red de aliados y grupos armados distribuidos por Medio Oriente.
Mientras tanto, Israel podría adoptar una postura más cautelosa antes de involucrarse nuevamente en una confrontación directa con Irán, especialmente si Estados Unidos busca evitar quedar atrapado otra vez en una guerra prolongada. Bajo este escenario, para Trump resultaría difícil presentar el desenlace como favorable sin conseguir una victoria clara, y allí aparece el siguiente problema.
El problema de terminar la guerra
La administración Trump parece enfrentarse a un dilema en el que necesita reducir su participación militar para evitar que los costos económicos continúen aumentando. No obstante, abandonar el conflicto con el régimen iraní intacto podría interpretarse como una derrota política, especialmente si los mercados financieros y de materias primas permanecen condicionados por la capacidad de Teherán para influir sobre el Estrecho de Ormuz.
Pero derrotar militarmente a Irán también parece complicado. Desde que comenzó el conflicto, el mando iraní ha mantenido una defensa agresiva y ha demostrado una considerable capacidad de resistencia. Esto ha planteado dificultades para Estados Unidos e Israel y, al mismo tiempo, generado inquietud entre los aliados regionales, que observan con preocupación las limitaciones de las garantías estadounidenses para proteger determinadas infraestructuras estratégicas.
Para China, este escenario parece particularmente claro y de allí que sus analistas interpreten la estrategia de bloqueo económico total de Trump contra Irán como una medida surgida de la creciente presión sobre Washington. Todo apunta a que Pekín difícilmente aceptará restricciones estadounidenses sobre el derecho de sus empresas a mantener relaciones comerciales con terceros países, especialmente cuando esos vínculos, como ocurre con Irán, proporcionan importantes ventajas económicas y estratégicas.
