La saga siguió el rastro del dinero de Pablo Escobar desde su origen delictivo hasta la guerra con la que intentó doblegar a un país. Queda el desenlace, y tiene dos partes que conviene no confundir: cómo murió el hombre, y cómo sobrevive el mito. La primera es historia; la segunda es un problema del presente, y nos involucra a todos.
Porque Escobar cayó hace más de tres décadas, pero la fascinación con su figura no solo no murió, sino que se convirtió en un negocio. Y ese negocio es la última cara del «lado oscuro del dinero» que esta serie vino a mostrar.
El final del hombre
El desenlace llegó donde había empezado todo. Pablo Escobar fue abatido el 2 de diciembre de 1993 en Medellín por miembros del Bloque de Búsqueda, las fuerzas especiales colombianas. Tras meses evitando la captura, fue localizado a través de una llamada telefónica a su familia, y murió mientras intentaba huir por un tejado. Cayó un día después de cumplir 44 años.
Sus últimos meses fueron una versión reducida de todo lo que había construido. Escobar había acumulado tantos enemigos que ni su enorme fortuna ni sus tácticas de miedo pudieron darle protección alguna, sobre todo en sus años finales. El hombre que había comprado a medio país terminó solo, con un único guardaespaldas, delatado por una llamada.
La red de lealtades que el dinero sostenía se había evaporado en cuanto el dinero dejó de fluir y el riesgo de protegerlo se volvió mortal.
El dinero que nunca apareció del todo
Con su muerte quedó abierta una pregunta que sigue sin respuesta: ¿qué pasó con la fortuna? Buena parte de ese dinero, escondido en propiedades, paredes y campos a lo largo de Colombia, nunca se recuperó, y su rastro se mezcló con la leyenda hasta volverse imposible de distinguir de ella.
De tanto en tanto, la realidad da una pista de la magnitud de lo perdido. En 2020, un sobrino de Escobar afirmó haber encontrado una bolsa de plástico con 18 millones de dólares escondida en la pared de una de las casas donde su tío solía esconderse para evitar la captura. Es un recordatorio elocuente del punto que esta saga viene sosteniendo: una fortuna que hay que enterrar en las paredes no es riqueza que se hereda o se transmite, es dinero que se pierde, se pudre o aparece por accidente décadas después. Ni siquiera su dueño sabía del todo dónde estaba.
El mito como negocio
Y acá llega el problema del presente, el que cierra la serie. En Medellín, la ciudad que más sufrió su violencia, la figura de Escobar se convirtió en una atracción turística. Existen los llamados «narco-tours», que llevan a los visitantes por los sitios ligados a la historia del narcotráfico.
Sus críticos sostienen que esos tours glorifican la violencia de los años ochenta, cuando miles de colombianos fueron asesinados.
Frente a eso, la ciudad tomó una decisión que vale como lección final. En 2019, Colombia demolió el edificio Mónaco, el apartamento donde Escobar vivió en los años ochenta y que se había vuelto un destino de esos narco-tours. En su lugar, se proyectó un parque y un museo en memoria de las víctimas.
Las palabras del presidente colombiano al justificar la demolición son el mejor resumen posible de todo lo que esta saga intentó decir: que la historia no se escriba en homenaje a los victimarios, sino en reconocimiento de las víctimas.
Esa frase es, exactamente, el criterio con el que contamos esta semana. Es tentador -y rentable- vender a Escobar como un antihéroe astuto, el chico pobre que desafió al mundo. Pero esa versión necesita borrar a los jueces asesinados, a los periodistas silenciados, a los 107 pasajeros de un avión, a los miles de muertos que no eligieron nada.
El mito es atractivo justamente porque omite a las víctimas, y por eso comprar el mito es, de algún modo, completar la última injusticia.
El cierre de «El lado oscuro del dinero»
La historia de Pablo Escobar es el caso más extremo de la premisa que dio nombre a esta serie. Su dinero no se construyó fuera de la ley como una anécdota pintoresca, se construyó sobre el sufrimiento de un país entero, y ni siquiera le sirvió para lo que el dinero promete: no le compró seguridad, no le compró lealtad, no le compró un legado del que enorgullecerse, ni siquiera pudo gastarlo o protegerlo.
Murió acorralado, con su imperio derrumbado y buena parte de su fortuna pudriéndose en escondites que ni él recordaba.
Esa es la verdad que ninguna serie ni ninguna remera cuentan. El «lado oscuro del dinero» no es glamoroso. Es un rastro de destrucción que termina, también, destruyendo a quien lo genera. Y la única forma honesta de contarlo es la que eligió Medellín con aquel edificio: mirando a las víctimas, nunca al victimario.
Este domingo, la comunidad de CriptoTendencia de WhatsApp elige al próximo protagonista.
