Regístrate en Bitget y obtén hasta 100 USDT en bonos completando simples tareas. Oferta por tiempo limitado.

Durante décadas se repitió una idea simple para explicar la presión económica actual: los salarios no crecen lo suficiente. Sin embargo, esa explicación esquiva una verdad más profunda y menos cómoda: el problema no es solo cuánto se gana, sino qué es realmente el dinero hoy.

En 1964 ocurrió un cambio que pasó casi inadvertido para la mayoría de la población estadounidense, pero que marcó un quiebre estructural. Fue el último año en el que la plata formó parte de las monedas de uso cotidiano. Hasta entonces, los dimes y quarters contenían un 90 % de plata. A partir de 1965, desapareció.

No fue un ajuste técnico. Fue una señal.

Ese mismo año, el ingreso familiar medio en Estados Unidos era de USD 6.600. La onza de plata cotizaba a USD 1,29. Traducido a una métrica hoy olvidada, pero históricamente central: una familia promedio ganaba el equivalente a 5.116 onzas de plata por año.

Ese dato cambia por completo la perspectiva.

Si hoy esas mismas 5.116 onzas se valuaran a USD 25 -el promedio de la plata durante 2024-, el ingreso anual equivalente sería de USD 127.900. Sin embargo, el ingreso familiar medio real fue de apenas USD 83.000. La diferencia no es marginal: refleja una pérdida estructural de poder adquisitivo.

El punto de quiebre: cuando el dinero se volvió promesa

Durante gran parte del siglo XX, el sistema monetario estadounidense funcionó con un doble ancla: plata en las monedas y oro respaldando al dólar. Ese esquema imponía límites naturales al endeudamiento, a la expansión monetaria y al gasto público.

Ese equilibrio se rompió en dos etapas. Primero, con la eliminación de la plata del circulante. Luego, en 1971, cuando el dólar dejó de ser convertible en oro.

Desde ese momento, el dinero dejó de ser una reserva tangible de valor y pasó a depender de confianza, política monetaria y deuda futura. El sistema ganó flexibilidad, pero perdió disciplina.

El resultado fue previsible: déficits crecientes, expansión monetaria sostenida y una desconexión progresiva entre el valor del dinero y el trabajo que lo respalda.

Dos ingresos no son progreso: son compensación

Suele presentarse la generalización de los hogares con dos ingresos como un avance social inevitable. Sin embargo, los números sugieren otra lectura.

Cuando el dinero pierde poder adquisitivo de forma constante, el sistema no colapsa de inmediato, se adapta. Y una de esas adaptaciones es exigir más horas de trabajo por hogar para sostener el mismo nivel de vida.

No es que hoy las familias vivan mejor con dos ingresos. Es que con uno solo ya no alcanza para sostener lo que antes era normal.

La erosión fue lenta, gradual y silenciosa. Justamente por eso fue efectiva.

Una lección que no es nueva

Este proceso no es exclusivo del presente. El Imperio Romano recorrió un camino similar siglos atrás. A medida que el Estado necesitó financiar guerras, burocracia y expansión, comenzó a reducir el contenido de plata de sus monedas.

El denario fue degradándose progresivamente. Al principio, el comercio continuó sin sobresaltos. Las monedas seguían circulando, pero su poder adquisitivo se diluía. El resultado fue inflación, pérdida de confianza y deterioro económico.

Roma no cayó de un día para otro. Se fue vaciando por dentro.

Un sistema que se estira hasta que cruje

Este no es un texto sobre colapsos inminentes, sino sobre ciclos históricos. Los sistemas monetarios basados únicamente en confianza tienden a expandirse hasta que el costo se vuelve socialmente visible.

Hoy ese costo aparece en salarios que no alcanzan, endeudamiento récord y dependencia estructural del crédito. No es una anomalía: es la consecuencia lógica de haber eliminado los anclajes del dinero.

La pregunta ya no es si este modelo tiene límites. La pregunta es cuánto tiempo más puede sostenerse sin un nuevo reajuste del sistema.

Deja un comentario