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Hay momentos en los que todo parece estar en orden. Los precios no se disparan, los bancos no colapsan, los titulares ya no gritan urgencia y la palabra «crisis» desaparece del discurso cotidiano. Es ahí cuando el sistema transmite una sensación casi tranquilizadora, como si hubiera aprendido de sus errores y ahora supiera cómo mantenerse estable. Esa calma, sin embargo, no es sinónimo de salud. Es, muchas veces, el síntoma más delicado de todos.

El verdadero peligro no aparece cuando el sistema se rompe, sino cuando logra seguir funcionando a pesar de estar profundamente desequilibrado. Porque cuando algo falla de forma evidente, la reacción es inmediata: se cuestiona, se debate, se buscan alternativas. En cambio, cuando todo parece marchar, la atención se relaja y el margen para el control silencioso se amplía.

El sistema no necesita ser justo para funcionar. Solo necesita ser creíble.

La estabilidad como anestesia colectiva

La estabilidad prolongada tiene un efecto particular sobre las sociedades. No despierta alarma, sino acostumbramiento. Poco a poco, se normalizan condiciones que, en otro contexto, serían inaceptables. Endeudamiento estructural, pérdida de poder adquisitivo, vigilancia digital, dependencia de intermediarios. Nada de eso estalla de un día para el otro. Se filtra lentamente, mientras la maquinaria sigue girando.

Cuando el sistema «funciona», el mensaje implícito es claro: no alteres nada. Evita preguntar demasiado. No realices movimientos bruscos. La estabilidad se transforma en un argumento moral, casi ético, que justifica cualquier ajuste necesario para mantenerla, incluso si esos ajustes siempre afectan a los mismos de manera desproporcionada.

En esos períodos, el problema no es la crisis, sino la ausencia de fricción. Sin fricción no hay debate, y sin debate no hay corrección de rumbo.

El control no llega con caos, llega con orden

Contrario a lo que suele creerse, los grandes mecanismos de control no se imponen en medio del desorden, sino en etapas de aparente normalidad. Es cuando el sistema demuestra que puede absorber tensiones sin romperse que gana legitimidad para expandirse. Más reglas, más capas, más mediaciones, siempre en nombre de evitar el próximo colapso.

Cada nueva «mejora» promete protección. Cada nueva solución reduce un riesgo visible, pero introduce dependencias invisibles. El usuario ya no percibe el costo porque el servicio sigue funcionando. El ciudadano ya no cuestiona porque el sistema cumple su función básica. El precio real se paga en otro plano, más difícil de medir.

El sistema aprende, se adapta y se vuelve más sofisticado. No para servir mejor, sino para perpetuarse.

La paradoja final es incómoda: cuando el sistema parece sólido, es cuando menos margen deja para imaginar algo distinto. La estabilidad se transforma en una jaula elegante, bien iluminada, donde nada parece urgente… hasta que lo es.

Por eso, el momento más peligroso no es el del colapso. Es el de la calma prolongada. Porque ahí es donde se decide, sin ruido y sin resistencia, qué tipo de futuro se vuelve inevitable.

-Nodeor

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